COLUMNISTAS

Tic, tic, qué buenos somos

Todavía nos sentimos víctimas de la ceguera de un mundo insensato que insiste en ningunearnos pese a que somos notoriamente geniales.

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“La soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae de donde subió”
Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)

Todavía nos sentimos víctimas de la ceguera de un mundo insensato que insiste en ningunearnos pese a que somos notoriamente geniales. Así, los argentinos vivimos nuestra extraña historia impulsados por esa visión conspirativa de la vida. ¿Con qué podrían pararnos, si no? Mucho, hace falta. Tenebrosas confabulaciones, maniobras subterráneas, campañas sucias, planes diabólicos, traidores, todo eso y más para sostener la infame injusticia que nos posterga y se aprovecha de nuestros talentos. Algunos pueblos son nacionalistas como defensa o como síntoma de inseguridad; otros, para consolidar su enorme poder. Nosotros apenas somos vanidosos, jamás llegamos a conformar una identidad basada en el concepto de Nación. Sufrimos, eso sí, espasmódicos ataques de orgullo gracias al rito del deporte. Nuestras camisetas tienen los colores patrios y disfrutamos del insólito status de Potencia Mundial gracias a nuestra competitividad. Entonces sí nos sentimos un Gran País, unido y con sponsors oficiales, tras un objetivo común: ganar. El lío se arma después si no mojamos.
Alfio Basile es un arquetipo perfecto del argentino con poder. Tiene en sus manos, más allá de negocios y millones, un delicado tesoro capaz de influir en el humor de la opinión pública, nada menos. El fútbol, señores, es algo muy importante en un país con una profunda crisis de representatividad. El Coco se sabe poderoso y, por eso mismo, en peligro. Este no es un país cómodo para ejercer el poder. La Argentina es voraz, lo fagocita todo. Se come a los buenos, a los malos, a los fuertes, a los timoratos y, especialmente, a los intocables. Aquí nadie está a salvo. Los enemigos y los traidores abundan. El argentino con poder los ve hasta en la sopa, por eso actúa como un energúmeno. Y se hace dueño del Estado, por ejemplo. Como Luis XIV. Como tantos gobernadores nativos en sus pequeños feudos; o en la Nación, cuando llegan.
“Al enemigo ni justicia”, aconsejaba con un guiño un Perón viejito y canchero frente a la cámara. Así es el juego, todavía. Ellos y nosotros. La historia del deporte, tan brutal pero más naif, está llena de esas peleas a muerte: líricos versus resultadistas, poetas contra burócratas, y así. Basile es un sobreviviente de la vieja bohemia tanguera del café hasta la madrugada con mucha noche y códigos de fierro, que prefiere dividir al mundo en dos: blanco o negro, ellos o nosotros. Una filosofía cómoda. La reducción evita molestas contradicciones, elude la dialéctica, la confrontación de ideas. Para Basile, se está con él o en su contra, se lo apoya o se confabula para voltearlo. Por eso acusa a los que simpatizan con su antítesis, Marcelo Bielsa, un teórico que prioriza el sistema a la inspiración ocasional. Basile no, claro. El individualismo, esa bandera argentina, es intocable para él. Por eso es “Riquelme y diez más”. La imposición del líder, del talento que sintetiza nuestro geist, rodeado de otros solistas elegidos como en la pisadita del potrero. Nada de jactancias intelectuales como aquella de Bilardo en México que, para potenciar con un sistema al genial Maradona, dejó afuera a Bochini y a Borghi, nada menos. Es así y al que no le guste, que se cruce de vereda. No hay término medio para este dogma básico, previsible, tan frágil.
El mundo, hundido en su necedad, sigue sin valorar la excepcionalidad de Riquelme, todavía colgado en el modesto Villarreal. Ellos desdeñan la figura del enganche, prefieren los doble pivote, mediapuntas verticales, extremos. No saben como nosotros, tic, tic, toque y toque, para acá, para allá, ah, ¡qué buenos que somos! Rústicos, prefieren puntas como Carew, aquel enorme noruego parecido a Palermo que nos ganó él solito un partido porque resultó imposible de marcar. Riquelme, es obvio reconocerlo, le pega como los dioses y es muy inteligente; acá le sobra, allá hum... Bielsa y gran parte de los técnicos europeos creen que frena a los equipos. No se nota en Argentina porque el equipo ya juega lento, regula, llega poco y ha hecho diferencia con pelotas paradas o zapatazos de lejos. Choca arriba, a pesar sumar al velocísimo y virtuoso Messi con el esforzado Carlitos Tevez. Germán Denis, un 9 genuino aunque todavía de cabotaje, provocó más emoción en apenas 10 minutos que el equipo en casi dos partidos. Saludos a Crespo.
Estoy feliz de que Argentina haya ganado tan de taquito. Es mejor afirmar, en estas circunstancias y no en otras, que Basile –al que siempre adoré, soy de Racing– está más paranoico que soberbio e insiste con una idea fuera de tiempo; que Riquelme juega como vive, en profundo estado de melancolía; y que el equipo aburrió hasta lo intolerable. No usaré el recurso fácil de la comparación con Brasil, que dormía y en un ratito se despertó y goleó con baile a Ecuador. No me los banco, disculpen ustedes el exabrupto.
Espero que estas reflexiones no me conviertan en enemigo mortal de nadie. Sería extraño. Tendría que averiguar más sobre esta guerrita trasnochada, muchachos, que de verdad no tengo uniforme, ni estoy seguro de saber quiénes son los míos y mucho menos para qué arco hay que patear.