País de metáforas. Eso somos. Apasionados cultores de las palabras, espadachines de la esgrima retórica. Amado Boudou –con su idea de que los periodistas odiados por el Gobierno son como los esclavos judíos que debían limpiar las cámaras de gas luego de las carnicerías nazis– es apenas un sucedáneo.
En las últimas semanas, el poder disparó varios petardos similares. Aníbal Fernández etiquetó de “impresentable” al fiscal de las juntas militares, Julio Strassera. Hebe de Bonafini sentenció a los siete jueces de la Corte Suprema por coimeros y “turros”. Héctor Timerman, melancólicamente autodescripto como “barrabrava”, sostuvo que los parlamentarios chilenos son payasos. Para Cristina de Kirchner, el vicepresidente Julio Cobos es un “okupa”. Así, lo de Boudou no azoró a nadie. Pero su vociferación cloacal trasciende más de lo evidente.
Revela que la incontinencia verbal es una herramienta deliberadamente usada por el poder oficial, una metodología de desarme moral y esmerilamiento psicológico. En cualquier momento, los funcionarios más empinados perpetran el insulto más horripilante.
Ya no es siquiera una cuestión de judíos y nazis, lo que de por sí es gravísimo. Es el vale todo, la demostración de que el poder tiene varios casilleros ocupados por gente resuelta a todo con tal de servir a sus mandantes y a sus apetitos.
Es una continuidad lógica del criterio implantado en sus años de gloria por Alberto Fernández, cuando defendía lenguaje y actos de sus jefes, alegando que en la Argentina había terminado la hipocresía. Tenía razón: Aníbal F; Boudou, Timerman y Bonafini, a los que se agrega el doloroso caso de Estela de Carlotto, no son hipócritas. Responden a ideario oficial: estamos en guerra y no es momento para tibios.
En la sociedad argentina campea una debilidad nefasta por usar nombres y símbolos del nacionalsocialismo alemán del siglo XX como paradigma y sinónimo excluyente del mal.
Es un virus transversal. Afecta a un espectro muy diverso de matices. Elisa Carrió ha comparado al actual matrimonio presidencial con los sanguinarios Ceausescu de Rumania, e incluso con Hitler y Mussolini. Alguien equiparó al ciclo gubernamental 6, 7 ,8 con el jerarca de la propaganda nazi Josef Goebbels, y un semanario publicó una portada con un Kirchner photoshopeado como si fuera el Führer alemán. Enormidades todas que cabalgan, en el mejor de los casos, sobre una banalización pedestre de un fenómeno incomparable. Pero que también se pergeñan desde una ignorancia hiriente.
¿Es Boudou apenas un cajetilla aldeano que se encontró con su destino, pero que patina sobre una corteza cerebral muy endeble y vulgar? Seguramente que no estamos frente a un antisemita culto y refinado, sino ante un oportunista de escasas lecturas y gruesos prejuicios. Es la gente que ha reclutado con fervor este oficialismo desde 2003. Ninguna sorpresa.
En la Argentina resulta muy difícil encontrar comprensión adulta sobre los rasgos singulares e intransferibles de lo que significó la estrategia de la “solución final” adoptada por la Alemania nazi durante los años 40. La semana pasada, caminando por Rosario, encontré unos afiches de activistas sindicales de Sancor, en protesta por el despido de cinco trabajadores. A manera de ilustración, pusieron la cruz gamada nazi junto al logotipo de la cooperativa lechera.
Gravísimo e imperdonable es que estos agravios hayan salido de la boca de un ministro de la Nación. Penoso y muy deprimente es que la dirigencia judía (AMIA y DAIA) lo haya indultado con liviandad.
¿Cuestiones menores? Son asuntos superlativos. Estos escupitajos verbales contribuyen decisivamente a la presente anormalidad argentina, un país gobernado desde una rabia descalificatoria sin precedentes, particularmente notoria en la conducción oficial que, lejos de derramar concordia, alimenta la hoguera de la acritud serial.
Hacen gárgaras justificatorias quienes subestiman estos temas, alegando que son meras tonterías irrelevantes. Un conocido relator de fútbol devaluó, por ejemplo, la gravedad de las obscenidades de Boudou, barruntando que “siempre uno trata de poner en un lugar diferente a la persona para agredirla mejor”. O sea, todo bien, nada censurable: si un redactor periodístico complica al poder, se lo “atiende” calificándolo de limpiador de cámaras de gas. Cambio y fuera.
Sus desmesuras revelan que el actual poder criollo trabaja sin códigos, prejuicios, ni restricciones morales. Amado Boudou es un sujeto equipado conceptualmente con el más arquetípico arsenal autoritario. Defiende a sus jefes con el lenguaje del Proceso de los años setenta. Se queja de una “campaña anti argentina” en el exterior. ¿No decía lo mismo el entonces almirante Emilio Massera en 1978? Sólo falta que Boudou arme un Centro Piloto en París para contrarrestar la “campaña anti argentina” Más truculento aún: ha sido invitado a presentarse en las “aulas” de las Madres de Plaza de Mayo.
Quienes piensan que estas preocupaciones son superficiales y reveladoras de una pedestre sensibilidad por formalidades, tal vez deberían tomar nota de un hecho recogido por todos los diarios el miércoles pasado. Según Crónica, “un hombre atacó a un médico que se presentó en su vivienda y le notificó el fallecimiento de un familiar, en el barrio porteño de Villa Crespo, causándole la fractura de una vértebra de la espalda. Así lo informó el director del SAME, Alberto Crescenti, quien explicó que el hecho sucedió el sábado último, cuando un profesional del Hospital Durán concurrió a la casa, ubicada en Gurruchaga 556, luego de un llamado de emergencia. El médico constató que el paciente, de 91 años, había fallecido, lo que motivó un ataque de ira del familiar que había solicitado la ambulancia al 107. El hombre buscó un fierro y empezó a golpear al médico, de 43 años, quien terminó internado con la fractura de una vértebra de la espalda, según relató Crescenti”.
En el país de las metáforas “inadecuadas”, el fuego danza junto a la nafta. La Argentina decidió vivir “sin hipocresías”.