COLUMNISTAS
Defensor de los Lectores

Vermú con papas fritas

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Tomando como punto de partida para este espacio los desaguisados que vienen protagonizando en los últimos tiempos periodistas, paraperiodistas, seudoperiodistas, ex periodistas, animadores de la TV, personajes –todos ellos– avalados por cierta popularidad resumida en rating (que no por sus aptitudes personales y/o profesionales, en general), volveré sobre la responsabilidad que les cabe a los autores de columnas de opinión en la formación o deformación de sus audiencias y lectores. Los episodios vividos en la pasada semana en torno a las vidas privadas de algunos de ellos (que exponía ayer PERFIL en una nota de su sección Protagonistas sobre la cual volveré más adelante en particular) no son otra cosa que un conjunto de excrecencias más cercanas a la cortina de humo para cubrir cuestiones realmente importantes (la inflación, lo que viene en política y economía, los avatares y vaivenes en la Justicia, los casos de corrupción, entre otras) que para ser simples recursos del entretenimiento.

En ese contexto, que huele muy feo, la columna publicada ayer en la página 53 por el experto en comunicación Martín Becerra (probablemente, el más lúcido analista de los medios electrónicos en este país) resulta muy reveladora y permite al lector aproximarse sin cautela (ni prevenciones) a un tema espinoso: cuánto de realidad, cuánto de ficción, cuánto de entretenimiento y cuánto de seriedad tienen los espacios puestos en pantalla. “La TV es show –resumía Becerra–, entretenimiento”. Una tendencia que, afirmaba, se observa no sólo en la Argentina sino en una parte del mundo. Explicaba el experto que cuando la TV carece de contenidos que ofrecer, quienes debieran ser sus vehículos (los Ventura, los Rial, los Lanata, los Casella) se transforman ellos mismos en protagonistas. Así, Becerra separaba con claridad entre lo que es hacer periodismo y lo que implica formar parte del show.

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Este ombudsman escribió sobre ello hace algunas semanas, apuntando en particular a los profesionales de este oficio con columnas firmadas en PERFIL que desde hace bastante tiempo vienen mezclando los tantos, lo que inevitablemente causa desconcierto en los lectores, que no logran definir si escriben como periodistas (su misión original) o como partes de esa feria de vanidades en la que se han transformado la televisión y la radio en nuestro país. Lo hacen, muchas veces, apoyados en la popularidad que les está dando el rating y suelen hablar púbiblicamente más del cuánto –el rating, el share– que del quién y el cómo, el por qué y el para qué, el dónde y el cuándo, las palabras sin magia que deben ser respondidas en las buenas piezas periodísticas.

Lo que suma dramatismo a esta realidad es la reproducción viral de afirmaciones sólo sustentadas en opiniones sin respaldo informativo (más cercanas al libelo que a la columna periodística). Lo temerario de esas afirmaciones se profundiza cuando tales textos pasan a ocupar espacios ajenos a la gráfica, como las redes sociales y las páginas web de los medios que las publican. Con leer los comentarios (que suelen ser incorporados sin filtro previo) cargados de agresiones o elogios exagerados, ataques o respaldos sin fundamentación, alcanza para definir que algo se está desbordando peligrosamente. Este ombudsman se ocupa de lo que publica PERFIL y de su impacto sobre sus lectores, y ha elegido no comentar qué pasa con otros soportes, como lo es su versión en la web. Sin embargo, como excepción, propongo un mayor cuidado y análisis de cada caso para la reproducción de comentarios que exceden la función periodística de un medio de comunicación.

Horrores. En la edición de PERFIL de ayer, las páginas 52 y 53 son un interminable catálogo de errores de todo tipo (estilísticos, ortográficos, de edición) sólo comprensible por la ausencia de una adecuada corrección, lo que hace pensar que no pasaron por la sección correspondiente.

Enumerarlos sería una misión imposible en este espacio, porque lo excederían largamente en extensión. Textos, epígrafes, subtítulos desbordan toda intención de fe de erratas.

Home. En las dos últimas ediciones del suplemento Home, dedicado a la arquitectura, la decoración y otras disciplinas del vivir mejor, se reiteran omisiones que sería conveniente evitar: en títulos de tapa e interiores, no se indican las ubicaciones (ciudades, pueblos, barrios) de las viviendas o emprendimientos descriptos en las páginas interiores. Es conveniente volver a hacerlo en beneficio de un mejor servicio a los lectores.

Error. Martín Kohan incluyó un dato erróneo en su columna de ayer en la sección Escritores (página 50): la velocidad máxima en la Autovía 2 (que une Buenos Aires con Mar del Plata) es 120 km/h y no 130.