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Violentamente felices

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Celebración. Un Mundial consolida un Estado de excepción. | afp

La famosa pelea entre el Chino Maidana y Adrien Broner, boxeador que en las ruedas de prensa conjuntas mostraba su dedo mayor al argentino, y que fue más lejos en su provocación al subir al ring, apoyándolo por atrás para, luego, recibir su merecida –y oprobiosa– derrota por parte de nuestro pollo, siempre me hizo pensar en el trillado tema de la violencia en el deporte. Digo “siempre” porque es una pelea que me gusta revisitar, no sé bien por qué, seguramente por ese sabor único que tiene la venganza, incluso cuando no es del todo propia. La violencia en el deporte, decía, es un tema eternamente vigente. Más allá de lo impetuoso o “atrasado” que el box, el estigmatizado rugby, o cualquier otra disciplina puedan parecer a ciertos paladares, la emoción violenta de deportistas e hinchas excede la práctica, habita en los alrededores de los encuentros deportivos. La emoción violenta está dentro y fuera de los estadios, las pistas, los cuadriláteros, como si fuera ineludible, aunque, como sabemos, pueda tener horribles consecuencias. Existen hinchas que, con sólo encarar el traslado a una cancha, sacan a relucir un Mr. Hyde que nunca aparece en sus vidas cotidianas. Se permiten una bravuconería completamente vedada en casa o el trabajo. Capusotto dijo alguna vez que la cuestión territorial que tiene, por ejemplo, el fútbol, acarrea invariablemente la exacerbación de los ánimos. Y es que hay algo animal en defender y representar o ver cómo se defiende y representa el espacio propio, se trate del club o del país. Incluso los que nos consideramos muy pacíficos, podemos llegar a disfrutar morbosamente mirando una y otra vez la venganza de Maidana, los infinitos golpes injustos que recibió Maradona y cientos de situaciones más cercanas a lo criminal que al ejercicio físico en buena ley. El deporte puede darnos a conocer niveles de agresividad, concreta o fantaseada, que no creíamos tener en absoluto.    

Pero lo mismo ocurre con el llanto: personas que dan la impresión de no ser capaces de derramar una lágrima ni por la muerte de su madre, no trepidan en llorar a moco tendido si su equipo o su ídolo no consiguen la victoria. Ahí es donde el deporte y la emocionalidad se van a lugares más espirituales o artísticos, donde la dramatización de la tristeza por una derrota o la invocación a fuerzas superiores para ganar se legitiman. Aquella famosa foto de Maradona a la Caravaggio, en 2018, parece haber sido hecha para probar la relación entre un partido contemporáneo y lo ancestral. Agredir, llorar, patalear, establecer todo tipo de ritos y ceremonias conectadas al Más Allá aunque en el día a día se reniegue de religiones y protocolos, emocionarse hasta lo más hondo, en definitiva, es posible en virtud del deporte. Un Mundial de fútbol en un país como el nuestro, consolida y masifica ese Estado de excepción en que podemos insultar de la peor manera al oponente, desgañitarnos o sollozar como decimonónicas damiselas. Ayer logramos una fusión perfecta entre las pasiones vehementes y las ternezas del corazón. Ayer fuimos violentamente felices.