Hace algunos años, Lalo Mir patrocinaba por la radio el proyecto de alambrar Buenos Aires. Creo que también sugería puestos fronterizos y el cobro de peajes. Se trataba, naturalmente, de una humorada: ¿quién podía seriamente suscribir un proyecto semejante? ¿quién hubiera podido firmar sin que se le cayera la cara de vergüenza una solicitud en tal sentido? Los años pasaron. Buenos Aires no fue perimetralmente alambrada, pero los cercos comenzaron a erigirse alrededor de cada plaza y cada espacio verde, uno tras otro.
Las plazas pueden usarse sólo de día, en horario bancario o en horas de oficina. De noche, ningún romántico o enamorado podrá sentarse a mirar cómo el viento mueve las ramas de los árboles. Razones se adujeron: es porque la gente va a las plazas a drogarse, es porque los pobres, los descalificados y los que no tienen nada que perder porque se les ha quitado hasta el derecho de usar la res publica, se instalan a dormir, hacen campamento.
Los cercos y los cepos fueron cayendo sobre nosotros como mazazos de autoritarismo y de vileza, uno tras otro, como percutores amartillados en nuestros paladares.
Esta semana, el intendente de San Isidro, Gustavo Posse (miembro del clan que viene gobernando San Isidro desde hace casi treinta años), dispuso que se levantara un muro de tres metros que separara a los vecinos de La Horqueta (donde se instalaron los nuevos ricos de la plata dulce setentista) de los sanfernandinos de Villa Jardín. La infamia de los políticos que son capaces de arriesgarlo todo, incluso su futuro, para complacer los fantasmas más siniestros de los votantes que, ellos creen, los sostienen, no puede preocuparnos. La Historia se encargará de sellar a fuego el pozo de inmundicia en el que se están hundiendo. Más grave es que haya ciudadanos, personas con derecho a voto, capaces de sostener el ghetto, la prohibición de tránsito, la segregación, el odio y el terror.
Uno tras otro deben ser expuestos en la plaza pública para que podamos saber qué cara tiene el Mal, bajo qué máscara banal se esconde y para que podamos escupir el suelo que han pisado.