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Pedí tres deseos

¿En qué momento fue que los razonables ateos integrales nos volvimos pasmosa minoría, e incluso objeto de burla de los esquizofrénicos creyentes?

Rafaelspregelburd150
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¿En qué momento fue que los razonables ateos integrales nos volvimos pasmosa minoría, e incluso objeto de burla de los esquizofrénicos creyentes?
Hace unos días, en plena fantasía ariana (ilusión lisérgica de los que creen en astros), fue mi cumpleaños. Ibamos de gira, así que me vi festejando en tres lugares diferentes (Bratislava, Brno, Praga). De tanto repetir el rito (y una más al volver a casa) me agobió el peso de la superstición. Y eso que soy un tipo dispuesto a jugar a cualquier cosa. Pero nunca puedo concentrarme en el ritual de los deseos. Que son tres. Porque sí. Porque es más mágico. Las velas arden, todos gritan para evitar el chorreado sobre la chocotorta y uno debe pensar tres cosas con fuerza. Lo hago porque vivo en una sociedad psicótica. Pero hace tiempo que frunzo el ceño, elevo uno a uno los dedos de la mano, primero el pulgar, después el índice y finalmente el mayor, y soplo el velamen sin haber pensado nada. Ultimamente me he refinado; no sólo no pienso nada sino que a veces deseo cosas muy concretas, que bien podrían ocurrir sin tan divina intervención: que no me corten el gas, que florezca la Santa Rita, que el frío mate al mosquito del dengue. La última vez pedí un calefón para Vivi, que me lo sugería a los gritos. ¿Un desperdicio? Me parece más coherente que pedir paz en el mundo, el desarme mundial, amor en general, o un Oscar de la Academia. Antes solía pedir sistemáticamente “que no me muera este año”, pero ahora me parece que un deseo que se expresa en negativo no es un buen deseo.
Exagero, ya sé. Pero muy frecuentemente (mientras el mundo moderno se torna medieval) se nos piden explicaciones por no creer en lo que no ocurre según causa y efecto. Me cuesta ver la relación causal entre la velita y la paz en el mundo, y todos a mi alrededor, lejos de felicitarme por mi suspicacia, más bien me hacen sentir que soy la peste, se ofenden, o juran no venir más a mi fiestita.
Fue también el tema de mi última obra: ¿por qué toda religión deviene superstición? La presentamos en Berlín y hubo debate. Tuve que dar explicaciones a un espectador muy indignado con lo ofensivo de la tesis. ¿Ofensivo? ¿Y si me empiezo a ofender yo por la sarta de mentiras que nos quieren hacer creer a la gente razonable? ¿Y si me resultan un poco ofensivas las guerras y masacres que en nombre de sus dioses organizan estas irracionales fes? ¿Cómo fue que las naciones se volvieron católicas, musulmanas, judías? ¿Cómo es que un presidente como Bush, por ejemplo, debe jurar por su “fe en Dios”? ¿Qué disparate léxico es ése, y cómo es que ya nadie parece dispuesto a denunciar la aberración?
La fe es una cosa abominable. No esa fe ideal, inofensiva, que –atravesando los equívocos del tiempo– nos llega con connotaciones cariñosas: “Deseá algo con fuerza, que a lo mejor se te cumple”. Me refiero a lo que realmente significa la fe religiosa: la creencia disparatada en un dogma cualquiera, hecho de mentiras y literatura forjadas por poderes tradicionales, establecidos para la dominación y el control de masas.
Para los que estén tan indignados como yo, vean la película de Larry Charles Religulous, una mezcla de “religiuos” y “ridiculous”, en la que un razonable Bill Maher entrevista a creyentes. Mormones, judíos, chantas, católicos, musulmanes, camioneros y protestantes, todos son puestos en justo ridículo a la hora de distinguir fe de esquizofrenia, terquedad de literatura. La naturalidad con la que fracasa el malévolo plan de la fe en esta película ha renovado un poco mi fe en la especie humana.