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COLUMNISTAS / Apuntes en viaje
sábado 13 abril, 2019

Taxistas y deudores

Algunos turistas se admiraban de la cultura general de los taxistas, sin percibir ahí un síntoma de que algo estaba fuera de lugar. Los tiempos cambiaron.

Oliverio Coelho

Taxistas. Algunos turistas se admiraban de la cultura general de los taxistas, sin percibir ahí un síntoma de que algo estaba fuera de lugar. Foto: Marta Toledo

De viaje no recuerdo haber tomado muchos taxis. Casi siempre lograba evitar ese gasto exorbitante, o porque era joven y disfrutaba de cargar mi mochila a lo largo de una ciudad después de salir desorientado de una estación, o porque los lugares a los que arribaba tenían buen transporte público y el taxi era un asunto de ricos.

Una vez en Londres, en los 90, para mudarme de un barrio a otro de noche, cargué mis cosas en uno de los antiguos taxis LTI, que parecían conducidos por mayordomos de la realeza. En Nueva York, a altas horas, un día no tuve más opción que tomar un taxi para cruzar de Manhattan a Queens y todavía recuerdo con dolor el precio. Aquel taxi, en el año 2000, a diferencia del londinense, estaba conducido por un inmigrante pakistaní. Un vidrio blindado separaba al conductor del pasajero y era imposible el intercambio de palabras. Algo que vi replicado años después en Montevideo. En Ciudad de México llegué a viajar más de una vez en los extintos VW Escarabajo, que tenían tarifas moderadas, como en Buenos Aires, y a menudo no tenían papeles, ni asiento delantero, ni taxímetro ni mantenimiento alguno. El viaje en uno de esos Vochos blancos y verdes era toda una aventura, parecida a la de viajar en un karting fuera de control conducido por un zombie en medio de una ciudad abarrotada. En La Habana, donde los taxis en realidad eran enormes autos de colección de los 50 que hacían las veces de colectivo, la sensación de viajar era la opuesta: confort y lentitud en una ciudad descongestionada, que tenía tantos autos como en la década del 50.  

En el preámbulo de la crisis de 2001 recuerdo que en Buenos Aires el taxi era la última salida laboral para los profesionales que perdían el empleo y tenían que mantener una familia. Se formaban en la calle filas de autos negros vacíos que se balanceaban suavemente, como hormigas. En cada viaje, uno hablaba con choferes con título universitario que no encontraban oportunidades o habían sido despedidos y referían la ingratitud del oficio: infinidad de horas a bordo, robos, precarización. Algunos turistas se admiraban de la cultura general de los taxistas, sin percibir ahí un síntoma de que algo estaba fuera de lugar. Los tiempos cambiaron, pero la coyuntura es la misma, solo que esos desempleados con título universitario hoy transitan la ciudad en Uber, sin formar filas en avenidas y sin exponerse a robos.

Todo lo cínico y negligente que puede ser un gobierno lo fue el PRO en estos últimos tres años. Sin analizar el endeudamiento infinito, desmanteló todos los medios de producción, duplicó la pobreza y el desempleo en tiempo récord, y sobre todo liquidó anímicamente a la mayor parte de la clase media, transformándola en un grupo de riesgo: despedidos que deambulan en busca de trabajo y que, en tanto, sobreviven con changas en Uber, o empleados que solo esperan la guillotina del patrón ante el ajuste de cada mes. Menem lo hizo en ocho años. Macri en tres años ejecutó su genocidio laboral, cultural y social, empezando por los grupos más vulnerables –incluidos los discapacitados, sadismo que no se le ha visto a ningún gobierno–. Que Macri todavía tenga posibilidades en las urnas no deja de ser un hecho fantástico.


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