Cuanto Brasil más se argentiniza, más difícil es para los argentinos entender qué pasa en Brasil. ¿Cómo puede ser que crezca la cantidad de brasileños que desean que Brasil pierda en el mundial de fútbol y, si fuera posible, que Argentina salga campeón? ¿Cómo puede ser que ese pacífico país que ni siquiera tuvo guerra de la independencia, ni unitarios y federales, y donde hasta la dictadura militar era llamada “dictablanda”, ahora supera a la Argentina en piquetes, manifestaciones y cortes de rutas y calles?
Además de los casos conocidos internacionalmente, como las barricadas con llamas en Río de Janeiro la semana anterior por el asesinato de un bailarín en la favela Pavâo-Pavâozinho, se suceden casos de cortes (no sólo con piquetes, sino también con fuego) por causas que en el pasado no lo hubieran justificado. En Mato Grosso do Sul para reclamar por el tránsito, lo mismo en São José dos Campos (estado de San Pablo), en Brasilia por el cierre de un supermercado, en Salvador los ferroviarios porque no les pagaron el plus de carnaval, en Goiânia para reclamar por la inseguridad; en Belo Horizonte, los pasajeros de un micro en el que viajaban lo quemaron para protestar por el mal estado en que se encontraba, y en Piauí los vecinos incendiaron el edificio de Electrobras cansados de estar tres días sin luz.
Brasil no era así. Se caracterizaba por contar con una de las poblaciones más evangelistas del mundo, un bálsamo religioso con efectos de aplacamiento social comparable con determinadas creencias en India. Pero algo cambió, probablemente, la combinación de nuevas generaciones con nuevas herramientas tanto educativas (internet) como comunicativas (redes sociales), sumado a que el país progresó económicamente y emergen nuevas demandas, lo que Lula explica: “Hoy el problema es que el pueblo quiere más”.
En la revista Veja, el antropólogo brasileño Roberto DaMatta –autor de libros como Carnavais, Malandros e herois y A casa da rúa– llamó a la situación “desfibrilamiento social”, porque la sociedad y el Estado comenzaron a no hablar el mismo lenguaje, las demandas sociales quedan sin una respuesta efectiva del poder público y los canales institucionales de diálogo ya no funcionan.
El creciente deseo de que Brasil pierda el Mundial tiene su correlato con esa disconformidad y con que se vote en octubre, pocos meses después del Mundial. La última encuesta del diario Folha de São Paulo indica que el 72% piensa que “el país precisa cambios”. Hay entre ese 72% quienes creen que esos cambios pueden ser instrumentados por la propia Dilma al ser reelecta, pero los más ansiosos por cambios prefieren que gane la oposición al PT, lo cual sería imposible si Brasil ganara el Mundial y más probable si lo perdiera.
Para la celebración del 1º de Mayo, Dilma dio un discurso por cadena nacional en el que recordó que sólo el Partido de los Trabajadores (PT) garantiza que “nunca tomará medidas contra los trabajadores”, mientras que la oposición “piensa que la valorización real del salario es un error de este gobierno”. Su discurso terminó épico: “Quien está del lado del pueblo puede perder algunas batallas, pero sabe que al final alcanzará la victoria. ¡Viva el 1º de Mayo! ¡Vivan los trabajadores!”.
En el mismo acto (el PT controla la CUT, Central Unica de Trabajadores, equivalente a una de nuestras CGT), Dilma aprovechó para anunciar que aumentaba el 10% lo que el Estado paga por Bolsa Familia del programa Brasil sin Miseria (equivalente a nuestra Asignación Universal por Hijo) y subía 5% el piso a partir del cual se comienza a pagar impuesto a las ganancias. Dos medidas que la oposición califica de electoralistas, una tratando de mejorar la imagen del gobierno con la clase baja (36 millones de personas reciben Bolsa Familia) y, la otra, con la clase media que paga Ganancias.
En su anuncio, Dilma explicó que con este 10% se alcanza a superar el límite de pobreza que requieren las Naciones Unidas de 1,25 dólares de ingresos por día. Sobre un total de casi 200 millones de habitantes, alrededor de 80 millones de personas reciben en Brasil algún subsidio del Estado. La oposición se queja del uso clientelar que el PT hace de estos subsidios porque muchas personas reciben Bolsa Familia simplemente por ser parientes o estar relacionados con militantes del PT. Continuamente se acusa al PT de confundir gobierno con Estado. Hace poco, el intendente petista de la ciudad de San Pablo –Fernando Haddad– prohibió que los taxis circulen por las líneas exclusivas de colectivos (sin ser lo mismo, comparables con las de nuestro Metrobus) porque el Sindicato de Taxis dejó de apoyar las candidaturas del PT. Los taxistas se quejan porque ahora pueden hacer apenas la mitad de los viajes diarios que cuando circulaban por las líneas especiales.
Como el lector argentino puede observar, Brasil se argentiniza: allí atribuyen la culpa por la crisis de las fábricas de autos brasileñas a que la Argentina cerró la importación por falta de dólares, y Dilma en sus discursos habla de una especie de “década ganada”. En el del 1º de Mayo dijo: “En estos últimos 11 años –suma la presidencia de Lula– llevamos el período histórico en que más creció el empleo y que el salario más se valorizó (70% sobre la inflación)”.
Todo es parecido, pero en diferente dimensión. En la misma encuesta de DataFolha, el 65% piensa que la estanflación es el principal problema de la economía. La inflación en 2014 será de 6,5% anual y la oposición sostiene que el gobierno la disfraza porque, bien medida, debería ser de 8%, y se pospone para después de las elecciones el recorte de los subsidios a los servicios públicos, que aumentará la inflación. Y el crecimiento del producto bruto es algo menor al 2%, pero nunca neutro, ni mucho menos negativo.
El problema de Brasil es en gran medida un problema de expectativas: se compara con las tasas de crecimiento de los últimos años de sus compañeros asiáticos del BRIC, China, y, en menor medida, India y Rusia.
Ojalá ésos fueran los problemas macroeconómicos de la Argentina.