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COLUMNISTAS / PUERTO BERMEJO, EN EL CHACO
domingo 16 agosto, 2009

Una ciudad de ensueño que no pudo con las aguas del río

A 100 kilómetros de Resistencia se están perdiendo los últimos vestigios de Puerto Bermejo, considerada la princesa de las ciudades del Chaco. Sus habitantes lucharon contra las inundaciones hasta 1983, cuando la abandonaron en forma definitiva. Durante años, intentaron que los sucesivos gobiernos los ayudaran a contener las aguas. Los bermejenses viven ahora en distintos lugares de la Argentina, llenos de nostalgia por el lugar donde están enterrados sus familiares.

default Foto: Cedoc
domingo 16 agosto, 2009

La ciudad perdida de Puerto Bermejo estaba ubicada a cien kilómetros de Resistencia, a orillas del río Paraguay. Era una ciudad llena de gracia, que en su momento hasta fue la segunda en importancia del Chaco. Aquella esplendorosa urbe yace hoy en el fondo del citado río, cubierta de agua, de yuyos y malezas. La historia del Macondo de Cien años de soledad se repitió en Puerto Bermejo, donde sólo queda en pie el viejo cementerio que, curiosamente, es el único lugar que se niega a morir.

La que era como una princesa entre las ciudades del Chaco ahora es un desierto donde no se oye nada más que el viento de la soledad.

Fue abandonada definitivamente por sus ya agotados pobladores tras la gran inundación de 1983. Las aguas del río Paraguay la cubrieron sin piedad, totalmente.

Más de 80 años de titánicos esfuerzos de sus pobladores por defender a su comunidad se hundieron para siempre aquel año.

A fines de los años 40 Puerto Bermejo, que había sido fundada en 1884, próspera y bulliciosa, era conocida como “La Petit Ciudad”, no sólo por su cantidad de habitantes, que casi llegaba a los 6 mil. Tenía cuatro cuadras asfaltadas que conformaban el centro comercial por excelencia. En esos cuatrocientos metros se levantaban casas comerciales de grandes dimensiones, cada cual provista de sótanos de unos 20 metros cuadrados. Los clientes bajaban a esos sótanos y pesaban ellos mismos, en las balanzas y básculas, los fiambres, grasas, vinos y otros productos.

Más allá, estaban los surtidores de combustibles y establecimientos de venta de grasas industriales. Otros locales comerciales, grandes almacenes del tipo “ramos generales”, vendían automóviles, bicicletas, máquinas de coser, arados, rastras, alambres y todo cuando existiese en materia de ferretería.

Estaba también Foto Bullón, con su casa de dos plantas, dedicada a la fotografía artística. Pero la estrella comercial era una tienda que se llamaba, justamente, La Estrella. Competían entre sí varias sastrerías, en tanto que los viajeros se alojaban en el Hotel Blanco, en el Hotel Argentino o en el Hotel Quirico. Siempre repletos, eran también testigos del notable movimiento comercial y turístico del pueblo. Pululaban por sus calles los paraguayos, pero también alemanes, suizos e ingleses, directivos de las fábricas extranjeras instaladas en la zona, a quienes diariamente se los encontraba haciendo sus operaciones en la sucursal del Banco Nación o en las ventanillas del correo, despachando correspondencia a Europa.

Los sábados y domingos los bermejenses se deleitaban viendo películas en un pequeño teatro que ofrecía, además, otros espectáculos. Había dos canchas de fútbol, canchas de tenis, de básquet, aeroclub, el Tiro Federal, el Club Social, las instalaciones del Club Independiente, el Cine Splendid y las instalaciones, increíbles, de 100 x 50 metros, de la Subprefectura Marítima.

Un espectáculo popular era, igualmente, ver pasar a los imponentes paquebotes Washington, General Alvear y Ciudad de Corrientes. Muchos –hoy abuelos– pasaron sus primeros días de casados a bordo de algunos de esos barcos, luna de miel que incluía el viaje a Buenos Aires, a donde llegaban tres días después. Cuando el barco regresaba desde Asunción a Buenos Aires pasaba por el puerto. Entonces, directamente desde la fiesta de casamiento, se acompañaba a los novios hasta el puerto, con orquesta y todo. La gente iba a la costa a despedir a los mieleros con música y baile. Eran madrugadas hermosas, románticas, inolvidables.

Puerto Bermejo era una fiesta. Hoy sólo quedan bellas historias y el recuerdo de aquellas fiestas. Muchos de sus muertos siguen sepultados en el viejo cementerio que, irónicamente, es el único sobreviviente de aquellos tiempos de esplendor.

 

 

*Periodista del diario Norte, de Resistencia. Su último libro es Una tumba a orillas del Paraguay.


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