Me encanta hablar con una máquina. Una (yo) siente que ha llegado al futuro. En los siglos que vienen (se dice una, despacito, para que nadie la oiga y la envidie), ya no hará falta encararse con alguien y decirle che, oíme, o pelearse con palabras groseras que según mis tías una señora no debe pronunciar jamás. Nada de eso. La civilización, el progreso, se ocupan de que cada día tengamos menos trabajo, menos dificultades, menos problemas. Se ocupan de que podamos tendernos al sol, mirar cómo pasan, despaciosas, serenamente, las nubes, adivinar qué formas tienen, qué quieren decirnos; soñar, en una palabra. Ya no tendremos que ir a una oficina o a una mesa de entradas a dialogar con una mina mal engestada o con un tipo mal afeitado, ambos de mala gana y decididos a hacernos la vida imposible. No, señora; no, señor: en el tiempo que se nos viene encima todo va a ser más fácil. Usted va a tomar delicadamente con estos cuatro dedos su teléfono, va a marcar el número, y del otro lado una dulce voz, con un leve acento metálico, hay que confesarlo pero no es preocupante puesto que se trata del rasgo sutil que le llama la atención sobre ese magno producto de la tecnología, le va a indicar qué número marcar según lo que usted necesite. Si quiere comprar filetes de pejerrey despinados, por ejemplo, marque uno; si quiere encargar una pizza tamaño grande de fugazza con queso, marque dos; si quiere entradas para ver en el cine una antigua joya de Fred Astaire y Ginger Rogers, marque tres. Y así sucesivamente. ¿Se da cuenta de qué maravilla? Por suerte, ya no habrá necesidad de discutir porque usted no va a poder decir mire señorita máquina, yo lo que quiero es saber el pronóstico del clima para el sábado, que es el cumpleaños de quince de mi nieta. Nyet, non, jamais. Por suerte. Porque si quiere saber algo del clima marque cinco. El futuro es promisorio. Nada de gente, pura máquina. Si le gustó este artículo, marque uno; si no le gustó, marque dos.