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COLUMNISTAS / Poetas
sábado 4 abril, 2020

Ponge y el jabón

sábado 4 abril, 2020

Mientras Zizek y Byung-Chul Han se pelean por conseguir la matrícula individual de la vacuna teórica que explique al Covid-19, los días que corren en los que todos tratan de lavarse las manos con jabón, me hicieron recordar un librito genial de Francis Ponge: El jabón. 

Ponge había quedado aislado durante la Segunda Guerra Mundial con su mujer, eran enlaces de la resistencia francesa. Las cosas escaseaban durante la guerra, y entre ellas, el jabón. El que se conseguía era nimio y duro, como una piedra pómez. Entonces, sintiendo nostalgia del jabón de antaño, Ponge se puso a escribir un librito donde trataba de enjabonar su poética. Siempre de parte de las cosas, Ponge habla del jabón en poemas prosaicos, escribe pequeñas obritas de teatro entre el jabón, la esponja y una canilla. Hace que el jabón, ese objeto que desaparece bajo el agua y entre nuestras manos, se vuelva otra cosa. 

“Observemos, pues, el comportamiento del jabón en el fondo de una cantidad de líquido cuando, por olvido o inadvertencia, su dueño lo ha abandonado. Constatamos enseguida que no lo resiste bien, que se deshace casi inmediatamente. Pero casi al mismo tiempo tendremos que constatar que también ahí da muestras de una dignidad bastante particular. Antes que dejarse rodar por las aguas, como los guijarros, las piedras naturales, el jabón prefiere fundirse instantáneamente. Y ¿por qué tendría que pasarse la vida dejándose sobar unilateralmente por las olas, cuando sabe y tiene conciencia de formar un ménage à trois, de formar parte de un trío, y solo representa su parte a gusto y con brío en esas condiciones?”.

Después de leerlo es difícil volver a verlo y tocarlo sin saber que está vivo. Eso hacen los grandes poetas, les dan a las cosas del mundo otra oportunidad. Yo recuerdo el jabón inmenso que tenía mi mamá en la pileta del patio de casa, un jabón blanco y grueso para lavar la ropa. El mismo que a veces usaba para bañarnos, diciéndonos que era muy bueno para la piel. Recuerdo también un jabón azul, delgado, pero –como dirían los catadores de vino– con gran cuerpo: era para desinfectar y lo usaban en mi escuela primaria. También estaba el jabón de tocador, un jabón vanidoso y resbaladizo, que solía generar una espuma contundente. Mi padrino, a veces, en los mediodías, solía embadurnarse la cara con ese jabón para después afeitarse con una navaja de metal que brillaba cuando era tocado por un rayo de luz.


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