En un mundo globalizado, el Gobierno utiliza el amplio abanico de posibilidades que brindan las comunicaciones utilizando escenarios remotos para enviar mensajes a un público muy selecto: los empresarios. Estrictamente, no se podría hablar de un diálogo, porque ello implica un ejercicio básico en el arduo proceso de comunicar: escuchar.
Recientemente hubo dos montajes mediáticos que ayudaron a proyectar la figura de la candidata oficialista en el ámbito de los negocios. En ambos casos sus ocasionales interlocutores fueron empresarios con fuertes intereses en el país, conocedores desde hace más de una década en algunos casos y cuatro administraciones diferentes para no ser considerados neófitos en la argentología básica.
Quizás el tono del discurso desnuda la concepción que la corriente K tiene del empresario: un mal necesario. Habituado a lidiar con ejecutivos de petroleras y pesqueras durante su largo mandato santacruceño, sin asomarse al corazón del mundo capitalista y enamorado del ejercicio del poder por los hechos consumados y la ostentación de la fuerza del dinero, la relación con el entramado económico no podía ser sino conflictiva.
El país cumplirá, el mes próximo, cinco años continuados de crecimiento del PBI. Un récord en el que hay que remontarse más de 60 años para encontrarlo, ya que ni aún en el paraíso justicialista de la primera hora pudo mantenerse ese ritmo.
Si bien se partía del subsuelo de la producción, lo paradójico es que una vez recuperado muchos niveles de la pre-crisis, se siga prorrogando el estado de emergencia económica. La diferencia no es de percepción sino de consecuencias. Mientras se considere que la situación es precaria, el Poder Ejecutivo sigue teniendo atribuciones para modificar alícuotas de impuestos o redistribuir partidas presupuestarias, por ejemplo. Pero sobre todo para hacer más expeditivo y sin hacer caso al urbanismo político básico, la ejecución de planes y medidas.
La confrontación está impresa en el ADN “pingüino”, una pulseada que entretiene más a los que pocos tienen que perder. Las batallas no se hicieron esperar: uno a uno fueron enfrentándose con Shell, Aguas Argentinas, Coto, las asociaciones agropecuarias, las estaciones de servicio, las compañías de gas y hasta países hermanos como Uruguay y Chile por cuestiones de recursos compartidos.
Finalmente llegó el turno de la aceleración inflacionaria, el dibujo en el INDEC, las instrucciones detalladas a los generadores, distribuidores y hasta grandes consumidores de energía para desembocar en el prólogo eleccionario y un gran interrogante que este tiempo de desencuentro pudieron forjar.
Hoy los empresarios se sienten espectadores de las pugnas políticas internas por el control del área económica en el que consideran será el próximo gobierno. La certeza de Cristina contrasta con la incertidumbre de la magnitud y el sentido del cambio, lo que realmente piden en foros privados y, ahora también, en ámbitos semipúblicos. Esta semana habrá un globo de ensayo de esta nueva relación: ya llegó a los principales escritorios directivos una invitación oficial para un encuentro con aristas aún sin definir pero que marcarían un primer paso en recomponer una relación, hasta ahora más unida por el temor que por la pasión.
Y también una oportunidad paradójica: luego del destrato recibido y hasta ostentado, cualquier interlocutor que simplemente les preste la oreja y entienda razones habrá ganado la primer batalla. Hasta ahora, la candidata y el Presidente han elegido el control y la seguridad que da la distancia, la CNN o El País, a medios locales más incisivos y la seducción de eventuales inversores que las angustias reales de los que ya están.
Justo en el momento en que las restricciones energéticas, la evaporación del colchón fiscal y las turbulencias financieras internacionales precisan frentes internos más apaciguados y un flujo contante y sonante de inversiones.
Torazo en rodeo ajeno
En un mundo globalizado, el Gobierno utiliza el amplio abanico de posibilidades que brindan las comunicaciones utilizando escenarios remotos para enviar mensajes a un público muy selecto: los empresarios.