Se los ve chochos. Lucen rozagantes. Brillan sus dientes blanqueados y descuellan los pómulos refrescados. Proyectan lo que exhiben. Ponen la cámara o el celular ante ellos mismos para evitar el trámite de pedir la foto a otros. Se la hacen entre ellos, émulos aldeanos de Ellen de Generes, cuya selfie grupal en la noche de los últimos Oscar arrasó en la farándula argentina, siempre lista para copiar lo que percibe como lustroso y eficaz. La otra noche, congregados por Facebook, Cristina y Macri fueron más fotográficos que nunca. Ella, como era previsible, aprovechó la oportunidad para zamparle al ¿cándido? Mauricio el sincericidio del encuentro secreto entre ambos en Olivos, pero tras los fastos protocolares de la red social, ambos se abocaron a la nueva peste nacional, entusiastas y sonrientes. La selfie es una pintoresca muestra de satisfacción con uno mismo. Me fotografío para mirarme y verme. Debo gustarme, y al hacerlo, asumo sin complejos mi narcisismo más primitivo. El espejo no alcanza: para quien se fotografía a sí mismo con sus seres preferidos, el espejo no conserva la imagen. Tienen una alta idea de sí mismos. Se registran como se ven y así es como creen que los verán los demás, convencidos de que gustarán mucho.
En sus ya remotos inicios como primera dama, Cristina tropezó en 2003 fugazmente con el pecado venial de abrir la quinta de Olivos a los fotógrafos de los semanarios farandulescos. Pero nunca más dejó entrar a nadie en su ámbito familiar. No era una mala idea proteger la privacidad presidencial del fisgoneo sofocante de paparazzilandia. Elegiría, empero, otros ámbitos para mostrarse hasta un nivel de saturación nunca visto. Su imagen ha tapizado la Argentina durante estos 11 años. Los políticos locales más prominentes han asumido los rigores de la época con fatalismo infinito. Dejan entrever que mucho no les gusta ese revolcarse sin cesar en las aguas brumosas de la “celebridad”, pero dejan hacer. La notoriedad los pone cachondos y tienen miedo a ser impopulares o ser tachados de inaccesibles. Claro que no empezó ahora, puesto que, como se sabe, ya en los años 80 los políticos iban a la cama con Moria por televisión. Treinta años más tarde, los políticos retienen orines en los estudios de TV hasta que son llamados a compartir “paneles” con un variado zoológico de figuras “mediáticas” que pueblan la programación de los canales. A nadie se le caen los anillos, y así comparten el momento de gloria con mujeres despechadas, divorciados litigiosos y una entera corte de los milagros. La TV argentina ya no contrata periodistas; se autosatisface con bastoneros todoterreno, cuyo tiempo de concentración por tema y personaje rara vez excede los cuarenta segundos. Violaciones, derrumbes, incendios, estafas, hijos no reconocidos, imitadores, gente que baila “por un sueño”, los temas son irrelevantes. Lo único que importa es el ruido, la furia, lo que la Argentina –con su impostada majestuosidad– llama “el escándalo”.
La sociedad argentina parece atravesada por una fiebre de exhibicionismo incontenible. Legiones de modelos, actores y voraces bataclanas muestran todo a todos, todo el tiempo. Millonarios con recursos ya acumulados como para que no pasen penurias varias generaciones de sus herederos posan –dichosos– ante cámaras junto a los vientres embarazados de sus mujeres, o bebés tomando la teta de las recién parturientas.
Es una imaginería consumida con fruición por muchísima gente. La pasión por la “foto”, ese mostrarse sin pausa, es un rasgo grueso del tiempo que vivimos.
Tengo sólo gratitud por los centenares de oyentes que estas últimas dos semanas se agolparon todos los días frente al estudio de Radio Mitre en la Feria del Libro para escuchar en vivo durante dos horas mi programa Esto que pasa. Me intriga, empero, la insistencia de tanta gente en sacarse una foto con ese periodista que parecen estimar tanto. Lo acepto. Vale. Son gestos amorosos, no pueden ser menoscabados. Emocionan. Pero ¿no deberíamos prestar tanta o más atención a las ideas, a lo que se dice, cómo y cuándo se lo dice? No quiero ofender a nadie, pero al cultivar la selfie con tanta devoción, ¿no estaremos mostrando los contornos de nuestra interminable adolescencia?
Para la mexicana Gaby Vargas, “‘yo, yo, yo’ parece ser el mantra de hoy. ¿Nos estaremos volviendo narcisistas en la cultura digital? Tomarse una foto de uno mismo ocasionalmente puede ser algo divertido si no nos lo tomamos en serio. Sin embargo, cuando vemos a personas que se toman fotos cada cinco minutos, en todas las poses y circunstancias posibles, para postearlas en redes sociales y cambiar su perfil a diario, algo nos hace ruido. La popularidad del selfie parece sugerir algo más allá de lo frívolo. ¿Se trata de soledad, inseguridad o vanidad? ¿Te ha tocado ver a mujeres que en un evento social se toman un selfie a manera de espejo? Lo que llama la atención es que no lo hacen fuera de las miradas; al contrario, lo hacen frente a todos”. Visión más dura todavía la del cubano radicado en España Ernesto Hernández Busto: “El selfie consagra la libertad de producir el efecto que uno escoja para proclamar ‘éste soy yo ahora’. Es menos una cuestión de narcisismo que de voluntad de dominio: revela la necesidad de autoproponerse a través del control de la propia imagen”. Secuencia perspicaz: es más dominio que narcisismo, la victoria del despotismo. Me muestro, luego conduzco.
En la Argentina preelectoral de 2014, donde Charlotte Caniggia juega de local, el irresistible magnetismo de las imágenes brillosas y fugaces amenaza con licuar hasta la nada la más básica noción de sustancias y, sobre todo, el compromiso civil de preferir contenidos determinantes a apariencias corticales. Un límite paradojal, sin embargo, termina revelando la inexorable modestia de la condición humana: si la Argentina llegara a caber en una selfie, quienes saldrían en la imagen serían innumerables pobres e incontables indigentes. ¿Quién se saca esa foto?