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COLUMNISTAS / 2019
sábado 29 diciembre, 2018

Promesas y perdones

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por Sergio Sinay

Foto: Cedoc

La promesa, decía Hannah Arendt, es, junto con el perdón, una condición de la vida humana. La filósofa alemana escribía en La condición humana que sin el perdón es imposible seguir adelante. La imposibilidad de perdonar congela la vida en el momento de la ofensa, la cristaliza y, anclados allí, no hay camino hacia el futuro. Tampoco lo hay sin una promesa que fije una visión, un propósito, una razón para proyectarse en la vida. Sobre todo, en la vida junto a otro, junto a otros, porque, en definitiva, al otro prometemos y de otro recibimos promesas. No valen como tales los juramentos a uno mismo, porque la promesa es validada por la presencia de un testigo. Este no necesariamente debe ser un tercero. El otro ya es, de por sí, un testigo válido. Del mismo modo lo somos ante la promesa del otro.

Promesa y perdón son, también, ingredientes básicos de la responsabilidad, valor esencial en toda interacción humana. Como agentes morales somos ineludiblemente seres responsables. Nuestras acciones, tanto lo que hacemos o dejamos de hacer, nuestras palabras, nuestros silencios, nuestro estar en el mundo generan consecuencias. Esos efectos no solo recaen en nosotros, sino en nuestro contexto, afectan a otros, sea para bien o para mal. Y se debe responder ante esas consecuencias. Responsabilidad proviene del latín respondere, que significa corresponder a lo prometido.

Quien promete, entonces, debe responder por lo prometido. Y quien perdona puede, y debe, no olvidar lo perdonado. Perdonar y olvidar es olvidar lo perdonado y correr el riesgo de recibir otra vez la misma herida. Por lo tanto, la ecuación a construir une memoria y perdón, como señala la psicoterapeuta y escritora austriaca Elisabeth Lukas, discípula de Víctor Frankl (autor de El hombre en busca de sentido, pensador existencialista, padre de la logoterapia, corriente que orienta a la búsqueda del sentido de la propia vida como herramienta de sanación). Perdonar sin olvidar no significa, sin embargo, seguir castigando, implantar el resentimiento. Es algo más complejo y trascendente, es habilitar la continuidad de la vida a partir de un acto de discernimiento. De ahí que sea importante comprender las consecuencias del perdón, tanto cuando se lo otorga como cuando se lo pide. Porque pedir perdón no significa borrar las consecuencias de la acción ofensiva ni elimina el deber moral de responder ante ellas.

Quizás en estos días de rituales que cierran un año e inauguran el próximo sea importante detenerse, con conciencia, en promesas y perdones antes que en la repetición monocorde de deseos que muchas veces tienen más de formalidad que de una auténtica vocación hacia el otro. Qué podemos prometer, qué podemos perdonar. He ahí la cuestión. La respuesta es una disposición ante el tiempo y la vida que nos esperan. Una manera de pensarse y de estar en el mundo.

Promesa y perdón adquieren una dimensión especial en un tiempo de rencores, de intolerancia, de grietas profundas, abundantes y sucesivas. En un tiempo de injusticia serial y naturalizada, de egoísmo patológico, de narcisismo epidémico. Tomados en serio y entendidos en profundidad, promesa y perdón pueden contribuir a romper ese círculo tóxico. No deben ser banalizados, vaciados de contenido por una aplicación automática e irresponsable. En un año electoral, la promesa será usada de un modo perverso, como lo ha sido de manera repetida. Unos y otros (unos para conservar el poder, otros para alcanzarlo) van a prometer irresponsablemente.

“Tengo estas promesas, pero si no les gustan tengo otras”, dirán a la manera de Groucho Marx. El día en que respondan por sus manipulaciones y mentiras conscientes, el día en que no reciban perdón y en que no haya olvido a pesar de que cambien de disfraces, de discursos y de estrategias de marketing, acaso sean más luminosos y esperanzadores los comienzos de un nuevo año, de un nuevo ciclo vital. Mientras tanto, en cada casa, en cada mesa, en cada brindis puede haber promesas y perdones verdaderos. Es responsabilidad de cada uno. Y la responsabilidad es intransferible.

*Periodista y escritor.


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