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errores de diagnostico

Tensión vs. inflación

Cuando uno de nosotros siente alguna dolencia física concurre al médico para que realice el diagnóstico sobre ese problema. Una vez hecho el diagnóstico, el facultativo determinará los remedios necesarios para atacar la enfermedad.

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Cuando uno de nosotros siente alguna dolencia física concurre al médico para que realice el diagnóstico sobre ese problema. Una vez hecho el diagnóstico, el facultativo determinará los remedios necesarios para atacar la enfermedad. El paciente reconoce la enfermedad y, por lo tanto, tratará la misma con los mejores instrumentos que el médico le indique.
¿Qué tiene que ver ésto con economía? Las declaraciones de días atrás del ministro de Economía, Amado Boudou, quien sostuvo: “todo país que tiene crecimiento puede tener alguna tensión en los precios y esto no necesariamente es inflación; nosotros no podemos caer en la receta histórica de la Argentina que es: ‘bueno, guarda que viene la inflación, entonces vamos a ajustar la economía, vamos a bajar los salarios, vamos a bajar el presupuesto, bajar las jubilaciones’ y terminamos en un pozo de depresión”. Esa sentencia tiene dos condiciones: no es un diagnóstico (y si lo es está equivocado) y los instrumentos mencionados no son los mejores.
No hay autoridad alguna del Gobierno que haya declarado estar enfrentando un problema inflacionario, por lo cual no se está reconociendo la enfermedad. Centran las autoridades el análisis a nivel microeconómico, esto es, que en ciertos sectores se enfrentan faltantes de oferta, por lo que los precios de los productos de esos sectores suben. O sea, para las autoridades, la inflación (o “tensión de precios”) es un problema de faltante de oferta. Dado ese diagnóstico, la estrategia es incentivar la inversión para que desaparezcan esos faltantes, anuncios que hemos escuchado últimamente.

Cualquier libro básico de economía muestra que la inversión es un componente de la demanda. Me explico: los tres componentes del lado de la demanda son consumo (privado y público), inversión (privada y pública) y exportaciones. Si uno “fogonea” el consumo o la inversión en el corto plazo, el resultado será una mayor presión sobre los precios, es decir, un aumento generalizado de los precios (inflación en los libros de texto, y “mayor tensión de precios” en el vocabulario oficial).
Casi todas las medidas oficiales están centradas en superar esos “cuellos de botella”, a excepción de las de la Secretaría de Comercio, que se centran en un control de precios. Ese diagnóstico microeconómico de la “tensión de precios” es erróneo, excepto que se centre en algún mercado, por ejemplo el de carne vacuna.
Luego de varios años de una desastrosa política pecuaria se retrajo la oferta de carne, lo que hizo subir el precio y reducir el consumo por parte de la población. Se requerirán varios años hasta que se recompongan los rodeos y volvamos a tener carne algo más barata que la actual. Esto sí que es microeconómico y el resultado fue un cambio del precio relativo (alza) de la carne respecto del resto de los bienes. Ello no fue inflación, sino un cambo de precios relativos por una única vez.

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Diagnóstico y remedios. El diagnóstico oficial está errado, pues la inflación es un fenómeno macroeconómico. La inflación se define como el aumento sostenido y generalizado del nivel de precios. La inflación es un impuesto que se cobra sobre los billetes que cada uno de los argentinos tenemos en el bolsillo o en cuenta corriente. Es un impuesto no legislado y que no se coparticipa con las provincias, además de ser de fácil recaudación. Es un impuesto que afecta principalmente a los sectores de ingresos fijos (asalariados, jubilados y pensionados), es decir, a los de menores ingresos. Es el impuesto más regresivo que existe, pues recae sobre los sectores de menores recursos.
Si bien el Indice de Precios al Consumidor (IPC) mide el costo de vida para una familia de una canasta fija de productos, puede tomarse el mismo como una medida aproximada de la inflación. El gráfico que acompaña esta nota muestra la inflación anual desde enero del 2005 medida por el IPC que publica el INDEC y otro IPC de fuente privada. El último de estos indicadores nos muestra que el aumento de pecios es “generalizado”, por lo que estamos enfrentando un proceso inflacionario.
A principios de 2005, la tasa de inflación anual rondaba el 7% (¡qué época aquélla!), y no existía diferencia significativa entre los dos índices. A partir de enero de 2007, los dos índices comienzan a diferir significativamente (cuando el INDEC comenzó a ser cuestionado). El IPC del INDEC fue estable desde esa fecha hasta mediados de 2008, mientras el IPC privado era creciente, alcanzando una inflación anual de casi el 23% en agosto de 2008.

De ese momento en adelante, ambos IPC son decrecientes, desde distintos niveles, hasta mediados de 2009. La mínima inflación anual se registra en agosto de 2009 con el 12,5% anual, desde donde los precios comienzan nuevamente a subir de forma que en febrero de 2010 la variación anual es del 19,6% y pasará del 20% cuando se conozcan los datos de marzo. Mientras tanto, para el INDEC la inflación nunca alcanzó el 10% anual desde enero de 2007.
Desde enero de 2005, los precios de la canasta del IPC se han más que duplicado (108%) en “promedio”. ¿Por qué en promedio? Porque el IPC es un índice “promedio” de distintos bienes y servicios. Me explico, si tengo un pie sobre una estufa de cuarzo y el otro sobre una barra de hielo, en “promedio” recibo una temperatura normal, pero un pie se está quemando y el otro congelando. Si tengo todo mi salario dedicado a alimentos, mi gasto aumentó el 27,7% (y si no tuve ajuste salarial cayó 27,7%); si tengo todo el presupuesto dedicado a vivienda (y vivo del aire) los precios tan sólo subieron 8,5% el último año.

El cuadro adjunto muestra la variación anual de precios a febrero de 2001, donde el promedio está dado por el nivel general.
¿Le parece que 20% de variación anual de precios es “tensión” de precios? No suena bien ese argumento.
Además, la inflación se está acelerando en los últimos meses. La variación del primer bimestre del presente año anualizada indicaría una inflación del 34% anual (sin mencionar alimentos, que anualizada, en el primer bimestre supera el 80% anual), lo que nos ubica siete veces por encima de la inflación de un consunto de países de Latinoamérica.
También los instrumentos expuestos por el ministro son incorrectos (reducción de salarios, jubilaciones, presupuesto), pues lo que se necesitaría para detener esta espiral inflacionaria es una desaceleración de la tasa de crecimiento del gasto público y el consumo privado (no reducción) a través de políticas fiscales y monetarias consistentes.
Pero las autoridades han dicho más de una vez que esa no es una opción dentro de sus políticas (“no haremos ajuste alguno”), por lo tanto, la estrategia mostrada es la de maximizar el nivel de actividad, sin importar las consecuencias de mediano y largo plazo. Si ésa es la política a seguir no me cabe duda de que el resultado será una reducción en el consumo privado (resultado del fuerte aumento de precios esperado) y de la inversión privada, por lo cual harán el “ajuste” que declaman que nunca harán. Por supuesto, en forma muy desordenada.
Por el bien de la sociedad, sería bueno que hicieran el diagnóstico verdadero y buscaran los remedios adecuados, si no el enfermo estará peor en los próximos meses.