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¡Preparen, apuntes, fuego!

Si no sos Walter Benjamin, la estrategia de la escritura fragmentada es para paliar cierto tipo de incapacidad.

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Si no sos Walter Benjamin, la estrategia de la escritura fragmentada es para paliar cierto tipo de incapacidad. Uno. Me encuentro después de muchos años con mi ejemplar subrayado de Ser y tiempo, de Martin Heidegger. En esa época yo no tenía ni ser ni tiempo. Recuerdo los espectaculares párrafos sobre la angustia, esa amiga querida que después volví a ver encarnada en El Horla, de Guy de Maupassant. Para Heidegger, la angustia es la reina sin sombra de todas las afecciones. A través de la angustia el ser-ahí capta su libertad y la nada que anida en él y lo rodea. Qué hacemos con nuestra libertad, cómo nos construimos con propiedad a partir de ser arrojados a la existencia. Heidegger se toma en serio la muerte. Nada de fantasías de resurrección. Y sin embargo en Ser y tiempo se filosofa para la vida. No para la muerte.

Dos. Leo un libro que se llama ¿Por qué (no) leer a Byung-Chul Han? Recuerdo que en mi primera clase de Introducción a la Antropología, el profesor Herrán dijo: “Les aviso que no voy a contestar ninguna pregunta acerca de Carlos Castaneda”. Anoté ese nombre: Carlos Castaneda. La negación me mandó directamente a los libros del antropólogo psicodélico.

Tres. Creo que Byung-Chul Han no existe. Es una construcción editorial extraordinaria. Al igual que Boris Groys. Imagino un colectivo de editores pensando la forma de diluir siglos de filosofía y volverla accesible y divertida. De esta manera se evita la sensación en la gente de que los vean con libros tipo Heidegger para principiantes. La gente no quiere mostrar que no sabe. Pero el filósofo verdadero solo sabe que no sabe nada. Es un eterno principiante.

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Cuatro. El cinturón negro es un ardid de los japoneses para entusiasmar a los occidentales. En Japón, en su origen, el cinturón negro no existía. Simplemente era la parte del karategui que no se lavaba y por eso terminaba negro. Eso, decía Gichin Funakoshi, muestra que debajo del negro está siempre el blanco, el eterno principiante.

Cinco. Creo que la gente que trabaja escribiendo los textos de Groys y Han son cracks. Son filósofos del comentario. Pensemos que hasta que no escribió Ser y tiempo Heidegger también era considerado un filósofo del comentario.

Seis. Cuando dejé de ser joven me empezaron a caer mal esos escritores que te dicen lo que no tenés que leer. Bolaño, por ejemplo, siempre tan seguro de lo que es una mierda –según su perspectiva– en la literatura. Con la mierda se hace combustible. Lo que para mí puede ser malo para otro lector es emancipatorio. Algunos pensaban que Jules Laforge era un poeta menor, pero Eliot no. Para él era central. Y en sus Early Poems lo copia casi palmo a palmo.

Siete. La gente que escribe los libros de Groys dice que Stalin fue un artista conceptual y la Unión Soviética, su ready made. Olvidan los campos de concentración, los asesinatos, la paranoia fría, el dolor y la furia, la tristeza infinita de la estepa rusa, los siberianos de ojos celestes. Se los podría parafrasear en su intento duchampiano: Duran-Duran Barba es el escritor latinoamericano más influyente. Nuestro país es su ready made. Mauricio, su mingitorio. Es un escritor de ciencia micción.

Ocho. Estamos en Pascua. El señor vuelve de la muerte. Mi hija me pregunta si creo en la resurrección. Le hablaron a ella de eso en el colegio. Le digo que a la resurrección hay que tomarla en sentido simbólico. Uno resucita cada vez que se emancipa. Pero la emancipación solo sucede en el tiempo. Y la muerte es la cancelación del tiempo.

Nueve. Cada filósofo genial repite la escena de Jesús leyendo en la sinagoga el texto sagrado donde se anuncia la llegada del Salvador, es decir de él. Lo hizo Heidegger cuando decía que los hombres tenían que elegir a sus héroes y que la función del filósofo era la de conducir a los ser-ahí hacia la plenitud de su existencia. Lo hizo Derrida en la famosa conferencia en Estados Unidos donde dio cuenta de la deconstrucción y liquidó a toda la audiencia.

Diez. ¿Por qué, si no creo, voy y me arrodillo y emociono en los bancos de la iglesia Santa Cruz? Porque esa iglesia es mi casa espiritual desde que soy chico. A veces hay una verdad en el corazón de la piedra.