COLUMNISTAS

Un tsunami literario

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El libro más curioso que leí este año se llama Las noches rusas y su autor es Roberto Echavarren. La edición (2011) es uruguaya como el autor y debe ser de los pocos libros orientales de 800 páginas. Echavarren (Montevideo, 1944), dio clases durante décadas en Londres y Nueva York y tiene una bibliografía frondosa como poeta, narrador y ensayista. Ha escrito sobre Onetti, sobre Puig, sobre Felisberto Hernández, sobre pornografía, sobre las figuras del erotismo. Su primera novela, Ave Roc (1994), es una biografía lírica de Jim Morrison narrada por un imaginario amante sudamericano, en la que se cruzan Kerouac, Ginsberg y el Don Juan de Castaneda. Debería ser un clásico, pero tal vez Echavarren no sea más conocido o apreciado porque es un escritor en paralelo, es decir alguien que ha tratado temas candentes de la modernidad social y literaria desde una perspectiva ajena al mainstream cultural: una obsesión atraviesa su obra, una dimensión utópica que podría definirse como la abolición de los géneros sexuales por vía de su multiplicación al infinito. Echavarren detecta en contextos completamente diversos la explosión del deseo y deconstruye los arquetipos clásicos masculino y femenino, homo y heterosexual, los recombina en complejidades que tienen como puntos de partida complementarios criaturas andróginas y hermafroditas. Se pregunta, por ejemplo, qué es la Lolita de Nabokov, si una chica andrógina, o un muchacho disfrazado y lee con agudeza la ambigüedad del autor en relación a la pedofilia a lo largo de toda su obra.

Pero Las noches rusas es otra cosa, o mejor dicho es el choque del intrincado, intenso mundo de Echavarren con otro planeta: el de la Revolución Rusa. En principio, el libro es el diario personal de un investigador que viaja a San Petersburgo en 2001, evoca fragmentos de la historia soviética y recoge testimonios de los sobrevivientes de la Segunda Guerra, en especial del terrible sitio de Leningrado. El libro incluye relatos, crónicas, obras de teatro, poemas y si algún género lo abarca es el de la novela, una novela de ambición extraordinaria que excede el terreno de la ficción. Pero también es una gran obra política, que se introduce de un modo sesgado pero demoledor en una discusión que atraviesa el siglo XX y llega a nuestros días bajo la forma de una lucha por la hegemonía cultural.

Las noches rusas es un descenso al infierno soviético desde su fundación, a partir del golpe de Estado de Lenin contra la Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal y en la que los bolcheviques no eran mayoría. Echavarren deja en claro que Lenin, cuyo culto aún nos abruma y cuyos métodos siguen inspirando al populismo totalitario de este siglo, era un conspirador audaz, un estadista mediocre y un genocida sistemático y despiadado, del que Stalin fue un discípulo que perfeccionó el trabajo esclavo, aumentó las víctimas e innovó sólo al incluir a los propios entre ellas. El padecimiento infinito de un país bajo la guerra, agravado por las atrocidades de la policía política, es el material de Las noches rusas, que dedica varias páginas a los artistas que resistieron al régimen (Tsvietáieva, Meyerhold, Shostakóvich). Con un oído atento a la homosexualidad y su expresión entre el hambre y las balas, con digresiones que incluyen desde la descripción de los uniformes militares a la evolución del campesinado ruso, Roberto Echavarren registra, reconstruye o inventa relatos de vida y le da forma a un fresco desordenado e inconcluso, a una sinfonía del padecimiento cuyo resultado es el presente gris, atormentado y aún despótico de la Rusia de Putin.

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