Hace una semana, mi colega mexicano Edgar Chías contó en Berlín una historia asombrosa de un premio que le iban a dar pero le retiraron porque el tema de su obra (la convivencia con la violencia del narcotráfico) era demasiado fuerte como para ser avalado por un gobierno que “estaría tratando de lidiar con el problema”. Chías confiesa que ha vuelto en su teatro (contra toda moda) a temas sociales, porque el tratamiento que les dan los medios masivos es muy distorsivo. La puesta en escena de la violencia (su puesta en noticia) tiene para Chías el aspecto de un oasis de distanciamiento: lo que se muestra, justamente por compartir los formatos de la tevé, les estaría pasando a otros, a personas que sólo viven en la ficción de la TV, y no a los corpóreos vecinos de –digamos– Tlatelolco.
Ahora voy a mi caso, de puro resentido: me presenté (como muchos colegas porteños) a la Ley de Mecenazgo para montar una obra. La ley prometía garantías: si tu proyecto es de interés, el Gobierno porteño te aprueba, te abre cuenta en el Banco Ciudad, y ahí empezás a buscar empresas que te patrocinen. Con un porcentaje irrisorio de sus impuestos, estos mecenas garantizarían que la esquiva danza sobreviva, o que el teatro dé algún rédito en billete, todos asuntos en los que el Estado (en país pobre) estaría naufragando.
Pues me pasó un poco lo de Chías, con alguna variante escabrosa. Me dijeron que mi proyecto es de alto interés cultural. Pero un jurado (cuyo nombre –desde ahora asqueroso– me reservo) adujo que yo era muy reconocido y que podía solicitar plata afuera, y por otros medios. Tal vez muchos piensen así. Agradezco el reconocimiento. Los teatros estatales, que siempre me han dado poca bola, admiten así cálidamente la verdadera lógica de su desinterés: mis obras no son malas; así que –por ello mismo– puedo hacérmelas financiar sin ellos. ¿Para qué va a gastar el Estado su plata en obras buenas, si ya sabe que los buenos van a producir igual? Yo tiendo a pensar modesta y tenazmente que mis obras son buenas: ¡gracias por estar de acuerdo!
Se deliberó un poco. Algunos promotores de la ley (cuyo espíritu era producir cultura en esta ciudad, y no en otras) renunciaron ante la contradicción en este fallo. Me ofrecieron una solución incomprensible: el 60% de lo que necesito. Y endeudarme como pueda con el resto, total, ¡seguro que soy famoso y lo consigo en Suiza! Una costumbre que –con la coartada de repartir lo magro– repiten el INT o Proteatro. Acá, el Estado no me daría un solo peso, sino que me habilita a mendigar en su nombre y con mi firma a empresas petroleras o quioscos de barrio. ¿Será así esta ley? ¿Es mejorable? Por ahora, nobleza obliga: el ministro me acaba de ofrecer otro plan para esta obra.
No hacía falta que Mecenazgo me aclarara que en Berna se paga mejor por un Spregelburd; yo ya lo sabía. Lo que pasa es que –caprichoso– tenía ganas de estrenar acá, que me encanta. Igual las ganas –como el enojo– se me pasan rápido. No me quejo más. Agradezco mucho este premio y los consejitos financieros. Y le guiño un ojo cómplice al amigo Chías.
¿Querés ser mi mecenas?
Hace una semana, mi colega mexicano Edgar Chías contó en Berlín una historia asombrosa de un premio que le iban a dar pero le retiraron porque el tema de su obra (la convivencia con la violencia del narcotráfico) era demasiado fuerte como para ser avalado por un gobierno que “estaría tratando de lidiar con el problema”.