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Todas las ferias

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Paul Eluard dijo que hay otros mundos pero están en éste. Creo que se refería a la Feria del Libro, cuya edición 40ª terminó el lunes pasado y albergó demasiados mundos como para que se pueda dar cuenta de ellos en un acto de sociología de bolsillo. Por lo pronto, hay dos entradas principales en la feria: una por delante, en Plaza Italia, y otra por detrás, sobre la calle Cerviño, con las enormes diferencias que separan esos territorios signados por el antagonismo de clase. La entrada por Plaza Italia es mayoritaria, tumultuosa, y conduce inicialmente a las dependencias oficiales de la Feria y al monstruoso salón Ocre, poblado por stands de las provincias argentinas, algunas de las cuales tienen una relación con la cultura que se reduce a la música folclórica (qué tiene de malo, diría Teresa Parodi, nuestra flamante ministra) pero se sienten obligadas a gastar el dinero público en un local que nadie visitará. Hay otros stands que nadie visita y que obedecen a razones institucionales o de representación de algún tipo, pero es imposible saber la lógica de cada uno de esos mundos paralelos. Tampoco está muy clara la lógica del stand que permite averiguar qué escritor es el alma gemela de uno, pero ése sí que es muy visitado; más que el de Diego Santilli, que tiene menos lógica aun.
Para los que entran por Cerviño o por el estacionamiento, el camino hacia los libros es más corto y el ataque de agorafobia suele ser menos violento que para los que vienen del otro lado y deben atravesar un horrible y multitudinario pasadizo para acceder a los lugares en los que se hacen compras. La gerenta de una editorial importante me explicó el funcionamiento de la marea humana. Señalaba para ejemplificar el stand de una cadena de librerías armado como un fortín que teme el ataque de los indios: estaba repleto, y sus visitantes parecían estar más conformes allí que en otros lugares más abiertos y de fácil acceso. La explicación de este fenómeno sería doble: por un lado, la gente va a donde está la gente; por el otro, muchas personas se sienten intimidadas en una librería normal a solas con el vendedor, mientras que la masa les ofrece anonimato y protección. Por eso muchos compran libros una vez por año, en la Feria.


Para los consumidores más asiduos, en cambio, el stand más atractivo era el de la distribuidora Waldhuter, donde una familia dedicada y amable vendía los libros importados que la política económica kirchnerista sólo deja entrar con cuentagotas.
La diversidad en temas y tamaños de la oferta recordaba a una librería de otra época: allí pude encontrar desde las enormes Memorias de Casanova (3.500 páginas en dos tomos) hasta el pequeño volumen El arte de Céline y su tiempo de Michel Bounan.
Todavía no tuve tiempo de leer el primero, pero sí el segundo, donde contrariando las opiniones elegantes en Francia y la Argentina, el autor sostiene que Céline era tan nazi como parece y un provocador al servicio del orden capitalista. Es un libro muy divertido. Googleando un poco descubrí que Bounan (1942) es un médico homeópata, que fue amigo de Guy Debord y tiene varios libros donde aplica su método conspirativo a temas como el sida o el terrorismo. No sé si tiene una teoría que explique el éxito de la Feria del Libro. Pero haría falta una.

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