Qué pasó de interesante el domingo pasado? Que yo recuerde nada (o nada bueno, que vendría a ser lo mismo). El tiempo es veloz (David Lebón, dixit), a diario pasan tantas cosas, que realmente me cuesta recordar lo ocurrido hace una semana. Haciendo un esfuerzo mental, podría afirmar sin embargo, que lo más importante que ocurrió el domingo pasado fue que murió Lou Reed, el resto no tiene la menor importancia. Es evidente que lo mío no es el rock and roll, pero no se porqué, le tengo cariño a un viejo disco de Reed, llamado Berlín, de 1973, la época que en que todavía se hacían “discos conceptuales”. Pues, no es un disco que contenga algún hit –quizás por eso me gusta–, e incluso la historia está cargada de tantos lugares comunes que abruma (el amor entre una prostituta alemana y un yonqui norteamericano), pero pese a todo, hay algo en la atmósfera de la música, algo que quizás transmite el clima de esa ciudad que no deja de conmoverme. Unos pocos años después Berlín se iba a convertir en fuente de inspiración de varios de los mejores álbumes de David Bowie, como Héroes, ese sí pequeña obra maestra del pop. Y así, mutantis mutantis, pienso ya no en Berlín sino en Frankfurt, donde, a riesgo de ser inmodesto, debo confesar que estuve hace sólo algunas semanas (invitado al Salón del Automóvil). El predio ferial es inmenso (varias veces más grande que nuestra Rural) con un patio al aire libre (especie de largo playón) en el que se venden baratijas y comidas de todo tipo. En un puestito algo lateral –donde no hay mucha cola– el primer día comí unas levemente toxicas salchichas alemanas con papas fritas, sazonadas por una salsa roja y otra blanca, de composición incierta, todo por dos euros con cincuenta. Es uno de los platos más exquisitos que comí en años. Repetí el menú al día siguiente, siempre agradecido por la ausencia de cola. El tercer día, mientras relamiéndome me acercaba al puesto en cuestión, veo un verdadero gentío. Me acerqué sigilosamente, y entonces percibí que había cámaras de televisión, reflectores, y curiosos de todo tipo: Anthony Bourdain estaba grabando uno de sus programas. El de Bourdain es uno de mis shows de TV favoritos. Viejo chef neoyorquino, desde hace años mantiene un programa (además de haber publicado varios libros) sobre comida. Viaja por el mundo (fue a Cuba –lo que le causó problemas con su audiencia–, al Kurdistán turco, etc., etc.) mostrando lo que se come en esos lugares. Por lo general suele ir a sitios de baja estofa (¡Como el de mis salchichas!), a comer en casas de familia, a mercados de verduras y carnes, muy de vez en cuando a restaurantes caros. En Buenos Aires grabó en un puesto de choris frente a la cancha de San Lorenzo, en la entrada a la villa. Tiene humor, es muy irónico, aspira a ser dandi, tiene la mente abierta (retoma lo mejor de la tradición neoyorquina). Y sobre todo, funciona bajo un mito por demás interesante: el de la comida como último refugio de la identidad. Mientras que la globalización vuelve todo homogéneo, todo igual en todas partes, Bourdain muestra los platos, las preparaciones, los ingredientes de cada rincón del mundo como algo único, irrepetible, especial. Como una especie de “cosmopolitismo de los de abajo”, siguiendo la bella fórmula de K.A. Appiah, en Cosmopolitismo, editado hace un tiempo por Katz Editora.