“Sé que la muerte me encontrará en algún lugar entre las nubes. No odio a quienes combato, y a quienes defiendo no los amo. Mi patria es Kiltartan, mi comarca de Irlanda. Mis compatriotas son los pobres de Kiltartan. Ningún desenlace podrá derrotarlos. Tampoco los hará más felices que antes. No hay deber, ley, líder, ni multitudes que me muevan a pelear: sólo un impulso por placer me trajo a este tumulto entre las nubes. Calculé todo, fui consciente de todo. El futuro no valía la pena, mi pasado tampoco. En armonía con esta vida, esta muerte.”
Googleando An irish airman foresees his death se encontrarán mejores transcripciones de este poema de Yeats sobre su piloto de guerra irlandés. A efectos de una columna de prensa, ilustra cómo alguien puede enrolarse en el combate por amor a las armas, los motores, las prodigiosas máquinas, el peligro, por la ilusión de plenitud que provee el vuelo, por mero hastío, o por justificado desprecio hacia lo razonable. Siempre se encuentran buenos motivos para morir, y a falta de ellos, queda el consuelo de morir por las mismas causas que impulsaron caprichosamente todos los episodios de nuestras vidas. Pronto se cumplirán veintiocho años del desembarco en unas islas Malvinas que ahora parecen más lejanas que entonces. El aniversario encuentra a los gobernantes en particular –y a los imbéciles en general– danzando convulsivamente la música celebratoria del Bicentenario, o mirando con la boca abierta realizaciones como el pabellón de Macri, o el museo de la memoria que nunca terminarán de hacer ni de entender los Kirchner. Esta semana hicieron un festival por el aniversario del golpe cívico militar de 1976. Tendrían que haber revisado la expresión “festival” en el diccionario. Como por razones estéticas y ético periodísticas, las páginas de PERFIL no admiten el abuso de comillas ni el recurso a letras negritas cursivas, no encuentro manera de subrayar la fórmula golpe cívico-militar. Sabemos todo sobre los militares, pero seguimos soslayando a los cívicos, tal vez porque continúan en vigencia. Recuerdo 1984 y el diario La Voz, fundado por los montoneros, pero financiado por el caudillo feudal Saadi y la cementera Fortabat, que aportó a su yerno como administrador del proyecto. En sus páginas el abogado Zito Lema escribió “Fogwill es una mierda”, porque le habría “faltado el respeto” a Hebe de Bonafini, la señora cívica que había aportado sus damas con pañuelo a la festivalera campaña electoral de Alfonsín, tal como ahora las aporta al séquito de la cleptocracia o al apoyo del pago de una deuda externa calculada a gusto de los intemediarios financieros.
Por las nubes
“Sé que la muerte me encontrará en algún lugar entre las nubes. No odio a quienes combato, y a quienes defiendo no los amo. Mi patria es Kiltartan, mi comarca de Irlanda. Mis compatriotas son los pobres de Kiltartan. Ningún desenlace podrá derrotarlos.