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Asuntos internos

Una autorización de Dios

16-4-2023-Logo Perfil
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Una jueza de Oklahoma exoneró en diciembre de 2023 a Glynn Symons, de 70 años, acusado de asesinato. Glynn Symons pasó 48 años preso. La semana pasada, Beniamino Zuncheddu, condenado a cadena perpetua, fue declarado inocente por el Tribunal de Apelación de Roma. Beniamino Zuncheddu, de 58 años, había sido encacelado en 1991, hace 33 años. Como todo lo que ocurre tiene siempre su correlato literario, las dos noticias me recordaron una historia conocida. A diferencia de lo que ocurre con cualquier citación de fuentes confiables, esta vez, estimado lector, va a tener que confiar en mí, porque la procedencia de mi relato carece de pruebas. Recuerdo ciertas cosas como se recuerdan las cosas en los sueños, porque sí, así que relájense y confíen.

En 1976 o 1977 leí un relato en una revista. Recuerdo el relato y hasta el kiosco de diarios donde la compré (en Paseo Colón, yendo hacia el sur, apenas se pasa la Casa Rosada), pero no recuerdo el nombre de la revista.  Recuerdo que solía comprarla porque publicaba cuentos insuperables, como “Mi negro”, de Jean D’Omersson, o “El robo del elefante blanco”, de Mark Twain. Del cuento en cuestión no recuerdo el título, pero sí autor: Víctor Sueiro.

El cuento narraba la historia de un sujeto que había sido condenado a prisión por un crimen que no había cometido. Un buen día, un hecho fortuito había puesto al descubierto al verdadero criminal, de lo que resultó que este sujeto quedara libre, luego de haber pasado 50 años tras las rejas. Y como ocurre en los mejores chistes, Dios, que desde lo alto veía con preocupación lo ocurrido, le pide a San Pedro, que siempre está a su lado haciendo ruido con las llaves, que lleve al cielo a ese sujeto porque quería hablar con él. San Pedro cumple, baja a la Tierra y vuelve al cielo llevando al sujeto consigo, y lo deja ante Dios, que le dice al sujeto que se encuentra apesadumbrado por la grandísima injusticia que se cometió contra él y le pide que a cambio de 50 años de sufrimiento le pida lo que quiera, a lo que el sujeto responde con un razonamiento de una limpidez enunciativa implacable, que más o menos dice así: “La mayoría de la gente comete delitos y luego es castigada en medida justa y proporcional. 

En mi caso, la situación está invertida: yo fui castigado antes de haber cometido el delito, por lo que lo que le pido es una autorización escrita que me permita cometer delitos por un plazo justo y proporcional de 50 años”.

Dios no tiene otra opción que ceder al pedido del sujeto, de modo que le pide a San Pedro que le traiga papel y lápiz y redacta la autorización requerida, luego de lo cual el sujeto es devuelto a la Tierra, donde, como es fácil imaginar, se convierte en una figura pública respetada y temible: nadie le cobra las compras en el almacén, ningún taxista se atreve a hacerle pagar un viaje y las organizaciones mafiosas de la ciudad lo contactan y le ofrecen cantidades enormes de dinero por cometer un asesinato, cosa a la que el sujeto se niega repetidamente. 

Dios, desde el cielo, no deja de estar inquieto, a la espera de que el sujeto tome una decisión, así que cansado e impaciente le pide a San Pedro que vuelva a traer al sujeto al cielo, porque quiere volver a hablar con él.

San Pedro cumple otra vez, y al llegar al cielo el sujeto le dice a Dios que no tiene que inquietarse, porque él nunca va a cometer un delito: “Yo, en la Tierra, represento la injusticia de los hombres y la Justicia de Dios”, dice, “así que quédese tranquilo”. Recuerdo el final literalmente: era un 5 de enero, así que Dios dice: “Los Reyes Magos lo llevan”.

Si Dios existiera, Symons y Zuncheddu estarían enarbolando una autorización suya para cometer delitos.