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Un profeta del odio

Con el tiempo, algunos de los escritores que Borges defendía contra la opinión de que eran menores o anticuados se han vuelto a poner de moda.

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Con el tiempo, algunos de los escritores que Borges defendía contra la opinión de que eran menores o anticuados se han vuelto a poner de moda. Prolifera De Quincey, a Stevenson se lo venera y no pasa una semana sin que aparezca un libro de Chesterton. No ocurre lo mismo con León Bloy (1846-1917), y es poco probable que su suerte póstuma cambie demasiado. Bloy no es precisamente amable como los anteriores, aunque su lectura es extraordinariamente divertida: si algo prueban sus obras es que la injuria y el exceso son irresistibles.
Entre las escasas ediciones recientes, hay una de sus Cuentos de guerra (El Cobre, 2002) que transcurre durante el conflicto franco-prusiano de 1870. El primer relato es la confesión de una anciana en el lecho de muerte. Su pecado es haberse vengado del enemigo asesinando a un teniente y dándoselo de comer a otros oficiales, entre ellos al padre, un general alemán. Y así sigue hasta el último cuento, con pareja truculencia y ferocidad. En el prólogo, se dice del autor: “Es ingenuo como un primitivo, áspero como la verdad, robusto como un sano roble”. Bloy era otras cosas, además: católico, nacionalista, reaccionario, intolerante, cualidades que ejercía en grado furibundo y que hacían única y seductora su prosa. El prologuista lo expresaba así: “Tiene la vasta fuerza de ser un fanático. El fanatismo, en cualquier terreno, es el calor, es la vida, indica que el alma está toda entera en su obra de elección. El fanatismo es soplo que viene de lo alto, luz que irradia en los nimbos y aureolas de los santos y los genios”.
Ese texto es de Rubén Darío y data de 1895, fecha en la que podían celebrarse ciertas efusiones. Escribir un prólogo para Bloy sería hoy más complicado. De hecho, tengo en mis manos una traducción de El peregrino de lo absoluto, de 1948. En la contratapa se habla de una vida sumida en la pobreza y la abnegación, de su reconversión al cristianismo y de la influencia sobre pensadores más moderados. Con insufrible estilo, se hace de Bloy un héroe de partido más que un escritor. “En un mundo que oficialmente ignoraba a Cristo y que prácticamente lo injuriaba, León Bloy levantó el estandarte intransigente de la Cruz, sacrificando a su fe la gloria y el dinero de los poderosos de la tierra”. (¡Uf!)
La editorial (que publicó una veintena de sus obras) se llama Mundo Moderno; suprema ironía, ya que Bloy detestaba su época y llamaba “el tiempo joven” a la Edad Media. Sus diatribas contra la ciencia son monumentales y nada había peor para él que el progreso técnico: (“Imaginad que os vierais en presencia de ese horror: el fraccionamiento y la explotación del Paraíso terrenal y la irrupción de escribanos, agrimensores, empresarios y tranvías eléctricos”), nada más siniestro que un ingeniero de caminos, nada más absurdo que un farmacéutico que compone versos, ningún escritor más dañino que Zola, con su devoción por la ciencia. Si su Exégesis de lugares comunes sería bienvenida en Gualeguaychú de tan ecológica, su fiebre antiburguesa supera la de los anarquistas. Bloy la emprende con los burgueses en todas sus formas y tamaños, contra sus mujeres y sus niños, contra todas sus costumbres. Con perfecta sutileza, en el lugar común 82 (“Matar el tiempo”) Bloy escribe: “En la retórica del burgués, matar el tiempo significa realmente divertirse. Cuando el burgués se divierte, se entra en la eternidad. Los entretenimientos del burgués son como la muerte”.
Las víctimas del furor de Bloy son muy variadas, se las encuentra en todas partes. El hombre despreciaba a Molière, llamaba a Napoleón “el más grande divulgador de lugares comunes” y a Voltaire “el patriarca de los imbéciles desalmados”. Nunca se sabe con los católicos. Un día, su jefe ofende a los musulmanes. Al otro, un obispo se opone a la grosería de un gobernador que quiere hacerse reelegir para siempre. En todo caso, creo que se disfruta más de la lectura de Bloy siendo un hereje.