COLUMNISTAS

Una sugerencia

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Dicen que hay gentes especialmente inclinadas a la superstición. Eso dicen. Que por ejemplo, actrices y actores y quienes se dedican al teatro son sin duda vulnerables a esas creencias de las cuales los racionalistas abominan indignados y despreciativos (por lo menos en público; allá en el fondo de sus almas, quién sabe). Parece que los escritores y las escritoras también. Recuerdo a Cortázar hablando de sus propias supersticiones y me inclino a darle la razón porque yo misma soy supersticiosa pero no temerosa de los gatos ni de las escaleras ni del trece, sino de algunas cosas que me he andado imaginando yo misma personalmente en persona como diría el personaje de Camillieri. Ah, no; no pretenda que le devele mis secretos temores y esperanzas: creo que eso me traería mala suerte. Sólo le digo que cuando es necesario, toco madera sin disimulo ni pudor. Lo demás no me importa y hasta hay situaciones en las cuales le llevo la contra al destino cruel. Lo que sí considero con mucho respeto es la influencia de los números, en lo que también les llevo la contra a las creencias comunes y silvestres que florecen por ahí. Y no me diga que a usted no le pasa algo de eso, vamos. Aunque sea en pequeña pequeñísima medida. Aunque sea para burlarse y jactarse de que a usted todo eso le parece estupidez flagrante. Porque la cuestión es que usted (también) se ha ocupado del asunto. Ahora usted y yo podríamos dedicarnos a pensar en el porqué de esas creencias en la suerte, el destino, el azar, los dioses. Y, bueno, será que no nos gusta pensar que estamos desamparados en la vida. Será que buscamos desesperadamente algo de que agarrarnos para no caer en el precipicio de la desdicha, la enfermedad, la muerte, la desgracia, la, el, qué sé yo, todo eso que podría llegar a hacernos intolerable la existencia. Ay. Porque los dioses y las diosas están demasiado lejos, ¿no? Son demasiado imponentes, importantes, sagrados, distantes, poderosos y entonces, ¿cómo van a andar ocupándose de nosotros que somos tan todo lo contrario, pequeñitos, insignificantes, cotidianos? De modo que nos inventamos estas supersticiones que están más cerca de nosotros que las diosas de flamígeras cabelleras o los dioses de tonantes mandamientos, y resolvemos cuando somos niñas y niños que no tenemos que pisar las junturas de las baldosas, y cuando somos adultos y abominamos de esas tonterías, nos decimos a nosotros mismos que, como Cortázar, tenemos que dejar la birome a la derecha del cuaderno porque si la dejamos a la izquierda algo espantoso le va a pasar a alguien a quien amamos. Por eso quienes pisan los escenarios no pueden hablar de víboras o culebras ni ponerse algo amarillo a riesgo de que la obra se convierta en un engendro insoportable o la primera dama se caiga por la escalera y termine con una fractura expuesta de tibia y peroné, qué horror.

Hablando de todo esto acabo de tener una ocurrencia genial. Y como soy generosa y solidaria la voy a hacer constar aquí para que la aprovechen los que la necesitan que, por lo visto, son muchos más de los que creíamos. Digo yo, ¿y si les proporcionamos a los encargados de vigilar nuestras rutas un set (o un kit, que es lo que se usa) de reglas supersticiosas para que las practiquen todos los días de ocho a doce de la mañana y de tres a siete de la tarde? En esos horarios, por ejemplo, tendrán que tener muchísimo cuidado para no pisar más que baldosas blancas, aia, ¡cuidado con las negras!, saltearse los números trece estén donde estén (piso de edificio, habitación de hotel, número de butaca en el teatro, lo que sea), huir de los gatos negros si se les cruzan en el camino de izquierda a derecha (si aparecen de derecha a izquierda no son peligrosos), jamás pasar bajo una escalera, cuidado con perder las llaves, levantarse de la cama (o del sillón o la hamaca paraguaya o de donde uno esté descansando) siempre con el pie derecho, no abrir nunca un paraguas dentro de la casa o la oficina, no poner sombrero o boina o gorra encima de la cama, no derramar sal, no romper espejos, más todas las otras prohibiciones sombrías que a cada uno y a cada una se les ocurran. Sería estupendo, porque por lo visto, como no existen otros medios tipo control o vigilancia para evitar accidentes, las supersticiones pueden convertirse en salvaguarda de las vidas de las gentes y gracias a ellas no tendremos que llorar, lamentarnos, deplorar y gemir por las muertes en las rutas. Espero que esta contribución a la seguridad vial que ofrezco desinteresadamente sea aceptada y puesta en práctica cuanto antes. De nada.

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