Mis vacaciones empezaron huyendo del alerta meteorológico que pronosticaba tormentas en Buenos Aires, transcurrieron bajo el frío de la cuarta mayor nevada en la historia de la ciudad de Nueva York, y terminaron en una estadía involuntaria de dos días y medio en Santiago de Chile, días después del terremoto. O tengo mucha mala suerte, o algo bastante extraño está pasando en el mundo.
Así que acá podría aprovechar para escribir un relato de tinte kafkiano acerca de cómo la burocracia empresarial (algo evidente) y el progreso tecnológico (no tanto) se convierten en perfectas trampas. Podría escribir cómo frente a una catástrofe natural, en lugar de hacer todo lo posible para ayudar a la gente a volver a sus casas, o de brindar información precisa y certera en medio del caos y la confusión, empresas aparentemente sólidas como LAN evaden toda responsabilidad y desaparecen de la faz de la tierra, dejando a sus pasajeros varados en ciudades como Nueva York, Lima, Río de Janeiro. Podría escribir cómo LAN confirmaba sus vuelos por teléfono (una vez que alguien atendía los teléfonos) para después cancelarlos sin aviso, cómo la página web de la compañía (cuando el sistema no estaba caído) sugería registrarse por vía informática para luego perder esa información, cómo se despachaban valijas para más tarde asumir que la empresa no tenía la más mínima idea de hacia dónde habían sido enviados esos equipajes. Podría decir que vi a cientos de personas haciendo filas interminables frente a las oficinas de LAN en distintos aeropuertos y ciudades para recibir las mismas respuestas: no sabe y no contesta. Podría imaginar cuán difícil tendrá el futuro la sociedad chilena una vez que salgan de esta tragedia. O de cuánto pueden llegar a extrañar a Michelle Bachelet y preguntar cómo Sebastián Piñera, el presidente electo, pretende dirigir un país cuando LAN, la empresa que fundó y dirigió hasta hace muy poco tiempo, es incapaz de dar mínimas respuestas en tiempos de crisis.
Pero no vale la pena perder tiempo hablando de eso. Más interesante es ver cómo se amalgamó y puso en marcha la sociedad chilena frente al sismo que mató, hasta ahora, a 800 personas. Previsiblemente, ni en la calle, ni en los restaurantes, ni en la televisión se hablaba de otra cosa. Algunos corrían la voz sobre saqueos, otros temían la salida a la calle de los militares, cada quien contaba su propia experiencia del terremoto. Pero a los pocos días, y a pesar de las evidencias físicas, la vida en Santiago de Chile volvía a transcurrir, al menos para lo que un turista necesita. Así que aproveché para conocer la que todos señalan como la mejor librería de Chile: Metales Pesados, en la calle José Miguel de la Barra. Y ahí estaba Sergio Parra, su dueño, contando que sí, que durante el temblor estaba en una fiesta, para cambiar inmediatamente de tema y preguntar por amigos en común, para recomendar nuevos autores, para mostrar que lo que un buen librero y editor debe ofrecer es una variada y a la vez estrictamente diseñada selección de títulos. Parra contó que vendrá este año a la Feria del Libro de Buenos Aires y que traerá alguno de los volúmenes que publicó con el sello de la librería, entre los que están los que me traje en la valija: los cuentos de Armas arrojadizas, de Marcelo Mellado, y el ensayo El narrador de Walter Benjamin. Lejos de preocupaciones y noticias, esa hora hablando de libros (la literatura como refugio) fue la mejor de los últimos días.