Una ensenada erizada de fábricas, quizás una franja de tierra ganada al río, festoneada por una vegetación sucia y espesa, de casas bajas y de barro amarillento a causa del vertido de sustancias químicas. El agua sigue siendo negra y nauseabunda.” Con esta frase, El peletero, la última novela de Luis Gusmán, describe uno de sus escenarios desolados, a orillas del Riachuelo o del Río de la Plata. El amasijo de barro químico y de aguas sólidas por la mugre fabril y humana es espeso y hediondo, coagulado por barreras plásticas y barcos sumergidos, desechos gelatinosos de varias capas de historia. Gusmán lo capta con la perspectiva poco escandalizada con que observan ese paisaje de basural y viven en él la mayoría de sus personajes. Sin énfasis morales, porque las cosas son así cuando nos acercamos a la costa condenada por una conjunción de miserias. La literatura no es un manual de ecología sino que puede presentar, con mayor poder y sin proponerse el aleccionamiento, lo que en ese manual se denuncia.
El peletero Landa, aunque llega allí desde Barrio Norte, tampoco se detiene en la mugre, porque está impulsado por una obsesión de venganza que comenzó a imaginar el día en que la casualidad, el destino o la organización militante deslizó un folleto de Greenpeace debajo de la puerta de su negocio. Desde ese día, es un animal acorralado por una amenaza de extinción.
Landa, diabético, solitario, paranoico y coherente, a través de ese folleto de Greenpeace entra a un mundo desconocido donde, en primer lugar, podría encontrar explicaciones para la decadencia de su pequeño comercio de pieles, un oficio que, hasta ese momento, había considerado un inamovible legado familiar, no un problema sino un lugar en el mundo. La casualidad (que siempre juega una función importante en las novelas de Gusmán, porque la casualidad es la forma moderna de la fatalidad) le hace conocer a Hueso, quien será su socio en la empresa que Landa imagina: un atentado contra un barco de Greenpeace, que ha tocado su vida para desquiciarla psicológica y económicamente (las pieles no son moda correcta), pudriendo sus seguridades o, más bien, demostrando que no las tenía.
Hueso, un navegante del Riachuelo, un villero florista, un protestante recientemente convertido, el ex marido de la mujer de un pai umbanda, es el acompañante de un plan que el peletero no hubiera imaginado antes de tener entre sus manos el folleto de Greenpeace. Primero escribe una carta y la desecha, luego trata de infiltrarse en la organización para comprenderla; pero, ajeno al estilo cultural de sus manifestaciones, sus puestas en escena y sus activistas, decide el atentado.
Los dos hombres se olisquean para conocerse, se desconfían y se necesitan, se espían, dan vueltas, pero finalmente hacen su pacto. La muerte o asesinato de Hueso, ahogado en el Riachuelo, deja a Landa nuevamente solo, teniendo que arreglarse con algunos socios menos confiables, gente de la que no puede hacerse amigo; es decir, con la que no puede integrar esa pareja moral que formó con un hombre muy diferente pero al que trató de entender por necesidad, por la curiosidad del solitario, y también para estar seguro de que ése era su mejor cómplice.
Hay que decir que la trama de la novela de Gusmán es extraordinariamente clásica: la historia de una venganza fallida, bajo su forma moderna de atentado, planeada por dos hombres cuya amistad está llena de rispideces pero también de sentimentalismo recatado. Gusmán es un escritor que conoce hasta el fondo los materiales con los que trabaja. Ya lo había demostrado, pero en esta novela produce algo así como una síntesis de todos los que han ido apareciendo en su obra: la topografía y el paisaje de los barrios “bajos”, el tono de lo que allí se habla, los modos ásperos, desconfiados pero finalmente leales de algunas relaciones y, en su envés, la sospecha de la traición; las creencias llamadas populares, los maleficios, los muñecos y engendros que pueden transmitir una maldición o una orden, la resignación frente a esos efectos y causas en los cuales se cree porque se conocen los resultados del poder sobrenatural de unos sobre otros.
Pero, si todo esto es cierto, lo que habría que agregar es una insistencia que hace tanto de El peletero como de Villa novelas difíciles, que Gusmán logra escribir. La perspectiva está centrada sobre personajes con quienes es improbable establecer cualquier identificación; son opacos y desconocidos. Landa, el peletero, no toca los límites criminales de Villa ni su pasiva amoralidad, pero está a una distancia nunca completamente franqueable. Abúlico y voluntarista, débil pero firme, condenado por lo que se consideran ideologías políticamente correctas y, sin embargo, comprensible en su impulso vengativo ya que también él es un acorralado, como los animales que se matan para producir los abrigos de piel que tiene en su negocio.
La novela de Gusmán trae noticias de otro mundo. Tramo de la historia de Hueso: “… regresando de otro viaje antes de lo previsto encontró a su mujer y a Romero en su propia cama. Lo que más le llamó la atención fue que los hijos de todos estuviesen jugando o estudiando cerca, en la misma casa o en la vereda. En esa ocasión, Romero había dicho: No hay nada que ocultar al Señor. Y si el Señor no se ofende no hay ninguna razón para que vos te ofendas. Todo tiene que seguir igual ya que vamos a vivir todos juntos”. Y viven todos juntos, y las hijas de Hueso comienzan a transitar por “vidas pasadas” y, después de que Hueso abandona esa casa llevándose a uno sólo de sus hijos, al que ha elegido quizá porque su nombre es Huesito, todavía el pai Romero gobierna una parte de su vida y probablemente su muerte.
El peletero, que llega de otro mundo también condenado, visita a Rosa, la mujer de Hueso, le regala un tapado de piel, cree que algo ha podido entender cuando va a la cárcel a conocer a Romero. Nadie puede estar seguro de que esas cosas se entiendan, tienen algo de azaroso y algo de “extranjero”. El peletero piensa que Rosa atravesó una “especie de trance espiritual” cuando se levantó de la cama, se vistió “delante de su marido y de Romero” para luego “caminar hacia el patio donde estaban los hijos de todos para decirles que ya era hora de comer”. El peletero descubrió en ella una especie de dignidad inconsciente que no pensaba encontrar cuando fue a visitarla. Atravesó un camino, aunque ni él ni los lectores sabemos si es posible entender más allá.
Este efecto de distancia, en una novela que no busca la distancia por otros medios, hace de El peletero una fantasía, una invención, una novela original que, sin embargo, trabaja con tópicos clásicos. Frente a una literatura familiar, sobre la tribu del escritor y sus lectores, la de Gusmán es una literatura sobre los que no leen. Esta novela (como, por otros medios, El trabajo, de Aníbal Jarkowski) busca inflexiones diferentes; los diálogos y la trama se ajustan a una especie de interdicción, como si se dijera: esto les está pasando a otros, a los que no conocen los libros donde estas cosas suceden. Sin enternecimiento populista ni miserabilismo.
Un animal acorralado
La destacada intelectual y crítica literaria inicia, con este artículo, una serie de notas exclusivas sobre narrativa argentina contemporánea que, cada mes, irán apareciendo en las páginas de este suplemento.