Justo José de Urquiza pasa a la historia por su ruptura con Rosas y la batalla de Caseros, pero el entrerriano fue realmente un personaje polifacético y cuya trayectoria tuvo un amplio impacto en la política del siglo fundacional argentino. De hecho, su figura remite no sólo el campo político y militar, sino también al ámbito económico y productivo.
Empieza a intervenir políticamente en 1821 y lo hace hasta su muerte, en 1870, delineando una vida pública de casi 50 años. Fue uno de los primeros empresarios destacados: transitó la primera etapa del sistema económico independiente, basado en el comercio, e hizo luego la transición hacia la producción rural, el otro campo fuerte de la economía del siglo XIX. Y fue un pionero: protagonizó la mutación hacia el ovino y la refinación del vacuno, y llegó a configurar un emporio de propiedades rurales en Entre Ríos.
En 1818 estaba establecido con una pulpería en Concepción. A comienzos de 1820 compra campos, haciéndose rico ya en su juventud. Llegó a tener un millón de cabezas de ganado y unas 900 mil hectáreas, como gran propietario en la zona de río Uruguay. Hacia 1850 empieza la explotación de uno de los saladeros más grandes del país, Santa Cándida, que llega a exportar carne envasada a Inglaterra. Tuvo un ingenio azucarero en Tucumán e intentó producir azúcar de remolacha en Entre Ríos. Fue accionista de empresas de minería en Catamarca, de empresas bancarias y de navegación, tuvo diligencias, fábrica de paños, e invirtió en el ferrocarril Rosario–Córdoba. El patrimonio de Urquiza al momento de su muerte rondaba los cinco millones y medio de pesos plata, una suma considerable para mediados del siglo XIX.
En la década de 1830 interviene en luchas civiles, como seguidor de Rosa, y su emergencia política se va produciendo a la sombra de los caudillos. En los años veinte había actuado junto a su hermano, Cipriano de Urquiza –ligado al caudillo entrerriano Pancho Ramírez– y después había encaminando su propia carrera política: primero como diputado provincial (1826) y luego en un cargo que lo proyectaría como personaje fuerte: Comandante General de Milicias del Oriente Entrerriano. Urquiza construye así poder político y militar, para desembocar en 1841 en la gobernación. En su gestión se destaca, entre otras medidas, la creación del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, al que acudieron jóvenes de toda la Argentina. La población de Entre Ríos pasó de veinte mil personas en 1820 a casi ochenta mil en 1857.
Tenía 50 años cuando se pronunció contra Rosas, en 1851. Urquiza patea el tablero y lo desafía porque las perspectivas de desarrollo de Entre Ríos eran inmensamente mayores en el conjunto de una nación que respetara los intereses provinciales. Terminar con la restricción a la navegación de los ríos era prioritario, dado que Entre Ríos tuvo que subsistir mucho tiempo haciendo un comercio ilegítimo a través del Uruguay en Montevideo.
Caseros significó de algún modo el triunfo del proyecto de estado federal y abrió la puerta a la organización constitucional. Las provincias le otorgan a Urquiza el cargo de director provisorio de la Confederación y le dan un rol nacional. A cambio, él decreta la nacionalización de las aduanas y la libre navegación del Paraná y Uruguay. Imposible separar a Urquiza del establecimiento de una república que combinara un poder central con las soberanías provinciales.
La presidencia de Urquiza fue convulsionada, con una Buenos Aires separada y esquiva. Se dedicó a lo básico pero importante, como organización nacional, transporte, inmigración. Cumplió su mandato y en 1860 dejó el cargo a Santiago Derqui.
Un legado crucial de Urquiza es que supo ser el primer presidente constitucional argentino y que dio el ejemplo al no intentar perpetuarse, un punto de contacto interesante con Washington. Ambos, a pesar de que muchos les sugerían seguir, decidieron salir del gobierno. Urquiza optó por no renovar su mandato en 1860, lo que contribuyó a la idea de que el poder es algo transitorio y la alternancia contribuye a la salud de un sistema político. La tradición que inaugura Urquiza, y la constitución del ‘53, es la de un país regulado por instituciones. Un mensaje que aún resuena en la Argentina del siglo XXI.
*Historiador.