Sin tiempo a adaptarme, regreso a Buenos Aires y caigo seducido por unos directores alemanes que me quieren para un corto del Bicentenario. Le tengo aversión a estas cinco sílabas. Donde se promete festejo, yo sólo veo una pesadilla removida. Pero como me propongo filmar todo lo que pueda antes de cumplir los 40 años, acepto. Acepto y vigilo. ¿Qué pasa por la cabeza de unos alemanes que vienen a retratar unos lúgubres festejos independentistas? El guión es sórdido: como en Happy together, de Wong Kar Wai, Buenos Aires es el infierno. El infierno de otros. O de uno.
Así que me veo envuelto en todo tipo de equívocos. Josephine y Johannes dirigen en alemán; se entienden con su asistente en francés; con el arte y los otros actores en inglés; y –en la calle– con la policía, en un castellano que ablanda hasta el alma de los canas. Mi personaje ve con esperanzada apatía la fiesta de otros: un Bicentenario que, en berlinés, es casi un invento de ciencia ficción. Le pasan (me pasan) cosas horribles. La lista de locaciones habla por sí sola de 200 años a la deriva: en el Hospital de Clínicas no hay cómo poner la cámara sin arrancar lágrimas. En Barrio Parque, sirvientas de uniforme y rasgos amerindios pasean perros ajenos. El domingo nos mezclaremos con los “fans de Boca” (así los llaman ellos). Temo perder la vida en esta experiencia antropológica. El final será en la Villa 31, donde me prometen todo tipo de seguridades. En la escena –obviamente– me roban y me dejan tirado en un charco de barro y sangre. ¿Cuándo una película de amor, o una de espadachines, en la Villa 31?
Esta gente filma Buenos Aires y ve todo a la vez: cliché y capricho. Tienen esa capacidad. Que no estaría mal tomar prestada. Ellos observan. Y yo los observo observar.