martes 27 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS láminas

Rouault y Satán

16-09-2022 23:55

Bien, empezamos a aproximarnos al punto central (“Estamos más cerca del comienzo del fin que del fin del principio”, dijo Winston Churchill cuando consultó en las doradas aguas proféticas de su whisky el futuro mediato de la Segunda Guerra Mundial). Miro una y otra vez las 16 láminas del fascículo 112 de la Pinacoteca de los Genios, dedicado a Georges Rouault (ya recordé que la 17 se comenta en el índice, pero no aparece por ningún lado, arte pictórico-editorial destinado al género fantástico). Ya sea que pinte reyes o Cristos o payasos o retratos de familias o prostitutas o paisajes, lo que impresiona, más que lo grueso de las líneas, es el trazo, como si el pintor arrastrara el pincel sólo a medias embebido para que en su deslizamiento la pintura se vaya agotando, dejando espacios aleatorios de vacío blanco, de fondo de tela sin pintar, un resto inconsumible por el arte, algo equivalente al silencio musical entre nota y nota: ese momento donde todo puede pasar y todo tiembla.

Ya sea que pinte reyes o Cristos o payasos o prostitutas, lo que impresiona es el trazo

Claro que aquí no existe el tiempo en el grosor del trazo y sus límites, porque el cuadro se presenta bajo la ilusión de una totalidad instantánea, ilusión que sólo se contrasta con la contemplación detenida. Entonces lo ausente se funde en el espíritu de la obra y ascendemos a una forma visual de la mística. Sobre todo la lámina XVI, que recuerda los primitivos íconos rusos (o tal vez a Andrei Rubliov filmada por Tarkovsky). Raro, o tal vez no, que esa impresión se desprenda de lo que parece ser el retrato de una cortesana griega. ¿Puede uno pensar que la vanguardia verdadera, si es que tal cosa existe, es una evocación meditada del arte del pasado? ¿O esa idea es, por el contrario, reaccionaria? (cuando lo vea a Tabarovsky, nuestro posvanguardista oficial, le preguntaré).

El caso es que luego de ver una por una las láminas y deleitarme en esas combinaciones de trazos brutales y colores saturados, pero nunca puros (porque el cielo no es tedio sino aquelarre), paso a la ficha biobibliográfica. Y, de pronto, leo, y esto define mi próxima columna: Rouault se vuelve amigo de Joris-Karl Huysmans, autor de al menos dos extraordinarias novelas: la decadentista Al revés y la demoníaca Allá lejos). De ambos hablaremos.