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Ucrania, equilibrios; Londres, obsesión

Las paradojas y contradicciones, que llegan hasta el espacio y que se ocultan tras las sanciones que Estados Unidos y la UE aplican a Rusia por Ucrania. Y el nuevo buque polar británico, símbolo de una idea fija.

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Estación Espacial Internacional (EEI), 8 de mayo, 2014. A bordo de la Liberty que, a 27.600 km por hora y 400 km de altura, cumple su 15ª órbita diaria alrededor del planeta, Mijaíl Tywin (ruso) y Steve Swanson (norteamericano), ingenieros de vuelo, comentan con perplejidad las noticias que llegan de la Tierra.

Se preguntan qué ocurrirá hasta el 28 de mayo, fecha de la llegada de la cosmonave Soyuz 39, lanzada desde el cosmódromo de Baikonur (Kazajistán), con la tripulación de recambio de seis astronautas. La llegada ocurrirá tres días después de las elecciones previstas en la cercana y a la vez remota Ucrania, cuyo contorno jurisdiccional dificultosamente sobreimprimen en sus pupilas cuando –en algunas circunvalaciones del planeta (cada noventa minutos)– pasan por sobre ese territorio.

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La llegada de la Soyuz (unión en ruso) rubrica dos aspectos de la crisis ucraniana que repican en los cruces entre Washington, Moscú y Bruselas.

El primero: hasta 2017-18, EE.UU. no dispone de otro medio para llevar a sus astronautas a la estación espacial que no sea la Soyuz: los transbordadores Columbia y Atlantis han sido retirados y la nueva nave tripulada diseñada por una compañía privada yanqui no habrá cumplido antes de esa fecha todas las pruebas y certificaciones. Las cargas de material y provisiones ya están llegando en cápsulas robóticas construidas por la misma firma, pero no tripulantes. El 21 de abril de 2014, sobre Egipto y el Río Nilo –a 418 kilómetros de la superficie terrestre–, la cápsula Dragon de la compañía “SpaceX” llegó a la Estación Espacial Internacional (EEI), siendo capturada por el brazo robótico de la estructura, transportando entre otras cosas un sistema para plantar lechuga en la estación. La compañía rusa “NPO Energía”, madre de la familia Soyuz, está abocada a una cápsula más tradicional, la Ptknp.

El segundo hecho es que la estación internacional funciona merced a un ajustado y preciso mecanismo de coordinación y cooperación entre las agencia espaciales americana y rusa, pero también de la europea (ESA), la japonesa, la alemana, la canadiense, la alemana, la francesa y la italiana, siendo el astropuerto de Baikonur una pieza maestra de la relojería de precisión cronométrica de la actividad espacial. Complemento de lo antedicho es el valor tecnológico industrial de los experimentos de nanoelectrónica, biología, química, cosmología y astronomía que se realizan a bordo, aprovechando las condiciones únicas de ausencia de gravedad y sus incalculables réditos de todo tipo, incluyendo los económicos.

Mientras no esté certificada la Dragon, la NASA seguirá pagando a Roscosmos (la Agencia Espacial Federal Rusa) US$ 63 millones por cada astronauta norteamericano pasajero de una Soyuz y seguirá dependiendo de Baikonur y de la cooperación de Rusia para continuar cumpliendo con los programas que llevan a cabo sus sabios y técnicos en la EEI.

En la película El día después de mañana (The day after tomorrow), de Roland Emmerich (2004), los tripulantes de la estación espacial contemplan la Tierra y observan la inusual limpidez de la atmósfera, ignorando que el Hemisferio Norte acaba de ingresar en una nueva mini Edad de Hielo. Algunos datos ayudan en la alquimia de un pronóstico incierto (como suelen ser las cosas hasta que se materializan).

Uno es el tema de las sanciones. Hubert Vedrine, ex canciller francés, calificó a las del G7 contra Rusia como “sadomasoquistas”, ya que se las aplicaban a sí mismos; agregamos que la reunión del G20 en Brisbane en noviembre encontrará probablemente dos posiciones diferenciadas sobre la cuestión ucraniana dentro del Grupo: la de los Brics y la del G7 (que ambos conforman).

Angela Merkel ya no está en una posición tan holgada sobre Ucrania, sobre todo después del abrazo público y sonriente –velozmente diseminado por la red y para el mundo–, entre el ex canciller de Alemania Gerhard Schröder y el presidente Putin, en San Petersburgo, en ocasión de celebrar en San Petersburgo una recepción con tutti gli fiocchi para honra del socialdemócrata. “Alrededor de cien invitados, caviar ruso, bellezas rusas y una única concesión al champán francés”. (Rosalía Sánchez).

El dirigente de la oposición ocupaba un altísimo cargo en la multinacional rusa de petróleo y gas. Y como de petróleo y gas también se trata, otro inconveniente que conllevaría un conflicto serio con Rusia es el hecho que Exxon Mobil y Rosneft planean iniciar este año las perforaciones petrolíferas en el Artico, desafío técnico-financiero solamente asumible por jugadores de esa talla.

Lo que es probable que esté siendo analizado estos días en Washington la puesta en acción de una política con Moscú que no se limite a mostrar antipatía por Putin. Y a mirar a Rusia como se la miraba en 1990. Vladimir Putin mismo lo dijo hace poco: “Quienes no extrañan a la URSS no tienen corazón, pero quienes sueñan con restablecerla no tienen cabeza”.

Anatoly Dobrynin, ex embajador de la URSS en EE.UU. en su valioso libro de memorias relata cómo funcionaba el “canal secreto” entre el Kremlin y la Casa Blanca, uno de cuyas terminales era él mismo. Y de la utilidad de ese “canal” durante la “Crisis de los Misiles” con Cuba.

Algo se susurra, algo trascendió y algo se barrunta: el think tank conocido como Trilateral Commission (USA, Rusia, Japón y UE) se reunió en Washington el viernes 25 de abril y algo de lo allí conversado puede haber incluido sugerencias concurrentes de Harry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, dos ex secretarios de Estado norteamericanos que propondrían la “finlandización” de Ucrania, haciéndola neutral después de las elecciones del 25 de mayo, lo que también excluiría la incorporación a la OTAN. En cambio, permitiría arreglos parciales con la UE y también con la Unión Aduanera Asiática (Rusia, Bielorrusia y Kazajstán). A cambio de la aplicación de esta fórmula, Rusia podría ofrecer “parar la mano” en Transnitria y otras zonas rusófonas. En 1955, la misma fórmula funcionó en el caso de Austria.

Con el fracaso de las negociaciones de paz palestino-israelíes conducidas por el secretario de Estado Kerry como telón de fondo, y sus declaraciones en la reunión de la Trilateral en el sentido que Israel caería en el estatuto de Estado con “apartheid” si no modifica su posición (lo que ha causado rasgaduras de vestimentas varias), alguna interposición de peso deberá acuñarse en los próximos días si no se quiere que en el Cáucaso un escenario de preguerra civil mute en algo más difícil de resolver.

Y bastante más peligroso: el armamento ucraniano es mayormente ruso, Moscú está a minutos de misil de Kiev y el mix de fobia antirrusa prevaleciente en esa capital, sumados a las cabezas nucleares no estratégicas que tenga el gobierno en su arsenal, no son ingredientes útiles para elaborar una solución negociada racional. Pero, ¿cuándo una solución negociada fue exclusivamente racional?

Obama dijo la semana pasada sobre un embargo de armas a Rusia: “Si suspendemos la venta de ciertas armas a Rusia, los vendedores europeos se van a precipitar…”.

Londres, viernes 25 de abril. El ministro de Economía, Osborne, anunció la puesta en gradas de un moderno buque polar, que entraría en servicio en 2019 e incorporaría modernísimos equipos, incluyendo laboratorios, submarinos robóticos, planeadores subacuáticos de prospección y helicópteros.

La nave, que reemplazará al veterano J.C. Ross, es un instrumento de la política británica en el Atlántico Sur. Por si alguien dudase, el ministro del Foreign Office para las regiones polares, míster Mark Simmonds, dijo: “(la decisión) dejará explícitamente en claro nuestro compromiso a largo plazo en mantener nuestra presencia y nuestra excelencia científica en Georgias del Sur, Sándwich del Sur y el Territorio Antártico Británico”.
Nuestras autoridades habrán tomado nota. Nuestros medios hablan con su silencio.

A nosotros nos parece que viene al caso mentar a Stephan Zweig, quien en La lucha por el Polo Sur (Der kampft um der Südpol), incluida en sus Doce miniaturas históricas, afirma: “No solamente compiten por llegar al Polo (Scott y Admundsen), también luchan por plantar primero su bandera (…), comienza una nueva cruzada de todas las razas y todos los pueblos hacia el sagrado lugar del deseo”.