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COLUMNISTAS / opinion
sábado 4 enero, 2020

Por qué ni Macri ni Fernández lanzaron un plan anti-inflacionario

por Jorge Fontevecchia

Alberto Fernández y Mauricio Macri. Foto: Hugo Villalobos / NA.
sábado 4 enero, 2020

—Terminar con la inflación es lo más simple que tendré que hacer.

—Yo pensé que era complicado.

—Cómo va a ser complicado algo que resolvió el 99,9% de los países del mundo.

(Diálogo de Macri con Mirtha Legrand, 2015).

 * * *

—Bajar la inflación parece un problema difícil.

—No, qué va a ser difícil, la inflación es la demostración de tu incapacidad para gobernar.

(Respuesta de Macri en una radio, 2015).

* * *

La inflación es un impuesto con el que el Estado recauda entre el 2 y el 3% del producto bruto. Una cantidad comparable, aunque algo menor, al aumento de impuestos que Alberto Fernández hizo aprobar por el Congreso con la Ley de Solidaridad Social y Reactivación Productiva. Y una cantidad comparable, aunque en este caso menor, a la cantidad de nueva deuda que anualmente tomaba Macri.

La inflación es un lenguaje con el que se disimula lo que se quiere esconder

¿Por qué ninguno de los dos decidió destinar esos recursos a un plan antiinflacionario que frenara su inercia de golpe? Alberto Fernández podría haber promovido por ley un “impuesto para la estabilización económica”, lo que sería más aliviador para las clases más bajas que los aumentos anunciados ayer por el Gobierno porque la inflación la sufren mucho más quienes menos tienen. Y Macri podría inicialmente haber tomado deuda para terminar con la inflación y el efecto reactivante que hubiera tenido en toda la economía hubiera sido aun mayor que cualquier suma de obras públicas. Pero Macri solo entendía lo tangible y no lo que lo causaba.

La inflación es vista como una herramienta tanto por el Estado como por los sindicatos y los empresarios, y cada uno cree que jugando el juego de la inflación le ganará al otro.

El Estado, como no puede bajar el gasto nominal, apuesta con la inflación a licuar algunos gastos en términos reales dejando las partidas asignadas sin actualización o con menor actualización, y usa la inflación para redistribuir ingresos discrecionalmente. El mejor ejemplo son las jubilaciones: es mucho más fácil hacer aprobar una ley que permita cambiar la fórmula de actualización (indexación) de las jubilaciones que hacer votar una ley que directamente baje las jubilaciones, como se hizo en Portugal (el 3,5% para la mínima y hasta el 40% de reducción para las más altas). La inflación es un lenguaje con el que se disimula aquello que se quiere esconder: un impuesto, una quita, un aumento real o hasta una estafa. Es una forma de mentira que ya fue prohibida en casi todos los países. Una droga que se presumía blanda pero con el tiempo se comprobó dura.

A los sindicatos la inflación les da un poder mayor que el que tienen sus pares en la mayor parte del mundo, donde se erradicó la inflación: aumenta la importancia de las paritarias año a año, dándole a la intermediación de los gremialistas un sentido existencial. Vale recordar a Hugo Moyano en 2010 diciendo que un poco de inflación no hacía mal.

Para los empresarios la inflación es una herramienta para reducir los salarios reales aumentando más los precios que el porcentaje de las paritarias. Pero, finalmente, toda la energía colocada en esa puja distributiva utilizando la inflación termina haciendo perder a todos.

Se podría decir que la persistencia de la inflación es síntoma de falta de poder político durante la mayor parte de los gobiernos, y de falta de voluntad en los momentos en que un nuevo gobierno asume y/o gana una elección de medio término y cuenta con mayor fortaleza para disciplinar a todos los actores.

Este comienzo de ciclo presidencial hace esa discusión literal. La CGT le pide al Gobierno que “este año las paritarias le ganen a la inflación”. El uso del verbo “ganar” es el mejor indicativo del problema cultural: denota competencia y no se le gana a la inflación, se les ganaría al Estado o a los empleadores y a los no trabajadores.

Los docentes agrupados en los gremios UPCN y Ctera piden que sus salarios aumenten con la misma fórmula que Rodríguez Larreta impulsó para el ABL, por la cual se actualizará desde enero según el índice de aumento de precios tomando en enero la inflación de julio de 2019, en febrero la de agosto y así sucesivamente, justo partiendo de los índices más altos que dejó el gobierno de Macri y más que la inflación futura.

Por su parte, Kicillof propuso aumentar el impuesto inmobiliario en la provincia de Buenos Aires en mayor proporción que la inflación para el sector de mayores recursos y menos que la inflación para los de menores ingresos. Sobre una inflación de 2019 del 50%, propuso aumentar el 75%, un 50% más que la inflación, al tope de la pirámide, y un 35% o sea un 30% menos que la inflación, a los que menos tienen. Aumentos reales de los impuestos en magnitudes del 50% y reducciones del 30% serían aun menos imaginables en un país sin inflación.

Los empresarios no son ajenos a este juego de presiones del Estado con su recaudación y de los sindicatos con el costo laboral total: paritarias, indemnizaciones, ausentismo, etc. Los empleadores también intentan aumentar los precios de los productos más que la inflación. En 2005, Néstor Kirchner denunció: “En el congreso de IDEA decían que si hay aumentos de salarios, estos van a repercutir en los precios y va a haber inflación, extorsionando al pueblo y a los trabajadores de una forma realmente inaceptable. No nos extorsionen más”.

La inflación es un juego que Néstor Kirchner usó y Macri no entendió

“Extorsión” es otra palabra que junto con “ganar” refleja el estado exacerbado de puja (ilusoria) que permite la alta inflación, que es resultado de una falta de equilibrio de poderes, de una lucha sin reglas donde se preserve el bien común. De un juego peor aún que el de suma cero o el de la frazada corta, donde para taparse la cabeza se destapan los pies. Es un juego donde la frazada cada vez se hace más y más chica. Con las devaluaciones que hubo en los últimos dos años, el producto bruto nominal de Argentina, que era cuatro veces menor que el de Brasil (500 mil millones de dólares en Argentina respecto de 2 billones de Brasil) ahora es casi siete veces menor a pesar de que Brasil en estos años no creció.

 El primer objetivo del Consejo Económico y Social tendrá que ser dejar atrás la inflación porque sin estabilidad económica no hay ningún plan de crecimiento que funcione.


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