COLUMNISTAS
el gobernador surfeo ataques y respira

Scioli, en leve ascenso

El ex motonauta logró su resurrección, pero nadie sabe hasta dónde llegará. Los enigmas: Massa, Duhalde y la inseguridad.

Robertogarcia150
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Hace veinte días, Daniel Scioli rogaba, se cohibía o arañaba paredes con un solo propósito: obtener la venia oficial para volver a presentarse como sucesor de sí mismo, o sea gobernador bonaerense. Su angustia provenía de la frialdad torva que le transmitía Néstor Kirchner, quien dejaba transitar especies que le reservaban el segundo término en la fórmula presidencial en 2011 (la repetición de uno de los períodos más dolorosos de su vida), una postulación senatorial por Buenos Aires, o competir contra el propio santacruceño en la interna del PJ (y desaparecer luego de esa contienda) y hasta el traslado al distrito porteño para enfrentar al macrismo. Eran alternativas que lo enajenaban. Sin embargo, por esos contrastes térmicos de la política, hoy Scioli recuperó en apariencia garantías para el sueño de repetirse en el cargo y, por si no fuera suficiente la remisión de su fragilidad, ahora hasta juguetea con la posibilidad de ser candidato presidencial (habla y alude a una metafísica del azar, determinista, casi del decálogo menemista: “Todo llega si tiene que llegar”). Un milagro su resurrección, como la de los 33 mineros. Parte de la volubilidad argentina, al menos de cierto sector, el mismo que hace veinte días reemplazaba a Néstor por Cristina para 2011.

Dicen también que el gobernador pudo lograr, por medio de un elixir, cambiar inclusive la personalidad de Kirchner luego de un encuentro de una hora; le hizo reducir el tono de voz y que le copiara hábitos pacíficos, tiernos, respetuosos.

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Si este fenómeno transformador continúa, se vendría a probar –según la insistencia creyente del chileno Piñera por los trabajadores desenterrados en su país– que Dios existe. Y no sólo del otro lado de la cordillera.

Tanto se modificó el cuadro que, hace veinte días, se comentaba medrosamente que el ministro Camaño había conducido el auto que llevó a una reunión clandestina a Eduardo Duhalde y a Scioli, sin olvidar que después Duhalde privilegiaría al gobernador declarándolo como lo que no es, un candidato presidencial del peronismo (¿disidente, federal, oficial?), propuesta que incluye como segundo al cordobés Schiaretti. Ahora ya nadie se alarma cuando se rumorea una entrevista de Duhalde y Scioli en las últimas horas, en el campo de Antonio Arcuri –la silenciosa mano derecha del ex mandatario argentino–; menos, de la fotografía que sonrientes ambos se concedieron en Mar del Plata. Más, en ese esquema, hasta se vuelve casi verosímil que el intendente Massa, quien visita con frecuencia y sin esposa a Scioli en su costera casa La Ñata, podría presentarse como aspirante a la gobernación, acompañando al ex motonauta –aunque todavía consume el vicio deportivo de la lancha, a menor velocidad, algunos fines de semana entre el Tigre y Carmelo– en su novedosa pretensión presidencial, aunque Massita quizá se reserve para jugar en la interna del PJ como rival de Kirchner, si es que ésta llega a ocurrir.

Esta formidable evolución política enorgullece a Scioli: está en los medios desde hace casi dos meses, con viento a favor, envuelto por el papel de regalo de Mirtha Legrand, el Chaqueño Palavecino, Montaner, los Pimpinela y Nacha Guevara, incluso más allá de la sangrienta violencia que en su distrito multiplican los delincuentes. Ese viento que lo hace flamear desató indignación entre quienes frecuentan a Kirchner, embarcados en la sospecha conspirativa ametrallando al gobernador con cargos de todo tipo, incluyendo la amistad que reúne a Massa con Casal, un ministro de Scioli que se supone afín a las cuestiones de seguridad. Como si los amparara no sólo una relación de años, sino también una comunión en pos de una ley de emergencia que permita al gobierno bonaerense combatir el delito con una eficiencia hasta ahora desconocida. Para algunos críticos, esa habilitación apunta a la contratación directa de materiales de todo tipo, sin licitaciones, utilizando como ejemplo la compra de cámaras en buena parte de la provincia (también de Capital Federal), negocio casi exclusivo de un solo proveedor y con el consentimiento –para decirlo de algún modo– de algunos empresarios del poder bonaerense y de ciertos propietarios de un medio de comunicación. La suspicacia sobre este emprendimiento data de otros tiempos, cuando –según le atribuyen a una quejosa autoridad de la zona de Lanús– se les concedían asistencias desde el Tesoro nacional a las intendencias, siempre y cuando se comprometieran a adquirir este sistema de vigilancia, con la singularidad de que el pago se descontaría de la ayuda sin que ésta pasara por las manos de los intendentes.

La cuestión de la acechante inseguridad anticipa otras operaciones: desde el observatorio que, seguramente por contrato, estudian expertos allegados a León Arslanian, hasta una jibarización de la Policía Bonaerense para darle mayor autoridad en ese plano a los intendentes y a un jefe policial zonal. El sistema, al parecer, ya se substancia en México y no precisamente con éxito.

Volviendo a la política, tanto Scioli como Massita son elementos de escasa confianza en Olivos: les desconfían por no provenir de la militancia peronista. Como si el peronismo no abundara en tránsfugas, numerosos ejemplos de trasvasamientos o de arrepentimientos retrasados. Si hasta cualquier hombre común puede observar la característica de que el Peronismo Federal y la oposición restante, salvo algunos casos –sobre todo de aquellos que nunca aceptaron a Kirchner porque se borraba en los puntos culminantes de la historia, como sus ausencias en la crisis de 2001 (léase los Rodríguez Saá, Barrionuevo o Puerta)–, se nutren con una multitud de personajes que hoy recomiendan oponerse al Gobierno, mientras estos últimos años se ganaron el sueldo con el gobierno: del propio Duhalde que originó la dinastía a Cobos, Reutemann (cada vez más recalcitrante para no salir en la foto con los presidenciables o con Francisco de Narváez), Solá, Redrado, Alberto Fernández, Alberto Iribarne, intendentes y gobernadores. Gente que entiende su destino y lo convierte quizás en un paradero reiterado, como exclusivos discípulos del poder, desde que Juan Perón inició el movimiento. Buena parte de la campaña de Alfonsín, Solanas, De Gennaro y otros apuntará a esta singularidad: son siempre los mismos.