6th de March de 2021
COLUMNISTAS discursos
22-01-2021 22:57

Prácticas rebeldes

22-01-2021 22:57

Las intervenciones públicas de la filósofa norteamericana Nancy Fraser alcanzan para entrever el carácter disruptivo de las ideas que trabaja en sus libros. Una de las síntesis más elocuentes del tipo de planteos políticos que suele ejecutar fue a propósito de la gestión de Bill Clinton, descripta como “años en los que mientras se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba entretenido por una faramalla de Diversidad, Empoderamiento y No-discriminación.”. En esas postrimerías del siglo XX, Fraser publicaba debates con figuras hoy harto citadas por los devotos de las teorías de género como Judith Butler, donde acertaba en decir que la “lucha por el reconocimiento” se estaba convirtiendo “en la forma paradigmática del conflicto político de finales del siglo XX”. Sus señalamientos a la deriva mainstream de los grupos que nacieron bajo un signo revolucionario (“los movimientos emancipadores incluyendo antirracismo, multiculturalismo, liberación LGTB y ecología engendraron corrientes neoliberales favorables al mercado”, dice) convocan desde entonces a lectores que buscan algo que vaya a contramano de los discursos dominantes. 

En la introducción de Prácticas Rebeldes, editado recientemente en Argentina por Prometeo, Fraser, particularmente hábil en condensar ideas de mucho peso en pocas palabras (su enunciación “Neoliberalismo progresista” es un buen ejemplo) se define como una “académica radical” y da cuenta de algunas presiones sobre los que practican un pensamiento abierto a la crítica política dentro de un ámbito actualmente muy homogéneo como el de las grandes universidades. Los ensayos que componen el volumen se extienden en análisis sobre trabajos de Foucault, los deconstruccionistas franceses, Richard Rorty y Habermas y ofrecen algunas motivaciones personales detrás de la empresa: “Traté de entender la orientación política normativa de los escritos de Foucault”. 

Bajo el subtítulo La dinámica del capitalismo del estado de bienestar, una crítica feminista, apunta que “es posible clasificar movimientos sociales en referencia a su potencial emancipador” y dispara contra los fundamentalismos religiosos, encontrando algunos paralelos entre éstos y movimientos seculares como los “que defienden la paz y la ecología” a los que ve con mejores ojos, sin dejar de marcar que son demasiado proclives a tornarse “particularistas”. No es menos aguda con el movimiento feminista, del que asegura que es el “único que conserva vínculos con los movimientos de liberación históricos” pero que pese a estar “arraigado a una moralidad universalista tiende a retraerse a identidades y comunidades organizadas en torno de la categoría natural del sexo biológico”. También toca una cuestión de especial resonancia en Argentina, como los subsidios estatales para mujeres en estado de vulnerabilidad. Por un lado, verifica que se suele partir una falacia estigmatizante al catalogar tanto a las ancianas como a las madres solteras o a las mujeres pobres como provenientes de un “hogar defectuoso” en el que falta un sostén masculino, contraviniendo principios de igualdad básicos para el feminismo. Por otra parte, advierte que el asistencialismo compulsivo en el que estas mujeres enroladas en la vulnerabilidad se ven envueltas es otra forma de control y subordinación en la que “en general terminan por volverse dependientes abyectas de burocracias estatales” y refiere a la famosa frase de Carol Brown “del patriarcado privado al patriarcado público”. 

Fraser no se limita a resaltar contradicciones progresistas, y habla de las hibridaciones de las nuevas derechas que, pese a su “carácter antifeminista”, recurren a la incorporación despolitizada de “temas inspirados en el feminismo, que implican el derecho de las mujeres al placer sexual”, situación también visible en los feminismos de raigambre liberal locales. Sobre el final del libro, se despacha con otra de sus grandes síntesis sobre un estado actual de cosas que, Internet mediante, se consolida cada vez con mayor potencia: “El discurso sobre las necesidades es la moneda discursiva del reino”.

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