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Temas varios

Sobre -o de- Borges hay dos cosas evidentes que faltan. Por un lado, una buena biografía.

Es extraordinario el reciente artículo, en Clarín, de Matías Serra Bradford sobre la edición desastrosa de las obras completas de Borges en Alfaguara, división del grupo trasnacional Penguin-Random House. Si no me creen, búsquenla en Internet y verán. Sobre –o de– Borges hay dos cosas evidentes que faltan. Por un lado, una buena biografía, profunda, documentada, exhaustiva. Por supuesto que falta porque, durante años y años, quien se metiera en ese terreno era susceptible de recibir una demanda judicial de María Kodama, lo que debe haber desanimado a más de uno, sumado a la falta de recursos e ideas de buena parte del mercado editorial local, que no está en condiciones económicas o intelectuales de solventar un proyecto así (hay, en cambio, buenos libros biográficos sobre Borges, pero que tocan un aspecto puntual, una sola nota, como el clásico Borges a contraluz, de Estela Canto, o Borges va al cine, de Gonzalo Aguilar y Emiliano Jelice). Y del otro lado, falta una buena edición anotada, una edición crítica de la obra de Borges, hecho que se debe, obviamente, a la falta de interés de Kodama y ahora de los nuevos albaceas por que algo así exista, y, al mismo tiempo, por la precariedad intelectual con que Alfaguara/Penguin-Random House edita a Borges.

Dicho esto, pasemos al tema de la columna de hoy. Pero, ¿cuál era el tema? No me acuerdo… Pero, qué importa…¡Un tema, todos los temas! De eso se trata la literatura. Pocas cosas me deprimen más que el auge, ya hace décadas, de las “novelas temáticas”, esa literatura de calidad (¿estaré escribiendo esta frase con ironía?) que viene con el manual de instrucciones (como los prospectos de los remedios) sobre cómo debe ser leída y qué temas trata. Recuerdo ahora una frase de André Breton: “Un autor debe enterarse de qué trata su libro una vez después de haberlo escrito”. No obstante, como todavía me quedan la friolera de 1400 caracteres con espacios para terminar esta columna, decidí volver sobre el grupo de poetas mexicanos nucleados en torno a la revista Los Contemporáneos, sin dudas de lo más interesante que dio la poesía en español en el siglo XX. Pero no tanto sobre esos poetas (Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Carlos Pellicer, entre los más destacados) sino a la solapada, pero evidente, diferencia entre Guillermo Sheridan y Carlo Monsiváis en torno a ellos. Es ese un diferendo clave para poder pensar la vida literaria mexicana de las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI. En Los contemporáneos ayer, ensayo de una precisión y sofisticación intelectual mayúscula, Sheridan describe a los más interesantes del grupo como antecedentes de la “Generación de Taller”, la generación siguiente, encabezada por Octavio Paz (dato que nace del propio Paz en su Xavier Villaurrutia en persona y en obra). Por supuesto, es un Paz superador de los errores de la generación anterior, que retoma lo mejor de Los Contemporáneos (erudición, cosmopolitismo). Del otro lado, Carlos Monsiváis los lee (en especial a Novo, el poeta y cronista que despierta mayormente su atención) dándole un lugar secundario a Paz. A Monsiváis le interesa Novo en términos de disidencia sexual y cultural, y se piensa a sí mismo en la herencia de esa tradición. Dos caminos se abren aquí en la literatura mexicana, así hasta hoy.