lunes 06 de febrero de 2023
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Un libro para la playa

Por el mismo precio del mamotreto que Bioy Casares le dedicó a Borges, y que tan bien se ha vendido para las fiestas, se consigue un libro más manuable: la flamante edición de Parerga y paralipómena (Tomo I), de Arthur Schopenhauer.

31-12-2006 04:16

Por el mismo precio del mamotreto que Bioy Casares le dedicó a Borges, y que tan bien se ha vendido para las fiestas, se consigue un libro más manuable: la flamante edición de Parerga y paralipómena (Tomo I), de Arthur Schopenhauer. Los trabalenguas del título aluden a lo accesorio y a lo omitido en relación con la obra mayor del filósofo, cuyo centro es El mundo como voluntad y representación. Se trata, entonces, de sus escritos menores, un material de muy fácil lectura, ideal para la playa, mientras se deja para el invierno aquello que no se leerá nunca.
Además, los Parerga se ocupan de temas candentes. Entre los seis tratados que componen el libro, hay uno que resume la historia de la filosofía, tarea de divulgación siempre bienvenida, como lo prueban los fascículos de J.P. Feinmann. Pero también hay otro dedicado a defender la posibilidad de los fenómenos que hoy se denominan paranormales: “Magnetismo animal, curas simpatéticas, magia, visiones de todas clases”, sin olvidar los sueños adivinatorios, la telepatía y la telekinesia, cuestiones que las revistas de venta estival tratan a menudo. Para reemplazar los debates que no pueda ver por televisión, el lector encontrará también momentos de durísima polémica, especialmente en los deliciosos insultos que el autor dedica tanto a Georg Wilhelm Friedrich Hegel, su archienemigo absoluto (“criatura ministerial filosófica” y “charlatán vulgar, trivial, asquerosamente nauseabundo e ignorante”), como a sus seguidores (“esos timadores que no entienden por filosofía más que la trivial y plenamente intencionada excrecencia de aquel miserable charlatán y su eco en las huecas cabezas de sus insulsos admiradores”). Para resumir los peligros del hegelianismo, basta una frase: “Casi todos los jóvenes contemporáneos están tan infectados de hegelianismo como de sífilis”.
Pero el plato fuerte del libro son los “Aforismos sobre la sabiduría de la vida”, ampliamente superiores a los consejos de los best sellers de autoayuda. Curiosamente, la doctrina de Schopenhauer afirma que la vida es una desgracia indeseable, por lo que, antes de emprender la tarea, anuncia: “He tenido que prescindir totalmente del superior punto de vista metafísico-ético al que conduce mi verdadera filosofía”. Se adhiere entonces el pensador al espíritu estival, e inspirado por doctrinas orientales nos aconseja tener mens sana in corpore sano y llevar una vida modesta y contemplativa. Si es posible, vivir sin trabajar y, especialmente, no escribir a cambio de dinero, porque esa práctica provoca senilidad prematura.
Tirado al sol en la arena, dejando la mente vagar por las páginas de los Parerga, se descubre un delicioso ensayo dedicado a la filosofía en la universidad. Allí se parte de la base de que “en todas las épocas, en todo el orbe terrestre y en todas las circunstancias, existe una conjura de todas las naturalezas mediocres, malas y estúpidas contra el espíritu y el entendimiento” y se concluye (para escándalo de la traductora) en que “sería más provechoso para la filosofía que dejara de ser un oficio y no volviera a aparecer en la vida civil representada por profesores” ya que “oír cantar a los rengos o ver bailar a los paralíticos es penoso; pero oír una mente limitada filosofando es insoportable”. Como si escribiera en 2007 y no en 1860, Schopenhauer se irrita contra la corporación de los profesionales del intelecto “que se apoderan de las revistas literarias en las que, con profunda reverencia y aire de importancia, hablan de sus respectivas obras maestras” y que frente a lo nuevo “analizan únicamente si se puede armonizar con la doctrina de la religión nacional, las intenciones del gobierno y las opiniones dominantes”.
“La humanidad ha aprendido de mí algunas cosas que no olvidará, y mis escritos no se perderán”, escribía Schopenhauer. Por ahora, y aunque detestaba los juegos, el arrogante filósofo va ganando la apuesta.

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