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Sexualidad y mercado

Cada año se comercializan alrededor de 14 mil nuevas películas pornográficas, o al menos este es uno de los datos oficiales de una industria que no se caracteriza por manejarse dentro de los cánones de la oficialidad.

Tomas150
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Cada año se comercializan alrededor de 14 mil nuevas películas pornográficas, o al menos este es uno de los datos oficiales de una industria que no se caracteriza por manejarse dentro de los cánones de la oficialidad. Según la revista especializada AVN, esto representa un negocio de, como mínimo, 3 billones de dólares al año, algo difícil de igualar. Pero, como casi todo, la pornografía fue modificada de manera radical por la difusión de Internet (cualquiera sabe que la palabra “sexo” y sus derivados son las más buscadas en la web, y que es difícil que eso cambie alguna vez). Con la banda ancha, el tráfico de fotografías y videos hicieron de las revistas para adultos (y hasta de las filmaciones tradicionales) objetos arqueológicos, ya que las cámaras digitales y el intercambio de información convierten a cada habitación en un set, y a cada pareja en potencial protagonista de una película. La costumbre (o la necesidad) de mostrarse siempre estuvo ahí: la diferencia es que hoy esa posibilidad está a un par de clicks de distancia. ¿Cómo afecta todo esto a la industria pornográfica? De distintas maneras. Pero una de las principales consecuencias es la especialización del cine para adultos, con géneros y subgéneros como el altporn, el porno realidad, el amateur (los ideales del punk, el “do it yourself”, aplicado a la pornografía), el documental, o la nouvelle vague porno. Los protagonistas ya no deben necesariamente ser representaciones de ideales hegemónicos: hoy es más redituable que se parezcan a un compañero de trabajo, a un vecino, a cualquier persona que camina por la calle. El altporn, por ejemplo, construye sus fetiches alrededor de mujeres y hombres jóvenes rapados o con rastas, que llevan piercings, tatuajes y zapatillas Converse. Como ya nadie ejerce el monopolio de las imágenes, el mercado (que somos todos) provee, y ni siquiera hace falta salir de casa para acceder a una oferta inabarcable de consumos sexuales.

En este contexto, y siguiendo el camino abierto en la década del 80 por Candida Royalle, Erika Hallquista (conocida como Erika Lust, Suecia, 1977) se convirtió en los últimos años en la directora de cine pornográfico femenino más importante de España. Lust estudió Ciencia Política en la Universidad de Lund, donde se especializó en feminismo, y vive en Barcelona, donde fundó su productora. Hace un tiempo publicó el libro Porno para mujeres, un pequeño éxito de ventas que será editado en Italia, Alemania y los Estados Unidos. Pero: ¿qué es el porno femenino? ¿Puede existir una pornografía feminista? Lust lo explica así: “Queremos que el cine para adultas nos muestre mujeres reales y nos hable de su sexualidad, y no queremos que nos retraten como objetos pasivos o víctimas, sino como sujetos activos, dando placer y recibiéndolo. La pornografía, como toda expresión artística y cultural, tiene un discurso. Y todo aquello que tenga un discurso es susceptible de ser abordado desde una óptica feminista”. Porno para mujeres funciona como un manifiesto, un manual y una pequeña enciclopedia sobre la historia del cine porno y sus más recientes tendencias. Y como la confirmación de que en el sexo, como en el capitalismo, no pueden existir las fronteras.

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