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COLUMNISTAS / opinion
domingo 6 enero, 2019

Un loco secreto

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por Quintín

Foto: Cedoc

Uno de los libros más curiosos que tengo en la biblioteca es En los confines de las tinieblas, que no es una obra de Lovecraft sino una investigación de Raymond Queneau sobre los locos literarios franceses del siglo XIX, es decir sobre científicos excéntricos o profetas solitarios cuyas obras no tuvieron ninguna repercusión. Queneau pudo haber sido uno, ya que el libro fue rechazado por Gallimard en 1934 y publicado recién en 2002, treinta años después de su muerte.
En la última novela de Germán García, que acaba de morir a los 74 años, el narrador dicta una conferencia en una institución psiquiátrica cuyo tema son los locos literarios. Una mujer entre el público lo remite a su pasado de adolescente provinciano que llegaba a Buenos Aires y entraba en contacto con dos misterios: el luminoso erotismo femenino y los oscuros laberintos de la política. Uno será su inspiración, del otro se apartará con desdén. García fue un distinguido psicoanalista, fundador de escuelas, delegado local de Jacques-Alain Miller (el yerno de Lacan) y tuvo una vida paralela como escritor, que se inició muy tempranamente con la legendaria y prohibida Nanina (1968). Miserere, más allá de la precisión autobiográfica (ignoro cuánto hay en ella de experiencia personal) incluye una mirada singular sobre los primeros años sesenta. García construye frases un poco raras como “Irse a París, desde Mansilla es un clásico de este tipo de gente.” (Parecería más lógico decir: “Desde Mansilla, irse a París es un clásico de este tipo de gente.”) Pero en ese apartarse del ritmo esperable, en esos silencios producidos por las comas a destiempo, se filtra un aviso: que no está diciendo lo que dicta el consenso.
El mundo político que describe García es de la derecha nacionalista de entonces, para la que “liberal” es el peor insulto. Sus jóvenes conspiradores, “endemoniados de Dostoievski que se imaginaban replicados en la ciudad, en el país, en el continente, en el mundo”, adoctrinados por curas y militares (incluyendo nazis y torturadores franceses) pero propensos a simpatizar con cubanos y peronistas (“un Arco de Triunfo que de Ezcurra con sus Tacuaras, a Cooke con sus sueños, ha logrado crear una confusión de la que nadie podrá salir”) serán parte de las primeras flores de la guerrilla que se estrenará con el asalto al Policlínico Bancario en 1963, un hecho “que mostraría a la prensa que había audacia y sangre fría, ganas de matar y de morir”.
Contra una memoria santificada, el narrador llega a sugerir que sus amigos “usaban a la Patria, a la política, a Dios si hiciera falta, para defenderse de las mujeres” y que huían de un tedio que emergía en el cine argentino, donde “Torre Nilsson había mezclado lo que entendía de Antonioni con el final de La dolce vita de Fellini para inventar algo que llamó La terraza, con una piscina y unas insinuaciones de modernidad.” La historia que García esboza es como una continuación de Los siete locos en la que una torsión del azar hace emerger una realidad en la que los sueños mesiánicos de los protagonistas encarnan en multitudes, como si los locos literarios de Queneau tuvieran de pronto seguidores. Recíprocamente, es como si el propio García, más allá de la respetabilidad de su figura pública, hubiera dejado un testamento que nadie querrá tocar.


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