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¿Qué es lo que busca la oposición?

En la contratapa de ayer, sábado, titulada “¿Qué es lo que busca Kirchner?”, se esbozaron los cinco posibles motivos que llevaron al Gobierno a agudizar y prolongar el conflicto con el campo. Para completar esa perspectiva, nos queda hoy, domingo, analizar sus consecuencias políticas desde la vereda no K.

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En la contratapa de ayer, sábado, titulada “¿Qué es lo que busca Kirchner?”, se esbozaron los cinco posibles motivos que llevaron al Gobierno a agudizar y prolongar el conflicto con el campo. Para completar esa perspectiva, nos queda hoy, domingo, analizar sus consecuencias políticas desde la vereda no K.

Hace nueve días, en un acto del PJ en San Juan, Néstor Kirchner prometió: “Vamos a ganar las elecciones en 2009 y también en 2011”. ¿Cuántos de los peronistas que lo rodean creen posible ese vaticinio? ¿Cuántos están esperando el momento en que se le acabe la caja para, ya sin nada que perder, tomar prudente distancia de los Kirchner?

Hace menos de un año, el oficialismo todavía apostaba al “plan16 K”: ocho años de Néstor, más otros ocho de Cristina en la Presidencia; y, jocosamente o no, los ultra K decían que en 2020 Máximo Kirchner continuaría la dinastía, después de un cursus honorum que lo llevaría por la intendencia de Río Gallegos y la gobernación de Santa Cruz. Si tanto cambió el escenario político en un solo año, ¿cuánto cambiará todo dentro de otro año?

Exactamente un año es la cuestión. Si el conflicto con el campo se hubiera desatado en marzo del año próximo, hoy estaríamos comenzando el mes de junio de 2009 y sólo cuatro meses nos separarían de las elecciones de octubre. Pero el calendario político se adelantó vertiginosamente. La carta abierta de Carlos Reutemann a Kirchner, la declaración de José de la Sota comparando a Kirchner con Stalin, la renuncia de Jorge Busti a la conducción del PJ de Entre Ríos o el hecho de que sólo diez de los veinte gobernadores peronistas y “radicales K” hayan acompañado a Cristina Kirchner en el acto del 25 de Mayo, a sólo seis meses de haber asumido, son parte de este adelantamiento.

Una de las versiones publicadas en la contratapa de ayer era la de un eventual gobierno de coalición nacional con Cristina Kirchner o José Pampuro, el presidente provisional del Senado, al frente de un Poder Ejecutivo (personalmente, esto último me parece un soberano disparate) reforzado con un gabinete de notables y un jefe de Gabinete muy operativo. Quienes así imaginan el futuro piensan que Roberto Lavagna podría cumplir ese papel durante el actual período presidencial.

Respecto del próximo período presidencial, y más allá de las declaraciones públicas de apoyo a la Presidenta, la mayoría de los gobernadores, ex gobernadores y otras figuras prominentes del peronismo no cree que Cristina pueda ser reelecta ni tampoco (aunque en menor medida) que Néstor Kirchner pueda salir indemne o no significativamente herido de un eventual fracaso de su esposa. Allí, todos miran a Daniel Scioli. La encuesta más analizada, y por donde pasará la divisoria de aguas de la política argentina, es la que muestra cuánto de la pérdida de popularidad de Cristina y Néstor Kirchner termina arrastrando la popularidad de Scioli. Los primeros datos ya comenzaron a indicar que el gobernador de Buenos Aires es humano y no de teflón, como se suele decir de él para indicar que todo lo malo se le despega ante los ojos de los votantes y ya empezó a perder aprobación, aunque menos que Cristina. Si el conflicto del campo se prolonga, a Scioli no le quedará otra alternativa que optar entre seguir fiel al matrimonio presidencial, hipotecando gran parte de su futuro político, o distanciarse de ellos y pagar el costo de tener una gobernación turbulenta. Hoy, la vida política de Scioli es un continuo cálculo entre comprar presente y vender futuro, o comprar futuro y vender presente. Su dilema tiene muy difícil solución, pero si lograra inventar la forma de superarlo, sería quien más posibilidades tendría de presidir el país en 2011.

No es casual que siendo Buenos Aires la provincia agropecuaria con más hectáreas en la Pampa Húmeda, las señales institucionales de disgusto provengan de las otras dos provincias agropecuarias importantes, representadas por los ex gobernadores de Córdoba y Santa Fe, De la Sota y Reutemann, y los gobernadores en ejercicio Carlos Schiaretti y el socialista Hermes Binner. Buenos Aires brilla por su ausencia. ¿Podrá por mucho tiempo lograr Scioli que no le pase lo mismo que a su colega Jorge Capitanich, el gobernador de Chaco, a quien los ruralistas le manifestaron su disgusto con una lluvia de huevos?

La rebeldía del peronismo no K cuenta siempre con el patrocinio de Eduardo Duhalde, quien también levantó un cambio esta semana al decir: “Son estúpidos (sic) los que sostienen que la postura del campo es golpista”. Duhalde apuesta en todas las mesas: en las de De la Sota y Reutemann, en la de Scioli, y también en la de Mauricio Macri.

La única explicación posible para justificar la poca voluntad del PRO de expandir su partido fuera de la Ciudad de Buenos Aires, el Conurbano y apenas un poco más de kilómetros (a pesar de no contar con menos recursos que Elisa Carrió, quien sí se preocupa por derramar en todo el país), estaría en la fe que Macri tendría de disponer del aparato del peronismo no kirchnerista con Duhalde como principal operador, el abiertamente filomacrista Ramón Puerta y una lista de caciques peronistas del interior como los hermanos Rodríguez Saá.

En la dirección opuesta, el puente entre el PRO y Carrió es la vice de Macri, Gabriela Michetti. Y es el progresismo de Carrió lo que impide que se consume el deseo kirchnerista (y quizá también de no pocos de los peronistas no K y el PRO) de que la política se ordene alrededor de un gran partido de centroderecha y otro de centroizquierda. Carrió se queja de que Lavagna, “enviado por Kirchner”, le sacó votos, pero le cooptó (palabra que ella impuso) al Gobierno nada menos que a Binner. Carrió tiene fronteras que no cruza: Duhalde, gran parte del peronismo clásico y el propio Lavagna. Al revés, Macri se mueve en esos mundos con la misma facilidad con que lo hizo en Boca.

Ya en las elecciones presidenciales del año pasado existió una moderada presión sobre la oposición para que depusiera sus diferencias y se expresara electoralmente unida contra el Frente para la Victoria. El ejemplo de la oposición en Venezuela, que al unirse logró que Chávez perdiera su primera elección el 2 de diciembre de 2007, no alcanzó a influir sobre los candidatos argentinos. Pero el ejemplo del campo, donde cuatro entidades rurales con posiciones muy diversas hicieron de la unión su fuerza, sumado a que (como en Venezuela, donde no se trató de una elección presidencial sino de un plebiscito) las elecciones de 2009 serán legislativas, renovará la presión sobre la oposición para que se coordine de alguna manera.

Una forma de facilitarlo será desdoblar las elecciones para legisladores nacionales de las locales. Por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires, donde residen los máximos referentes de la Coalición Cívica y del PRO, en 2009 habrá que votar diputados para el Congreso Nacional y diputados para la Legislatura del distrito. ¿Podrían Carrió y Macri acordar el protagonismo de la primera a nivel nacional y del segundo a nivel del distrito en comicios desdoblados, así ambos ganan su elección?

Con Lavagna de regreso al peronismo y el radicalismo a nivel nacional inerte, hoy el mapa político muestra cuatro fuerzas: el kirchnerismo, el peronismo no kichnerista, la Coalición Cívica y el PRO. Por ahora, las encuestas muestran que, tras el conflicto con el campo, el kirchnerismo vive un éxodo de votantes que aún no han decidido a dónde ir. Probablemente puedan terminar yendo en mayor proporción a aquellos dos de los restantes tres sectores que logren unirse.

El tiempo vuela: 2009 se vino encima.