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sábado 24 noviembre, 2018

Saldando deudas

No había por qué terminar así el Festival de Mar del Plata: ni los premiados pudieron hablar ni los motivos de los jurados fueron leídos.

por Rafael Spregelburd

Festival de Cine de Mar del Plata. Foto: @MDQFilmFest

No había por qué terminar así el Festival de Mar del Plata: ni los premiados pudieron hablar ni los motivos de los jurados fueron leídos. Sin palabras, la ceremonia se convirtió en una mera carrera de caballos, un concurso de tetas, unas cifras para archivar.

Como jurado de las óperas primas locales (premiadas por la asociación de directores PCI, junto a Daniela Goggi y Celina Murga) me siento vulnerado, tanto como cualquiera que haya puesto garra y sudor en hacer su primera película. Compitieron siete, todas ellas con cualidades extraordinarias, así que me gustaría usar unas palabras para el ínfimo acto de reparación simbólica. Nombrar las cosas también hace que ocurran.

A Martín se le mueren las cabras de manera inexplicable. O no: cuando la tierra y el cielo se separaron, dejando atrapados allá a los ancestros y aquí a los hombres peleando con la burocracia y la inclemencia, el único punto de contacto fue un árbol chamuscado que unía ambos mundos. El árbol negro está íntegramente rodada en lengua qom, con un cuidadoso subrayado sonoro que hace de las palabras la misma música intangible que presagia el peligro y el falso progreso. La fórmula de este mundo escondido es tristemente beckettiana: es la espera de las comunidades, en asamblea al borde de la ruta, vigiladas por la policía, tratando de que algún funcionario venga a explicar cuándo ocurrirá la reparación histórica a la que el Estado argentino se comprometió al asumir la existencia de naciones y pueblos dentro de sus fronteras.

Con igual espíritu documental (esta categoría es confusa y poco aporta), en Construcciones la cámara revela la intimidad de un niño con su padre obrero, un empleado que cuida edificios vacíos. Es una relación de amor incondicional con pocas palabras y algunos porrazos. Una familia con una composición jeroglífica, un enigma de relaciones en las que la cámara entra sin explicar nada.

El hijo del cazador es un film extraordinario y polémico y acompaña a Luis Quijano, el hijo del torturador y represor de idéntico nombre, en su derrotero por la denuncia contra su padre. Una infancia mutilada, un dolor sin rumbo, una retórica aterradora. De su amor por los animales o por Bielorrusia, hasta el intacto desprecio por su madre y su familia (que se opusieron a su delación), la película se adentra en el propio infierno sin reparar en daños.

Un matrimonio que se desarma en imperioso, doliente silencio hace de La cama una película intimista hasta la provocación. Desnudos, devastados, víctimas del tiempo, el calor y la incertidumbre de un futuro corto y feroz, él y ella intentan embalar las cosas, bajar los muebles para la mudanza y –entre tanto adiós– coger por última vez. Como se pueda. Coger para ser. Ser para despedirse. Una ópera prima que no lo parece, dada la entrega incondicional de todos los que se han ganado más de un mérito.

También con ternura y crueldad ficcional, Yo niña se centra en el punto de vista de Armonía, hija de hippies en el sur, criada en una pureza de ideologías que parece conducir de la empatía a la demencia, pero sin abandonar nunca la escala estrictamente humana.

Algo de esa crueldad que tiene a los niños como víctimas es llevado en El día que resistía al paroxismo. Si no fuera por la noticia real de unos hermanitos abandonados que intentaron criarse solos, uno diría que hay algo gótico y fantástico en el film. Pero su trazo férreo y aterrador exprime belleza de las piedras; Hansel y Gretel finalmente liberados de la casa de chocolate y el colorín colorado.

Para la guerra no es ni un documental ni todo lo contrario: persigue a Andrés Rodríguez Rodríguez, un soldado internacionalista cubano, por un cotidiano en el que, al faltar la guerra, falta todo. Ejercicios militares, rutinas de camuflaje, llamadas estériles para ubicar a sus camaradas de lucha en Nicaragua, videos extraplanetarios de desfiles militares: todo es posible, todo es raro, todo es nostálgico y el cine puede mostrar –como es debido– que vemos al mundo apenas con el gusto que nos ha elegido Netflix.

Es una pena que las películas deben competir unas con otras en vez de sumarse en un único golpe certero al silencio, a la censura y a la idiotez.


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