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viernes 15 febrero, 2019

Venezuela en la frontera

¿Es posible que algo enorme, como la luna, como un país entero, desaparezca de nuestra vista solo porque no se puede hablar de él?

por Rafael Spregelburd

Nicolás Maduro Foto: Cedoc
viernes 15 febrero, 2019

¿Es posible que algo enorme, como la luna, como un país entero, desaparezca de nuestra vista solo porque no se puede hablar de él? ¿Qué ocurre con el lenguaje cuando términos sempiternos empiezan a tener un sentido difuso y a significar lo que significan sus antónimos? “Bolivariano”, “revolución”, “resistencia”: ninguna de las palabras que nos dan sirve cabalmente para describir a Venezuela, mucho menos para decidir tomar partido.

Es la verdadera tragedia del concepto “ideología”, en aquel sentido trágico que iluminan Hegel, Lacan o Zizek: cada palabra –cada idea– es un conjunto enorme de significaciones y en algunas de esas significaciones hay al menos un subconjunto de materia que niega el espíritu global del concepto. Así que es posible hablar de “libertad”, por ejemplo, para definir la “libertad” de unos Estados Unidos de intervenir países para regular el precio del petróleo o la “libertad” del obrero de vender su fuerza de trabajo al mercado que mejor le convenga, es decir, el único que haya: “libertad” y “explotación” son –en el terreno del lenguaje y en el campo de la ideología– lo mismo. Del mismo modo, en nombre del bolivarianismo se puede asesinar manifestantes, acentuar la pobreza y expulsar del país a tres millones.

La izquierda ha abandonado a Venezuela a su suerte. Le escandaliza tanto la intervención yanqui, el bloqueo económico y la brutalidad de su penetración (todas cosas ciertas) que no puede pronunciarse sobre los efectos en la población de ese veneno inyectado históricamente por los imperialismos. La izquierda no está ayudando, no está salvando vidas, no está evitando una guerra civil. No podemos ni empezar a hablar de Venezuela y –por balbucear– ya imagino los posteos al pie de esta nota. No podemos hablar porque las palabras son tramposas, pero además porque no sabemos nada. Los argentinos conocemos sobradamente el cerco mediático y las falsas noticias; lo experimentamos a diario en nombre de otras políticas que –enunciando el peligro de devenir Venezuela– nos están llevando por el mismo camino que fuerza al totalitarismo, la represión, la recesión y la pobreza. Así que como solemos asumir que todo lo que se nos dice de Maduro lo escribió la CIA, ya no podemos ver la luna enorme, pálida y letal. Busco informarme con mis colegas venezolanos, con organizaciones de DDHH, pero también son cautos y esgrimen una frase monástica: “En Venezuela puede pasar cualquier cosa”. Esperemos que esa cualquier cosa no sea que la izquierda deje en manos de las derechas y los países hegemónicos la administración de una salida hacia la paz. Los muertos son muy reales. Y hasta los manifestantes se dicen chavistas.

La niñera de mis hijos se tomó algunos días extras de vacaciones y volvió a Perú después de quince años alejada de su país y su familia. Fue y vino en micro, cruzando Bolivia, comprando los pasajes por tramos para que se le hiciera más barato. Tardó cuatro días porque a la vuelta, su micro fue detenido en Villazón, porque no querían dejar entrar en La Quiaca a nueve venezolanos. Los detuvieron once horas. A ellos y a todos los demás pasajeros. De los nueve, finalmente dejaron entrar a dos. Mi niñera no me sabe explicar bien por qué aceptaron a dos y no a los otros siete, ni tampoco sabe si alguien explicó en la frontera por qué estaría prohibido ingresar a la Argentina o quién decide esta migración selectiva. Hasta donde sé, a nadie se le puede negar la entrada; está en la Constitución y es una de esas cosas que atesoramos ingenuamente como conquista. También es cierto que a muy pocos les interesa venir a penar junto a nosotros, pero pienso en estos nueve, o en estos tres millones de venezolanos que cruzan tres o cuatro fronteras por tierra, separándose de sus familias, ofreciéndose a recolectar frutas en Bolivia pese a ser ingenieros o médicos, y decido que es urgente y necesario hacer lo que se pueda para derribar el tabú lingüístico. Hagamos tremendo bonche para salvar lo que queda de Venezuela, si es que algo queda, y no estemos en conchupancia con los poderes foráneos o locales que, buscando un negocio, tomaron un pueblo entero de rehén. Cerrar nuestras fronteras, en principio, no ayuda en nada.


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