COLUMNISTAS
ECONOMISTA DE LA SEMANA

Veinte años no es nada

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Carlos Gardel. | Pablo Temes

El tango “Volver” de Gardel y Le Pera nos cuenta la historia económica argentina. Para los Millennials, les comento que canta “Volver con la frente marchita… que veinte años no es nada…que febril la mirada… errante en las sombras te busca y te nombra.”

Han pasado veinte años desde la fenomenal crisis y catástrofe social que estallara a fines de diciembre 2001 con el default de la deuda y devaluación (más pesificación asimétrica). En ese momento teníamos un superávit primario de medio punto de PBI, y baja monetización. Por el crecimiento inducido por el súper ciclo de commodities y partiendo desde una brutal recesión, en pocos años llegamos a tener los famosos “superávit gemelos” (fiscal y externo). Entremedio, tuvimos un fenomenal crecimiento del gasto público y una notable presión impositiva, con un cada vez más estricto corset de restricciones de todo tipo.  Me detengo en el racconto histórico aquí porque la interpretación de cómo llegamos a 2021 varía según cada lector.

Veinte años más tarde, tenemos un déficit primario de aproximadamente 6,5 % del PBI, según datos oficiales, y   un incremento inconmensurable de los pasivos del BCRA. Lo digo de esa manera, para no decir que la monetización está en máximos históricos.  Es decir, tenemos problemas fiscales y monetarios. Agrego que también tenemos una crisis de reservas, a pesar de– o mejor dicho debido a- la parafernalia de cepos, controles e impuestos sobre el sector externo

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Con datos preliminares, 2020 cerró con el gasto público nacional en un máximo histórico: más de 24% del PBI. A ello hay que sumarle el gasto de provincias y municipios.  Por supuesto, la pandemia y cuarentena tuvieron mucho que ver: hubo caída del PBI y mayores gastos por ATP, IFE y varios ítems en Salud. Sabemos que ese nivel de gasto no es financiable: saliendo de una reestructuración nadie nos prestará a tasas razonables, es imposible emitir más sin profundizar el déficit cuasi fiscal (las famosas Leliq) y dudo mucho que se puedan subir impuestos. Aunque se pudiera, se recaudarían sobre un PBI más pequeño.  

En diciembre 2019 estuvimos cerca de terminar con déficit cero… si no mirábamos con demasiada atención los números. Hoy ya no es esa la situación, luego de este “encuarentenado” 2020.  El Gobierno considera un logro cerrar con 6,5% de déficit cuando las estimaciones eran más cercanas a 8%. En nuestras condiciones, así fuera un centavo y no miles de millones de pesos, es un problema.

La inflación es de “sólo” 4% mensual, a pesar de gran cantidad de precios congelados. La teoría es que los precios suben por la maldad de los sectores concentrados. Sin embargo, observamos que lo que más ha subido en los últimos meses son alimentos: verduras, frutas, la propia carne. También la construcción. Por supuesto, no puede decirse que sean sectores concentrados, dadas las decenas de miles de productores.

Tenemos un déficit
primario de 6,5%
y un incremento
de los pasivos
del BCRA

Frente a esa inflación, un plazo fijo devenga poco más de 3%. Es decir, la tasa de interés real es negativa. Los bonos del gobierno no inspiran confianza y las empresas fueron forzadas a renegociar sus deudas, como muestra el caso YPF.  Imposible entonces ahorrar en pesos.  Sin ahorro no hay posibilidad de crecimiento: no hay fondos para financiar a las empresas nuevas o viejas. Lo que termina ocurriendo es que el poco ahorro que hay, se dirige al dólar.

Las exportaciones, que habían crecido notablemente en los últimos 3 años a pesar de magros precios internacionales, tienen una pesadísima carga impositiva: tipo de cambio oficial, retenciones y, por si fuera poco, obligación de liquidar divisas.  La distorsión en el acceso a divisas (los importadores compran baratos los dólares que entregan los exportadores) ha llevado a eliminar el superávit comercial. No es el contexto internacional, ya que, al mismo tiempo, nuestros países vecinos han aumentado sus exportaciones.

La deuda pública nacional de Argentina (medida como % del PBI) sigue siendo la más alta de Latinoamérica, un poco más de 90% del PBI. La reestructuración permitió postergar vencimientos para dar tiempo a generar superávit fiscal con el cual pagarla. Estamos más lejos de lo esperado.  De nuevo Gardel: “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve”.

El mercado laboral tiene una distorsión fenomenal.  Hay una desocupación enorme, gran parte del empleo es público de baja productividad, hay fuertes impuestos sobre los pocos que tienen empleo, y es muy difícil que los jóvenes puedan incorporarse al mercado laboral.

En resumen: 20 años más tarde tenemos déficit fiscal y comercial, una situación monetaria delicadísima (soy una dama y no puedo utilizar ciertos adjetivos), un cúmulo de restricciones y un mercado laboral que ha recibido un mazazo.  El resultado es falta de crecimiento, la pobreza ha aumentado y no tenemos buenas perspectivas.  El país no puede estar, como Gardel, “errante en las sombras”.

Argentina debe crecer para absorber su déficit, pagar su deuda y evitar una hiperinflación. Argentina debe crecer para dar una oportunidad a nuestros jóvenes. Argentina debe crecer para poder pagar jubilaciones dignas. Argentina debe crecer para ser considerada en el mapa internacional y recibir inversiones.

Para crecer es necesario quitar trabas y todo tipo de regulaciones.  Debe tener una estructura impositiva razonable, no sólo en el costo si no en la posibilidad de cumplimiento. Sobre todo, es necesario controlar el gasto público (en el doble sentido de eliminar la corrupción y en el sentido de reducirlo a los servicios verdaderamente necesarios). Son decisiones políticas que no afectan a nadie y benefician a todos.

Espero que los políticos argentinos reaccionen. Soy optimista y puedo decir como Gardel que “guardo escondida una esperanza humilde que es toda la fortuna de mi corazón”.

*Economista (Universidad del CEMA). Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la UCEMA.