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“Si leyeras que tuve un infarto, no te preocupes, sería la forma de renunciar”

Juan Carlos Fábrega: presidente del Banco Central.
| Cedoc

Dicen que Juan Carlos Fábrega, presidente del Banco Central y garante frente a los mercados de la cordura económica del actual kirchnerismo, en fase de despedida, le dijo a un amigo: “Si leyeras en los diarios que tuve un infarto, no te preocupes, sería la forma de renunciar”.

Ayer fue un día aciago. Mientras se daba a conocer el EMAE –Estimador Mensual de la Actividad Económica– de marzo, que acumulado anticipa el PBI del trimestre y arroja el peor dato desde julio de 2009, cuando la economía sumó dos trimestres consecutivos con caída interanual de la actividad (ver página 20), el jefe de Gabinete tuvo que salir a desmentir –una vez más– los comentarios sobre peleas entre el presidente del Banco Central y el ministro de Economía, Axel Kicillof.

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La tasa de interés que Fábrega sería remiso a bajar, para que el dólar no se vuelva a disparar, sería el emergente del conflicto con Kicillof, quien atribuye la caída de la actividad a las altas tasas de interés. Pero el problema de fondo es otro: la emisión monetaria por el deficiente control del gasto público que realiza Kicillof es lo que obliga a mantener altas las tasas de interés para que el dólar no se dispare y retroalimente la inflación.

Ambos, Fábrega y Kicillof, se echan la culpa entre sí por algo que en el fondo es decisión de la Presidenta (enfriar más o menos la economía), pero prefieren endilgarse responsabilidades mutuamente en lugar de acusar a su jefa porque, al final, los dos compiten por conseguir su aprobación. Un juego de suma cero que terminará con todos perdiendo: Cristina Kirchner, Kicillof y Fábrega.

Pero para Fábrega hay un costo emocional sin retorno. Lo último que querría el presidente del Banco Central, un mendocino de 65 años que generacionalmente podría ser el padre de Kicillof, es cerrar su extensa carrera comenzada en 1969 en el Banco Nación, tras 45 años de prestar exitoso servicio público, eyectado por un terremoto monetario. Por eso, resultaría verosímil una salida a tiempo con un justificativo médico. Aunque ése sea el escenario que nadie desea, comenzando por el propio Fábrega. Pero su destino no está en sus manos, sino en las de Cristina Kirchner: si la Presidenta decidiese emitir y emitir, poco podría hacer el mandatario del Banco Central para impedirlo, aunque su suerte dependiera de eso.

Mientras ya cada vez menos gente confunde su apellido con el de la casa de electrodomésticos Frávega, a Fábrega le quedaría también la posibilidad de trascender a la Presidenta (y obviamente a Kicillof) si la economía llegara sin terremotos a diciembre de 2015 porque, a pesar de que entre sus amigos se encuentran los emblemáticos Lázaro Báez y Oyarbide, su designación fue votada por una amplia mayoría del Senado y cuenta con mandato hasta 2019. O sea, para ser presidente del BCRA durante todo el período presidencial posterior al de Cristina.

Nada es imposible, pero en la Argentina es difícil imaginar esos tiempos. El último presidente del Central que cruzó dos gobiernos no pudo empatizar con el siguiente. Prat-Gay asumió con Duhalde en diciembre de 2002 y concluyó con Néstor Kirchner en septiembre de 2004. El grado de estabilidad de aquellos años era incomparable: Prat-Gay venía a completar el período iniciado en 1999 por Roque Maccarone, tras cuya renuncia, en 2002, asumió Mario Blejer, por entonces vicepresidente del BCRA, quien duró sólo cinco meses y fue sustituido luego por Aldo Pignanelli, quien también duró otros cinco meses. Otros tiempos. Quien casi logra cumplir los seis años al frente del Banco Central, pero fue relevado por Cristina Kirchner a comienzos de 2010, fue Martín Redrado, quien sustituyó a Prat-Gay en 2004.

Tanto Redrado como Prat-Gay hoy son dirigentes de la oposición. Este último acaba de ampliar una denuncia contra el Gobierno por sobrestimar el PBI de 2008, que obligó al pago de US$ 1.500 millones adicionales de deuda externa. En un reportaje de PERFIL realizado a fines de 2007, se le preguntó a Prat-Gay si al subestimar la inflación no se inflaba el PBI, y si lo que buscaba Kirchner no era pagar menos deuda sino mostrar un país y un gobierno mejor, y el ex presidente del Banco Central respondió con otro posicionamiento: “Hoy, el 40% de la deuda está ajustada a la inflación, mientras que los pagos del cupón atados al PBI, por lo menos en el corto plazo, son pequeños. Por cada punto adicional de inflación se tienen 3 mil millones de dólares más, mientras que cada punto adicional de crecimiento cuesta alrededor de 300 millones de dólares, una relación de diez a uno. Cuando se negoció la deuda, hubo muchos abogados de los acreedores preocupados por escribir el prospecto, de manera tal que el Gobierno no pudiera manipular el índice de crecimiento, y se olvidaron de mirar el costado de la inflación, que era mucho más importante”.

¿Será Fábrega un crítico duro del kirchnerismo durante el mandato del próximo presidente? ¿Se opondrá, como lo hacen hoy Prat-Gay y Lousteau, hasta que se compre el 51% de YPF por menor valor proporcional que aquél al que Repsol vendió sus acciones en la Bolsa teniendo la ventaja de que el control valga más que porcentajes minoritarios?

Si hubiera que arriesgar un pronóstico, sería difícil que Fábrega cumpla sus seis años como presidente del BCRA. No sólo será turbulento el año y medio que queda de Cristina Kirchner, sino que también lo será el primer año y medio del próximo presidente. No se baja una inflación del 40% como la actual (y peor si llegara a ser mayor en 2015) sin alguna cirugía que implique dolor para una parte del cuerpo social. Por más inversiones que vengan con el nuevo gobierno, que seguramente vendrán, se precisará un tiempo para ordenar la economía y corregir la acumulación de problemas generados en estos últimos años.

Aunque la política es impredecible: siempre existe la posibilidad de que Fábrega goce de buena salud y presida el Banco Central hasta fines de 2019.