En la página 83 de Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina, escribe Juan José Becerra: “La verdad es que no me interesa en absoluto defender a Kirchner, que lo defiendan sus abogados o que se defienda solo”. Sin embargo, he leído alguna entrevista –e incluso recibido algún comentario en privado de amigos en común– en la que se lo acusa de haberse vuelto oficialista (el estado de violencia mediática es tal, que hoy por hoy, ser kirchnerista se ha vuelto una acusación). ¿Qué contiene el libro que puede prestarse a esa interpretación? En realidad la pregunta pertinente es la inversa: no qué contiene, sino qué no contiene, o mejor dicho, qué no hace. ¿Qué no hace Juan José Becerra? Becerra no piensa la política en los términos tradicionales, según los cuales “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. Esa razón –entre muchas, muchas otras– formó parte del fracaso histórico de la izquierda, y sigue formando parte. Veamos un ejemplo, casi del orden del silogismo: “Estados Unidos es mi enemigo. Irán se opone a Estados Unidos. Pues, Irán es mi amigo”. Y allí va la izquierda (o algo que se le parece a ella, que habla en su nombre, qué se yo…) a defender a un régimen teocrático, retrógrado con las mujeres, negacionista, absolutamente carente de cualquier deseo de igualdad social, tan sólo por la aplicación dogmática del silogismo. Becerra, en cambio, se detiene en ese momento en que el pensamiento se vuelve negativo. No da jamás ese salto, el pasaje a un alineamiento con el enemigo del enemigo. Y si el libro pudo ser leído como kirchnerista es porque aquel que lo lee así pertenece también a la ortodoxia política, al silogismo, a la falta de sutileza en la interpretación.
¿De qué habla Patriotas? De algunos enemigos de Kirchner. Allí están el Rabino Bergman, Joaquín Morales Solá, Alfredo De Angeli, Marcos Aguinis, y varios más. La prosa de Becerra, como de costumbre, es elegante, inteligente, irónica. Su mirada es crítica, pero nunca despiadada (despiadados son justamente ellos, los discursos reales de los personajes de los que se ocupa el libro). Para muchos, que Kirchner haya acumulado semejante galería de enemigos podría señalarse como su gran mérito. Algo bueno habrá hecho. Pero a Becerra no le importa tanto esa línea, porque su objeto de admiración no sólo no es Kirchner, sino que podría decirse que a Becerra Kirchner le resulta casi indiferente. Y entonces el interés del libro reside, como ya ha sido dicho, precisamente en instalarse en esa negatividad. En el riesgo de criticar al enemigo del enemigo, sin hacerse amigo de nadie.
De hecho, Becerra casi nunca utiliza la palabra “derecha”, término tan usado en el lenguaje de los intelectuales que piensan con relativa simpatía hacia el gobierno (los intelectuales que son “acusados” de ser oficialistas). Y si no utiliza esa categoría –me atrevo a señalar yo, ya que él no lo enuncia– es porque quizás sea difícil entender qué no tiene de derecha, por dar un ejemplo, De Vido, y qué hace que Alberto Fernández antes no lo era y ahora se haya vuelto de derecha. Para rebatir esas preguntas, podría decirse que lo que vuelve una política de derecha no son los nombres, sino los actos, las políticas concretas, la estrategia general de un gobierno. Pues: ¿El kirchernismo es progresista? ¿Es de derecha? Becerra –más hábil que yo– se ahorra esas preguntas metafísicas, y discute no con la derecha sino con el “sentido común”, siguiendo la confesión del Rabino Bergman, proferida en el programa de Nelson Castro luego de una movilización a Plaza de Mayo, en la que oró por una nación con más seguridad: “somos los voceros de sentido común”. Nada más lejos de la reflexión que el sentido común, responde Becerra, con la misma razón que recorre el resto del libro.