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Perdido y encontrado

Durante años, Ricardo Zelarayán fue un escritor clandestino, que tuvo una gran influencia en los poetas de las generaciones recientes, pero cuya obra era casi inaccesible.

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Durante años, Ricardo Zelarayán fue un escritor clandestino, que tuvo una gran influencia en los poetas de las generaciones recientes, pero cuya obra era casi inaccesible. Largamente agotado su primer libro de poemas, La obsesión del espacio (1972), a veces se encontraba en las librerías su novela La piel de caballo (Adriana Hidalgo, 1999). Pero en los últimos meses Argonauta publicó primero Lata peinada y otros escritos (septiembre de 2008) y luego Ahora o nunca, poesía reunida (mayo de 2009). El título hace pensar en una necesidad perentoria y lleva a preguntarse por la edad del poeta. En el “Posfacio con deudas” de La obsesión del espacio se lee lo siguiente: “La verdad, y eso no lo discute nadie, es que nací en la década del veinte mitad más o menos”. Es una frase muy rara, que declara indiscutible una vaguedad y que en la solapa de Ahora o nunca se convierte en una referencia más precisa: “Ricardo Zelarayán nació a mediados de la década del veinte en Paraná, provincia de Entre Ríos, Argentina”. En la edición de Lata peinada se omite toda referencia a la fecha de nacimiento, pero en la solapa de La piel de caballo se lee: “Ricardo Zelarayán nació en Paraná, Entre Ríos, en 1940”. Buceando en la Web, encuentro una nota de Osvaldo Aguirre en Crítica, titulada “La reaparición de un escritor de culto”, donde se afirma de modo contundente: “nació el 21 de octubre de 1922 en Paraná”. De ser así, Zelarayán estaría muy cerca de cumplir noventa años.

Y si tiene noventa años, ¿por qué escribió tan poco? ¿Y por qué escribió tan poco si es capaz del poema La Gran Salina, entre otras maravillas? No se sabe cuánto escribió Zelarayán, aunque él afirma que comenzó a los 13 o 14 años, pero tiró unos cuantos manuscritos y perdió otra parte en sus continuas mudanzas, especialmente desde que se instaló en Buenos Aires (aunque tampoco dice cuándo ocurrió eso exactamente). Después del truco del nacimiento, no nos sorprende que en 1988 hable de 12 mudanzas, en 1992 de 17 que en 2000 se han transformado en 27. Pero no importa si fue así, si no quiso escribir o si los problemas económicos lo agobiaron. La excelente edición de Lata peinada, con el imprescindible prólogo de Laura Estrin, su selección de textos y hasta la inclusión de un par de entrevistas contribuye a embrollar un poco las pistas fácticas pero establece el Zelarayán básico, lo que hay que saber y lo que hay que decir de un escritor que afirma no serlo, que se reivindica entrerriano pero también tucumano y salteño, que trae consigo el barro de la provincia, el habla y la vida del pueblo llano por oposición a la cultura burguesa de los porteños, aunque los escritores-psicoanalistas de Literal se contaran entre sus defensores en los setenta. Zelarayán es un lector exquisito en varios idiomas, un escritor experimental que no cree en las obras terminadas, que no distingue entre prosa y poesía ni entre literatura infantil o para adultos, que opera por ráfagas como un improvisador de jazz moderno, que en sus textos es capaz de deslizar el sentido de un verso o de una frase a la siguiente y retomar siempre un tema, volver a una nota perdida. De hecho, internarse en Lata peinada se parece a escuchar una caja de discos en la que se incluyen distintas versiones de un tema y textos en los que el intérprete o sus exégetas nos orientan para que no nos perdamos. Como dice Estrin, “No hay otra forma de hacerse oír si no es por el grito y la construcción del mito, otra forma de la voz del autor, un largo trabajo de singularización”. No hay duda de que el mito está construido y la literatura argentina no volverá a perder a este escritor musical, astuto y endemoniadamente alegre al que rondan la muerte y la mugre. Me tienta insistir sobre el aspecto sonoro de la literatura de Zelarayán, pero en alguna parte leí que el autor es sordo. Beethoven vuelve.

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