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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 4 agosto, 2018

Una última oportunidad

Así como en los casi 13 años de vida de este diario hemos investigado y revelado numerosos casos de corrupción de todos los colores políticos, también expresamos nuestro pesimismo sobre que se terminara con un mal peor que cualquier soborno: la impunidad.

por Javier Calvo

El juez federal, Claudio Bonadio. Foto: NA / Hugo Villalobos

Así como en los casi 13 años de vida de este diario hemos investigado y revelado numerosos casos de corrupción de todos los colores políticos, también expresamos nuestro pesimismo sobre que se terminara con un mal peor que cualquier soborno: la impunidad.

Ese virus creció como nunca antes en el menemismo. No se cortó con la Alianza (la Banelco, con otro arrepentido, pero sin cuadernos). Tuvo su máxima expresión con el kirchnerismo. Y aún tiene espacio con el macrismo.

El sistema se sostiene básicamente sobre tres patas. Un poder político que busca financiarse, para hacer funcionar su aparato y/o para beneficiar bolsillos particulares. Un poder económico que se suma el esquema para hacer negocios y/o subsistir. Y un Poder Judicial que elige qué y cómo investigar para que no pase demasiado, a cambio de protecciones políticas y/o económicas.

Todo esto, claro, lleva casi tres décadas. Y solo fue posible gracias a la convalidación electoral de la sociedad argentina. Hay que decirlo con todas las letras: hemos votado corruptes y hemos reelegido corruptes, como suele decirse ahora. ¿Había opción? ¿Preferimos mirar para otro lado? Hagámonos cargo, en vez de caer en la fácil de culpar a los demás y alimentar el relato de la antipolítica, que tanto daño causa si pretendemos tener más y mejor república.

Convendría, entonces, no caer en la trampa de la maldita grieta, que intenta convencernos de que la extraordinaria revelación del colega Diego Cabot en La Nación muestra como nunca antes la corrupción K, de un lado, o la corrupción M, del otro. O una maniobra distractiva para alejarnos de los graves problemas que atraviesa el país, como si fuéramos imbéciles.

El ex chofer Centeno destapó una olla en la que hay ex funcionarios de Néstor y Cristina, sí. Y un ejecutivo de la constructora que era de la familia Macri, también. Pero sobre todo hay empresarios que hicieron negocios con el kirchnerismo y con el macrismo. Nacionales y multinacionales. Hay referentes de la Cámara Argentina de la Construcción y de la Unión Industrial Argentina. Están además involucrados el juez más lamentable de la historia de Comodoro Py y un megaoperador judicial que ofreció y ejecutó servicios al mejor postor (de los K a los M).

El juez brasileño Sergio Moro, artífice del Lava Jato, recomendó siempre que había que arrancar con los pagadores de coimas, los empresarios, para desmontar el resto de la madeja putrefacta: son los primeros que se quiebran.

No es la primera vez que son detenidos o puestos en la mira hombres de empresa. Algunos están tras las rejas porque fueron meras fachadas de los desfalcos de la política, como los casos de Lázaro Báez o Cristóbal López. Otros están observados y son receptores de pedidos non sanctos con la promesa de tranquilidad.

Claudio Bonadio no es Moro. Juez de la servilleta de Cavallo, algo lábil con el derecho, parcial según los tiempos políticos y vengativo con quienes detesta, no parecería ser el más indicado para iniciar un mani pulite criollo. Tampoco es casual que el cuadernogate haya caído en sus manos. Pero es lo que hay hoy.

Y lo que también hay hoy es un detalle de pruebas a confirmar del que no hay antecedentes en la historia reciente. Más allá de todos los peros, hay lugar para una mínima esperanza de que la impunidad ceda. Acaso la última oportunidad. Ojalá no se la deje pasar.


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