COLUMNISTAS
REALIDAD AJUSTADA

Un nuevo contexto

Cambió la economía y, junto con ella, mutaron la política y el humor social. Qué demanda 2015.

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El país vive una nueva realidad. Tanto en el plano de los hechos como en el de la política púbica y en el discursivo. En los hechos, los problemas económicos, la conflictividad social y la delincuencia configuran una situación problemática. Es un contexto de restricciones fiscales, economía desacelerada y propensión inflacionaria creciente, una ruta hacia la “estanflación” –si bien ésta no se encuentra demasiado cerca y es ciertamente evitable– en medio de desprolijidades y turbulencias de distinto tipo que inciden en las sensaciones del momento. Se anticipa una intensificación de los conflictos y un clima social caldeado. En la sociedad se registra malhumor y un estado de ánimo mezcla de impaciencia y resignación.

La política de Gobierno ha girado hacia la búsqueda de respuestas a esos problemas, lo que marca una fuerte diferencia con el pasado reciente. Se ha entrado a un tiempo de ajuste cuyo alcance habrá de verse con el correr de los meses. Se discute si será suficiente, o suficientemente consistente, pero no el rumbo. Se registran cambios en la política energética, en el manejo de la deuda externa, en el sinceramiento de los indicadores de inflación, en la política exterior, en la gestión de servicios públicos –como la documentación de las personas o los ferrocarriles–. Y surgen interrogantes sobre la magnitud de los costos políticos que el Gobierno deberá asumir.

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También en lo discursivo el contexto es distinto: el “relato”, ese libreto estandarizado, con tono épico, que describe la visión de las cosas que el Gobierno propone a la sociedad está cediendo lugar a un discurso de realpolitik. El sentido original del enfoque kirchnerista –la aplicación del superávit de ingresos públicos al subsidio a la clase media, estimulando su capacidad de consumo, y a los sectores más pobres– está siendo atenuado. El problema con ese enfoque original del kirchnerismo es que suponía un entorno internacional eternamente favorable y daba por supuesto que se generaría un flujo continuo de inversiones. Tan convencido estaba el Gobierno de eso, que avanzó sin titubear con políticas que castigan a los sectores productivos con mayor capacidad de generar ingresos, empezando por la agroindustria. Como si todo fuera posible al mismo tiempo y para siempre, y Dios fuese, finalmente, argentino. El Gobierno dispuso de unos años muy favorables; el sentido común aconsejaba ir corrigiendo progresivamente esas distorsiones. Pero no fue lo que se hizo. El Gobierno desconoció las señales de la economía y ahora debe recurrir a herramientas insoslayables para producir los ajustes.

La sociedad quiso creer en ese enfoque kirchnerista original y se aferró a él, del mismo modo que en los 90 se aferró al enfoque de la convertibilidad. Pero, aun así, emitió advertencias políticas claras que no fueron entendidas, o aprovechadas, ni por el Gobierno ni por los opositores. Las curvas de aprobación al Gobierno y sus correlatos electorales, con sus altos y bajos, fueron siempre elocuentes; si no se las entendió, el problema estuvo en la escucha de la dirigencia, no en la voz de la sociedad. El Gobierno desconoció las advertencias, hizo caso omiso del resultado electoral de 2009 y, antes de eso, en 2008, del mensaje que la opinión pública emitió alrededor del conflicto con el agro; la oposición desconoció el mensaje de las urnas en 2011 y el repunte muy significativo de la aprobación al Gobierno que se inició en 2010 y continuó hasta tiempo después de la elección presidencial.

Lo que hoy se ve en materia de liderazgo político y de confianza en los dirigentes es una proyección lineal de aquellos procesos: cuanto más un dirigente se ubica en un punto medio entre oficialismo irrestricto y oposición irrestricta, tanto mayor es la confianza que recoge en la opinión pública. Esa es la explicación, sin ningún misterio, del capital de confianza del que hoy disponen Massa, Scioli y, después de ellos, Macri, por encima de la mayor parte de los dirigentes oficialistas y de los opositores, a quienes gran parte de la ciudadanía ve enfrascados en minucias de entrecasa, cuando no obnubilados por un “oposicionismo” sin matices.

Hay hechos puntuales que permiten a algunos dirigentes hacer más visibles sus posicionamientos. Exproagro fue uno de ellos. Descontada, por esperada, en la feria de Ramallo la presencia de muchos dirigentes opositores, se destacó la concurrencia de Scioli, ratificando su conocida posición de que es posible ser oficialista sin perder al mismo tiempo contacto con los sectores que la sociedad valora. El sindicalista Moyano, allí mismo, no sólo se hizo presente, sino que dejó expresada su admiración por la pujanza productiva y la capacidad innovadora del agro. Son definiciones. Casi al mismo tiempo, lejos de allí, la Presidenta volvió a visitar y alternar con el papa Francisco: un signo de su propia convergencia al centro, que, si bien no es novedoso, en el contexto presente adquiere más impacto. Y culmina con su positivo encuentro con el presidente Hollande. El mundo sigue ofreciendo oportunidades a la Argentina, aunque los mercados nos castiguen con primas de riesgo abrumadoramente altas.

Hay otras señales. Un botón de muestra fue, pocos días atrás, la entrega de los premios Cippec a la innovación en la gestión pública. Se premia a proyectos puntuales desarrollados por municipios y reparticiones de gobiernos provinciales de todo el país que proponen enfoques innovadores para enfrentar los problemas sociales a los que deben ofrecer respuestas. Más de cincuenta proyectos calificaron como dignos de mención: un abanico de acciones innovadoras que forman parte de una realidad nacional que muchos sólo perciben por sus rasgos negativos. Esas experiencias, como la que exterioriza la exposición de la agroindustria en el sector privado, hablan de otra Argentina latente que muestra sus potencialidades y, en parte, ya las va haciendo efectivas. Eso también es parte de estas realidades.

El proceso electoral que culminará en la elección presidencial empieza a poner en marcha los motores. A la sociedad todavía le interesa poco: 2015 está lejos y hoy hay que convivir con problemas acuciantes e impostergables. Pero los políticos lo necesitan para definir cada uno su propia identidad y para ir ocupando espacios. Todos deben moverse en un terreno sumamente indefinido, con grandes incertidumbres acerca de quiénes serán los rivales y qué tipo de internas deberán encarar.
La nueva historia que está comenzando estará signada por los hechos económicos. Una vez más, la economía domina la escena, no la política.