Difícilmente haya en el campo de la cultura alguien que no celebre cada avance del poder civil sobre la corporación militar. Hasta yo he simpatizado con algunas medidas K, incluyendo su revisión del pseudo juicio a las juntas alfonsinista y su corolario de punto final y obediencia debida.
En el campo de la cultura muy pocos manifiestan interés por el tema de la seguridad nacional: la expresión les suena mal y piensan como si viviesen en Australia o en Babia y no bajo el ardiente contexto político-militar de Sudamérica, con vecinos como Chile, Venezuela y Brasil que, cada cual a su modo, tienen proyectos de seguridad explícitos, autosostenidos y, al menos en los dos limítrofes, visiblemente exitosos. Como en los aspectos industrial, educativo, agrario, tributario y cultural, la administración K carece de una política de seguridad. La política en general carece de ideas originales sobre el tema y se mueve a impulsos teatrales, cortinas de humo y bluffs para la prensa, tal como lo confirmaron los pronósticos que formulamos ante el costoso conato de las retenciones graneras. Aunque tal vez me equivoqué, porque hubo una idea superoriginal de puro disparatada: la del traslado de la educación militar a la esfera de los ministerios de educación de las provincias. Bajo el título “Civilizando liceos en paz” me ocupé de comentarla en La Voz del Interior en junio de 2006, y con tanta fortuna que días después el presidente ordenó a su ministra de Defensa retroceder hasta que aclare, es decir hasta nunca, porque las Fuerzas Armadas son oscuras y porque nunca llegará a tener claro qué cuadros de seguridad necesita formar la Argentina, un Estado que ni siquiera pudo aclararse el rol de lobbies y mafias en la aventura y en el fracaso de Malvinas, ni quiénes provocaron la explosión de Río Tercero. Como la gente se interesa en sondeos y encuestas, cuento un plebiscito casero en el que mi moción de restablecer sobre mejores bases el servicio militar obligatorio para mujeres y hombres perdió por un voto –el mío– contra los ocho de mis cinco hijos y sus tres madres, para quienes la medida menemista de abolirlo fue una conquista del progreso. Los mismos resultados se obtendrían en un plebiscito de escala nacional, de modo que mis hijos no serán los únicos que crecerán en Babia como australianos y llegarán a viejos civiles ignorando defensa personal, empleo e improvisación de armas, comportamiento en catástrofes y pánico, primeros auxilios, reanimación cardíaca y respiratoria, y supervivencia en condiciones extremas. Son artes que se pierden cuando un Estado los prepara para perder.
Programados para perder
Difícilmente haya en el campo de la cultura alguien que no celebre cada avance del poder civil sobre la corporación militar. Hasta yo he simpatizado con algunas medidas K, incluyendo su revisión del pseudo juicio a las juntas alfonsinista y su corolario de punto final y obediencia debida.