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PASO

Rebeliones internas

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Dólar. Asusta, como la inflación y la inseguridad. Y no hay fútbol, diría Antonio Cafiero. | cedoc

Varios misterios despejará la interna general de hoy. Uno de ellos: el impacto cuantitativo de la prevención de los gobernadores que anticiparon sus comicios provinciales para no compartir suerte con sus referentes nacionales. Evitar el contagio, la toxicidad. Una crisis integral de los partidos o de las coaliciones, a convertirse en meros cascarones –al menos en relación con el pasado– por el avance de una autonomía en el interior frente al arbitrio de las casas matrices ubicadas en la Capital. Entonces, esta noche se aguarda un ejercicio adicional a la lista de ganadores y perdedores: habrá que comparar los resultados de un mismo partido o federación y en un mismo lugar con fechas diferentes, medianamente cercanas entre sí. Quizás sea el inicio de una disgregación partidaria por falta de liderazgos, justo en un sistema en el que prevalecieron esos engendros personalistas en vías de extinción, de Alfonsín a Menem, de Néstor-Cristina a Macri.

Con facilidad, en esa transformación o baja de categoría uno puede aludir a la falta de armadura de los candidatos. Por ejemplo, Sergio Massa y Patricia Bullrich se asocian en la calificación de estudiantes tardíos, crónicos, recibidos con reservas, una con más de 50 años de edad, el otro pegadito al medio centenario. Como favor, les pueden imputar una gran resiliencia en sus carreras. Pero no son precisamente modélicos ni normales, al menos para cierta cultura convencional: repiten la trayectoria de Daniel Scioli, quien se graduó también con singular retraso y observaciones sobre la obtención de su título. A Horacio Rodríguez Larreta, por su parte, nadie lo consulta ni imagina como economista, mientras el economista Javier Milei tapó sus condiciones técnicas con un tejido imprevisto de perros, compraventa de órganos y fichas psicológicas sobre sus conductas. Un cuarteto que no atrapa, en general, a aquellos gestores del resto del país que eligieron competir sin su aporte. O carga insoportable.

Hoy se sabrá si los gobernadores acertaron en anticipar los comicios provinciales

Tal vez sea Milei un caso distinto a sus rivales: vale más por sí mismo que por cualquier respaldo de agrupaciones en el interior, un individualismo con exceso de improvisación. Igual, un fenómeno raro: nada recibió en votos de todas las elecciones transcurridas y, sin embargo, se le reconoce un sitio de relevancia para la grilla del conteo de esta noche. Como si, en su caso, no hayan sido necesarias esas contribuciones provinciales. A su vez, lo de Milei encubre otro enigma: descubrir hoy si se concreta el respaldo de una mayoría juvenil a su propuesta, si los nuevos votantes van al cuarto oscuro como deber y si ese favoritismo se consagra en la boleta.

Al revés de Milei, los otros candidatos con posibilidades exhiben performances en Córdoba, Santa Fe o Tucumán como currículum para aspirar a la Casa Rosada. Justo cuando nadie votó por ellos mismos, más bien  se valen de los comicios previos para otorgarse un oxígeno que pertenece a sus intermediarios del interior. Tema que en algún momento también inquietó a Axel Kicillof: debió pensar que si adelantaba la convocatoria y la dividía con la nacional podía garantizarse más la reelección que por acompañar hoy a Sergio Massa. Inclusive, hasta piensa que obtendrá más votos en el ámbito bonaerense que su representante nacional. Casi un desafío o una ruptura a la tradición,  ya que los postulantes a la gobernación suelen beneficiarse del tirón que en la Provincia ejercen los presidenciables. Ejemplos:  Alejandro Armendáriz, un “titán” desconocido, llegó a La Plata gracias a colarse con Alfonsín, y María Eugenia Vidal aterrizó inesperadamente colgada del avión de Macri.

Hay una incipiente indisciplina en los caudillos frente a las cúpulas de los partidos

Junto a la conveniencia o no de estos anticipos, operados por gobernadores que confían más en sí mismos que en los aportes de los presidenciales, se inicia un debate. Primero, una incipiente indisciplina en los caudillos del interior sobre la cúpula de las organizaciones partidarias (además, protestan por no ser contemplados en las decisiones superiores). Habrá que ver, por ejemplo, si el peronismo de Juan Schiaretti y Martín Llaryora en Córdoba, tan alejado del cristinismo, cuando se mezclen las cartas para septiembre, se unirá al coro de Massa o buscará otra referencia vocal. No son dueños de los votos, pero seguramente estarán a la venta. Está claro, además, que esta nueva composición del espectro político va a impedir una ley sobre coparticipación, incumplida obligación desde 1994. Detalle no menor para quienes le atribuyen a la norma existente un carácter injusto y poco equitativo en términos económicos. Otra consideración sobre estos cambios planea sobre el rendimiento democrático de anticipar y parcelar los comicios, una sucesiva suma de llamadas domingueras que tal vez sean nocivas para el sistema.

Al menos, afectan a un electorado cada vez menos interesado en estas nuevas ingenierías, provocadoras de falta de entusiasmo, de una apatía popular que observa frustrada el agregado de transiciones, complicada con una multitud de boletas a elegir, con listas integradas por desconocidos, con mecanismos ridículos –por ejemplo, la colocación de boletas en el piso que obligaba a los votantes mayores a inclinarse más que en una iglesia (salvado el trámite por la justicia electoral)– o la pérdida de tiempo en la Capital para votar dos veces en la misma ocasión y en oportunidades diferentes. Infinita la habilidad de los políticos para inmolarse como bonzos, abrumar a los ciudadanos y lastimar a un sistema que todavía parece el mejor de los peores. Mientras se escapa la inflación, también el dólar, la gente se asusta por los atracos y encima no hay fútbol. Diría Antonio Cafiero, su mejor reflexión.