“ Hacer con estilo algo aburrido es preferible a hacer algo peligroso sin estilo. Hacer algo peligroso con estilo...es lo que yo llamo Arte”
De “Style”, escrito por Charles Bukowski (1920-1994)
Los españoles vienen de desactivar la potencia alemana con una idea clara, sencilla, modesta si se quiere: tener la pelota, tocarla de primera, hacerla correr y mantener ese tempo in blues, enloquecedor para el pragmático espíritu teutón, hasta que la última estocada proponga la verticalidad de Villa, el goleador. Su éxito, rotundo, sin estridencias ni incomodidades, dejó aún más al desnudo la descomunal carencia conceptual de los jugadores argentinos dirigidos por la Armada Brancaleone maradoniana frente al mismo rival; escupitados a la cancha, arrojados como un dasein heiddegeriano, o más bien como el Tarzán del pensador contemporáneo Héctor Veira: en bolas y a los gritos.
La victoria, muchachos, nunca es del todo imposible con una estrategia que supere el voluntarismo místico y berreta. España fue Nicolino con Fuji; Argentina, Gatica, poniéndole la cara a Ike Williams antes del furioso KO en contra (la anécdota es apócrifa, pero sirve para ilustrar lo hecho, o lo hecho por Maradona). Como dice el catalán: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.
Catalana será esta final, muchachos. España, por Iniesta, Xavi, Cesc, Busquet, Puyol, Piquet y ese espíritu de toque y toque que les fue dado en La Masía, la fábrica de talentos del Barça donde mandan Txiki Begiristain y Pep Guardiola, herederos de holandés Johann Cruyff, genio en la cancha y el banco. Y Holanda, por el espíritu del mismísimo Cruyff, el mejor intérprete de la escuela del fútbol total creada por Rinus Michels, un director técnico innovador que dio cátedra en el Mundial de Alemania de 1974 con jugadores como Krol, Rep o Neeskens, y regresó en la Copa de Europa de 1988, con Rijkaard, Gullit, Van Basten y los hermanos Koeman. ¡Maestros!
Dos países, dos equipos y el mismo respeto reverencial e inalterable a un estilo. Con él, Holanda ha ganado veinte de los últimos veinte partidos oficiales. Y España mantuvo la fidelidad a esa manera de jugar aún después de la derrota inicial contra Suiza. Como decía el bueno de Paul Klee: “El ha encontrado su estilo cuando no puede hacer otra cosa; es decir, no puede hacer otra cosa”. Sea.
Los dos equipos me caen simpáticos. Holanda porque –debo confesarlo con pudor, pese a mi incondicional admiración por Kempes, Fillol y Passarella, tres de los más grandes futbolistas que ha dado este país– en 1978 intenté hinchar por ellos. Entiéndanme: era muy joven, demasiado apasionado para comprender la extraña triangulación emotiva con la masa de la que hablaba Menotti y sabía que si ellos ganaban se negarían a recibir la copa de manos de Videla. Me alegré por el tiro de Resembrik en el palo, pero después no pude gritar los goles de Marito y Bertoni. Espantosos tiempos de plomo y terror.
Johann Cruyff fue un jugador impresionante. Muy flaco, de piernas largas y aspecto frágil, era imparable cuando aceleraba con la pelota en los pies. ¿A quién se parecía? A Enzo Francescoli, por estampa, clase y efectividad; a Bochini, por sus pases entrelíneas; a Zidane, por su capacidad de armar juego. A todos ellos y a ninguno. Porque ese holandés de flequillo rubio era único. El único europeo capaz de situarse –por encima de Michel Platini, claro–, cerca del triángulo de oro: Di Stéfano, Pelé y Maradona. Big words, señores.
Por cierto, la segunda gran generación holandesa me debe una: por culpa de los fichajes de Gullit, Reijkaard y Van Basten para el Milan en 1986, no hubo lugar para mi amado y genial Bichi Borghi. ¡Malditos! Los perdoné sin esfuerzo un par de años más tarde, viéndolos jugar maravillosamente en la Copa de Europa 1988, otra vez guiados por el viejo Rinus. La camada siguiente, en los años 90, trajo a otro de mis preferidos: Patrice Kluivert, un morocho finísimo que, pese a su apabullante promedio de 0,50 goles en el Barcelona, era discutido por frío y poco efectivo. También tengo debilidad por Clarence Seedorf, un jugadorazo que ganó tres Champions con tres equipos diferentes, Ajax, Real Madrid e Inter. Y no me olvido de Bergkam, letal en el área, aterrado en los aviones.
¿Los de hoy? Me encanta Robben, un falso veterano de 26 que es una flecha por la banda, otro acierto del infalible Florentino Pérez que lo echó del Madrid. Y Sneijder, un mediapunta hábil y de físico endeble, una especie de Pablito Aimar a la holandesa, la manija del equipo. Lo rodean Van Persie, mediapunta convertido en punta por necesidad y Kuyt, un extremo goleador. Todos rotan en la ofensiva mientras en el banco espera Huntelaar, un nueve clásico. ¿Y atrás de ellos? En el medio manda Van Bommel, el cuñado del DT Van Marwijk, y atrás, Gio Van Bronckhorst, otro ex Barça.
La Argentina maradoniana fue, digamos, caóticamente existencialista; Holanda es positivista lógica y España, racional. Si la visión barcelonista del cruyffismo es una ética, la ideología madridista, desde Di Stéfano, ha consagrado su estética. “¡…juegas en verso, que sepa el universo, cómo juega el Madrid!”, dice su himno centenario cantado por Plácido Domingo. Sin embargo, esta intención, plasmada con éxito y extranjeros en sus clubes hegemónicos, nunca prendió en su selección, emocionalmente limitada al sostén del mote, “la furia”. Hoy la historia es otra. ¡Hasta Alemania, cuyo himno les erizaba la piel del susto, quedó humillada por su toquecito! Enhorabuena.
¿Qué puede pasar hoy? Mmm… El favorito es España, lo sé, pero ojo con los holandeses. Si no les da lo mismo ganar o perder, no serán fáciles. Los dos buscan tener la pelota como prioridad absoluta, así que habrá dos posibilidades: o viviremos un partido de ida y vuelta, frenético… o un plomazo de retención y pases al costado que nos desconcertará durante más de una hora y nos angustiará en los minutos finales, como en una película de Hitchock.
I wish you here, cantaban los Pink Floyd, ¿no? Y sí, es una pena que no estemos allí, en la final. Pero esta vez no lo merecimos, compatriotas. Como pocas veces antes.