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COLUMNISTAS / Bosques
sábado 4 mayo, 2019

Pound, il miglior fabbro

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por Fabián Casas

default Foto: CEDOC

Un bolso lleno de ropa es un bolso pesado; un bolso lleno de odio es un Bolsonaro. En los 80, para los que éramos adolescentes, el país que hoy gobierna el ex militar era algo así como la leyenda de El Dorado: palmeras, playas paradisíacas, descontrol de testosterona y Rock in Rio. Fui para allá con mis amigos para asistir al concierto. Me robaron todo. Me quedé durante días con unas ojotas, una malla y un libro de poemas de Ezra Pound. Cito de memoria alguno de esos poemas: “Yo que te tenía entre las cosas esenciales, tuve que escuchar tu nombre en lugares ordinarios. Aun en mis sueños mandabas a tus sirvientes a decir que no estabas”.

Pasó el tiempo, empecé a escribir poesía y la influencia de Pound fue capital. Todo lo que leía había sido influenciado por Pound. Todavía hoy hay poetas que, aunque no lo leyeron, tienen la libertad estilística heredada de Pound. Los grandes poetas influencian por wi-fi. Pound es uno de esos tipos a los que les podés dejar el auto en una calle colmada: él va a saber siempre cómo estacionarlo.

Acaba de sacar la Universidad Diego Portales de Chile un libro hermoso: Fin al tormento. Recuerdos de Ezra Pound. Lo escribe Hilda Doolittle (muchos dicen que el nombre Doolittle del disco de Pixies es por ella), quien fue su novia y discípula cuando tenían 19 años. Conocida como H.D., dejó unos poemas extraordinarios. Estas memorias se leen como un ritornello extraño, un ida y vuelta del presente al pasado.

Ezra Pound tomó The Waste Land y lo dejó tal cual se publicó, haciendo prevalecer la música de Eliot por encima del sentido. Acertó. También se dejó fascinar por Mussolini. Erró. Por eso, no bien terminó la guerra, los aliados y compatriotas suyos lo encarcelaron en una celda al aire libre en Pisa. Pound no paraba nunca y ahí mismo jugaba un tenis invisible, él solo, con una raqueta que había conseguido. Y escribía los Cantos pisanos.

Una vez tomé un vaporetto hasta el Cimitero di San Michele de Venecia y dejé en su tumba una pequeña flor. Cuentan que ya muy anciano, una tarde, con su editor americano y de nuevo en su tierra, salió para ir al baño de un restaurante y como tardaba en volver, el editor fue a buscarlo. Pound estaba perdido, dando vueltas sin sentido, metiéndose en un bosque trasero. “Ezra, ¿adónde vas?”, lo llamó su editor. Pound solo atinó a decirle: “¿Por qué no me abandonas aquí? Así ya no podré hacerle mal a nadie”.


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